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01/06/2005
...Palabras...
Valère Novarina es una de las mentes más lúcidas del actual panorama literario, filosófico, teatral y filológico. Lo escuché una mañana en la Real Escuela de Arte Dramático; daba una conferencia abierta al público y Jeannine Mestre me sugirió que fuera. Lo hice. Y entendí que las palabras tienen otro significado, el propio, el que vive independientemente del uso que les damos los hablantes y los escribientes. Porque las palabras tienen vida propia. Dice Novarina en ANTE LA PALABRA (1999):
"No utilizo las palabras; nunca las he buscado. No son herramientas de trabajo. Ante el lenguaje, las sensaciones pertenecen al campo de lo táctil: algo habla, aquí, detrás de la oreja. Siento la materialidad de todo. Las palabras son como guijarros, fragmentos de un mineral que es preciso romper para permitirle respirar. Todo un libro puede proceder de una sola palabra rota. La palabra está cerrada, envuelta, oculta, soterrada: algo debe aparecer desde dentro, desde el interior de la palabra y no desde el interior del escritor. Las palabras saben de eso mucho más que nosotros; pero hay que cogerlas amorosamente con las manos y acercarlas al oído. Las palabras están por el suelo, incomprensibles, como el hueso de un fruto. Yo las recojo, escucho en su interior; las rompo y aparece una frase, una escena, toda la construcción respiratoria de un libro".
Todo lo que hay dentro de una palabra. A veces, las estrujamos y las destrozamos en nuestro afán creador.
Y la creación acaba convirtiéndose en destrucción.
Nota: gracias a todos por ser Penélopes conmigo.
"No utilizo las palabras; nunca las he buscado. No son herramientas de trabajo. Ante el lenguaje, las sensaciones pertenecen al campo de lo táctil: algo habla, aquí, detrás de la oreja. Siento la materialidad de todo. Las palabras son como guijarros, fragmentos de un mineral que es preciso romper para permitirle respirar. Todo un libro puede proceder de una sola palabra rota. La palabra está cerrada, envuelta, oculta, soterrada: algo debe aparecer desde dentro, desde el interior de la palabra y no desde el interior del escritor. Las palabras saben de eso mucho más que nosotros; pero hay que cogerlas amorosamente con las manos y acercarlas al oído. Las palabras están por el suelo, incomprensibles, como el hueso de un fruto. Yo las recojo, escucho en su interior; las rompo y aparece una frase, una escena, toda la construcción respiratoria de un libro".
Todo lo que hay dentro de una palabra. A veces, las estrujamos y las destrozamos en nuestro afán creador.
Y la creación acaba convirtiéndose en destrucción.
Nota: gracias a todos por ser Penélopes conmigo.
01/06/2005 13:56 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.
02/06/2005
Óperas
Estrenan DON CARLO de Verdi en Madrid. En Zaragoza no hay ópera, si acaso, nos visita una o dos veces al año alguna copañía cuyo tenor puede ser capaz de restregar las notas como si estuviera fregando el sueño. Nadie entiende como siendo ésta una ciudad amante de la música, sea una de las pocas de su tamaño en Europa que ni tiene orquesta sinfónica ni temporada de ópera, Y eso que en esta región nacieron al menos tres de las grandes figuras operísticas internacionales del siglo XX: Elvira de Hidaldo, magnífica soprano nacida en Valderrobres, que fue, además, la gran maestra de María Callas, que siempre la recordó con admiración, ella, la divina; Miguel Fleta, que nació en Albalate y para el que Giacomo Puccini compuso su última obra, TURANDOT con su archiconocida "Nessun dorma"; Pilar Lorengar, zaragozana y probablemente la Pamina de LA FLAUTA MÁGICA favorita de Georg Solti.
Mi bisabuelo Máximo conoció a Fleta, que muy de mañana iba al mercado a vender verduras, y ya entonces cantaba subido al carro. Mi padre recuerda cuando Pilar Lorengar se llamaba Lorenza y vendía periódicos en la calle, con su voz ya entonces cálida y envolvente y hermosa, en aquellos gélidos inviernos de los años cuarenta.
A mi bisabuelo Máximo le gustaba mucho la ópera. A mi bisabuelo Juan, en cambio, las que le gustaban eran las coristas. Nunca se conocieron pero se complementaban. A mí me gusta la ópera y cantaba en un coro. Los genes siempre acaban saliendo por algún lado.
Cuando vivía en Alcalá, iba mucho a la ópera. Primero a La Zarzuela, luego al Calderón, donde José Luis Moreno, el de los muñecos, produjo un par de temporadas operísticas: recuerdo una BOHÈME que perdió parte del escenario en pleno vals de Mussetta. Ya después en el Real: a veces en el lateral del gallinero, donde no se ve nada, otras veces en el patio de butacas, desde donde se ve el color de ojos del tenor, y donde también se ve a esas mujeres que no han trabajado en su vida, ni ellas, ni sus madres, ni sus abuelas, ni sus bisabuelas, y así hasta el primer primate erguido femenino de su familia.
