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TRENES
Viajar en tren tiene siempre algo de nostálgico. Mi bisabuelo fue ferroviario y mi abuela pasó gran parte de su infancia en estaciones de tren de la provincia de Teruel. No pudo ir a la escuela, pero aprendió mucho de los caminos de hierro y de las flores del azafrán, que su hermana ciega desbriznaba mejor que las demás chicas del pueblo, merced a sus dedos sabios y sensibles.
Me gusta viajar en tren. Siempre viajamos desde hacia. Desde un lugar, desde unas personas, hacia otro lugar, hacia otras personas. Y al otro lado de las ventanillas, el paisaje pasa cada vez más deprisa, como la vida. Recuerdo mis primeros viajes en tren cuando era muy pequeña: mi madre, mi abuela , mi padre y yo. Mi padre con dos maletas, intentando hacerse paso por los largos pasillos de aquellos expresos que nos llevaban hasta la frontera francesa. Allí había que esperar horas para cambiar de tren y coger otro que nos llevaría hasta nuestro destino. En aquellos viejos trenes no siempre había asientos reservados y había que buscar sitio entre hombres que fumaban, niños que gritaban, y madres y abuelas que vociferaban si las criaturas no se querían comer lo que llevaban dentro de la fiambrera metálica. Las ventanillas estaban abiertas y los ojos se irritaban porque siempre les entraba un polvillo oscuro que también manchaba las camisas de los hombres.
Ahora las camisas blancas quedan tan blancas como cuando fueron puestas, todos llevamos asignados el asiento, nadie grita a su compañero de asiento, solo lo hace a través de un pequeño aparato telefónico que nos conecta con alguien que está a cientos de kilómetros de distancia. Y por los pasillos solo circulan las azafatas con el pelo recogido en moños o coletas altas, y preguntándote amablemente si deseas agua, manzanilla, cava o zumo de naranja.
Las ventanillas están cerradas y limpias. Y al otro lado, el paisaje pasa muy deprisa. Apenas se ve el cambio de color en los árboles cuando va cayendo la noche. Ese cambio desde verde hasta el gris.
Sí, el paisaje pasa muy deprisa al otro lado de la ventanilla. Tal vez demasiado. Como la vida.
SEIS
A veces, seis no es nada más que un número, la suma de tres y tres, la de cuatro y dos, la de cinco y uno...
Otras veces, es un dígito que señala una cantidad de años, por ejemplo.
Por ejemplo, los que han pasado desde el día en el que murió mi madre, otro 18 de febrero. Aquel día era miércoles, hoy es jueves. Los números permanecen, las letras cambian.
Tal vez lo único inamovible sean los números. Las palabras se transforman como los días. Y con ellas todo lo demás: el pensamiento y el lenguaje son las dos caras de esa moneda que somos nosotros, cada uno de nosotros. Y nosotros cambiamos cada día, cada hora, cada minuto.
Como el dolor, que no desaparece pero se transforma porque es una manifestación más de la energía del universo.
Del universo total y del universo particular, el nuestro, el de cada uno.
Nuestro universo, nuestro planeta individual, en el que a veces crecen las flores principescas, y a veces no vemos ni el falso reflejo de las lunas.
Seis años, sí, un universo en el que casi todo sigue girando con cada respiración.
Incluso con los últimos suspiros que permanecerán para siempre en mi memoria.
OLIVOS
Me gusta el color de las hojas de los olivos. Ese verde que se parece al gris.
O ese gris que se parece al verde.
El cielo ha descargado su lluvia uno y otro día en las tierras de aceituna, y los campos están anegados. En días como hoy, los gitanos de la luna tendrían dificultades para dirigir sus caballos hasta la fragua donde el niño tiene los ojos cerrados.
Pero los olivos resplandecen en su gris verdoso. O en su verde grisáceo.
Y el viento los mece como si fueran cunas donde los toreros desgranan sus últimas lágrimas: Ignacio, más arriba, en Colmenar, Manolete en Santa Margarita de Linares, Paquirri en Pozoblanco.
Junto a los olivos.
LUGARES
Hay lugares que emocionan. Otros no tanto.
Entrar en el aula en la que enseñó Antonio Machado en Baeza es uno de esos lugares que emocionan.
Tocar la madera de la puerta. De la misma puerta por la que entraba y salía don Antonio.
Pasear por los claustros de su instituto, antigua universidad del Renacimiento.
Mirar los mismos olivos que él miraba desde los altos miradores de la ciudad.
Mirar, mirar, mirar.
Hay miradas que emocionan. Otras no tanto.
NOTAS:
El próximo lunes, en Zaragoza, en la librería LOS PORTADORES DE SUEÑOS, ANTONIO VENTURA presentará su nueva novela. Le acompañará DANIEL NESQUENS.
FERNANDO MARÍAS acaba de ganar el Premio Primavera de Novela, con su obra Todo el amor y casi toda la muerte, que verá la luz en abril.
FELICIDADES A LOS DOS.
ESPEJOS
El paisaje pasa deprisa al otro lado de la ventanilla del tren.
Tal vez demasiado deprisa.
Los olivos pasan rápido, como si quisieran quedarse pronto lejos de mi vista.
Al otro lado de la ventanilla, al otro lado del espejo, en ese lugar mágico donde también quedan sonrisas y miradas púberes. (Tal vez todas lo sean, las que nacen de las palabras y las otras)
El lugar donde permanecen las voces y los rostros recién conocidos y ya tan cercanos.
El lugar donde quedan los paseos bajo la lluvia en las ciudades empedradas, los callejones de otros tiempos, los viejos patios y las fuentes. La niebla que enmascara los pasos de los caminantes y esconde el perfil del mundo.
La niebla, que desvanece la frontera entre los dos lados del espejo.
Esa frontera más allá de la ventanilla del tren.
NUBES
Nubes de varios colores surcan el cielo como naves el mar tespestuoso.
Las copas de los árboles se agitan "al manso viento".
No oigo "el dulcísimo acento" del trino del ruiseñor. Seguramente no hay ruiseñores a este lado del canal.
Los chicos juegan en el campo de deporte y meten goles en porterías sin red.
El viento mueve las aguas del canal en sentido inverso: van hacia el oeste y deberían ir al este.
Mi bicicleta me espera callada en la galería.
Iré a su encuentro.