Pero a mí donde me gustaba estar era en el proscenio. Daba igual el del anfiteatro, el del primero o el del segundo piso. Allí estábamos justo encima del escenario, y se podía ver la ópera incluso en los ojos del director de orquesta. Una pesada cortina roja tras las sillas dejaba un espacio amplio y oscuro que invitaba a algún que otro desenfreno acordado a los compases de Verdi, o de Saint-Saëns, o de Wagner. Nunca llegué ni siquiera a las manos con ninguno de mis acompañantes, pero alguien me contó que más de una vez alguna pareja había sido sorprendida, después de los aplausos, en plena vorágine.
La ópera tienen eso, que despierta emociones, y acabas queriéndote convertir en Violeta, en Salomé, o en la mismísima Venus; y claro, las cortinas de terciopelo rojo tienen su punto. ¿O no?
Nota: Si son las palabras las que crean la historia, ¿qué es lo que va creando la otra historia, esto es, la vida?
Mi bisabuelo Máximo conoció a Fleta, que muy de mañana iba al mercado a vender verduras, y ya entonces cantaba subido al carro. Mi padre recuerda cuando Pilar Lorengar se llamaba Lorenza y vendía periódicos en la calle, con su voz ya entonces cálida y envolvente y hermosa, en aquellos gélidos inviernos de los años cuarenta.
A mi bisabuelo Máximo le gustaba mucho la ópera. A mi bisabuelo Juan, en cambio, las que le gustaban eran las coristas. Nunca se conocieron pero se complementaban. A mí me gusta la ópera y cantaba en un coro. Los genes siempre acaban saliendo por algún lado.
Cuando vivía en Alcalá, iba mucho a la ópera. Primero a La Zarzuela, luego al Calderón, donde José Luis Moreno, el de los muñecos, produjo un par de temporadas operísticas: recuerdo una BOHÈME que perdió parte del escenario en pleno vals de Mussetta. Ya después en el Real: a veces en el lateral del gallinero, donde no se ve nada, otras veces en el patio de butacas, desde donde se ve el color de ojos del tenor, y donde también se ve a esas mujeres que no han trabajado en su vida, ni ellas, ni sus madres, ni sus abuelas, ni sus bisabuelas, y así hasta el primer primate erguido femenino de su familia.
Pero a mí donde me gustaba estar era en el proscenio. Daba igual el del anfiteatro, el del primero o el del segundo piso. Allí estábamos justo encima del escenario, y se podía ver la ópera incluso en los ojos del director de orquesta. Una pesada cortina roja tras las sillas dejaba un espacio amplio y oscuro que invitaba a algún que otro desenfreno acordado a los compases de Verdi, o de Saint-Saëns, o de Wagner. Nunca llegué ni siquiera a las manos con ninguno de mis acompañantes, pero alguien me contó que más de una vez alguna pareja había sido sorprendida, después de los aplausos, en plena vorágine.
La ópera tienen eso, que despierta emociones, y acabas queriéndote convertir en Violeta, en Salomé, o en la mismísima Venus; y claro, las cortinas de terciopelo rojo tienen su punto. ¿O no?
Nota: Si son las palabras las que crean la historia, ¿qué es lo que va creando la otra historia, esto es, la vida?
02/06/2005 13:07 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
03/06/2005
Encuentros y reencuentros
He estado con mi primera profesora de literatura. Se llama Carmen Larena y me dio clase hace más de treinta años. Sólo estuvo con nosotras medio curso, pero es una de esas mujeres que transmiten entusiasmo por cada poro de lo que hacen. La recuerdo con su bata azul de cuadros. Yo tenía once o doce años y de sus labios oí probablemente por vez primera palabras como Homero, Ulises y Aquiles. Fue entonces cuando me leí LA ODISEA y LA ILÍADA, en aquellas ediciones grises de Austral que aún conservo. Me metí en aquellas páginas cuajadas de héroes y dioses, y desde entonces no he conseguido salir del hechizo de esas palabras mentirosas, y a la vez tan verdaderas, que forjan lo que llamamos literatura. Pasaron muchos años hasta que volví a encontrar a Carmen. Averigüé su dirección en 2001 y nos volvimos a ver en la Biblioteca de Aragón, la tarde que presenté mi primera novela. Entonces pude darle las gracias.
Volver a encontrar al cabo de los años a quien ha sido tu maestra tiene un no sé qué de milagroso: es como reconciliarte con esa parte de ti que empezaba a ser forjada y de la que no llegas a saber cuánto queda pasado el tiempo.
Reencontrarme con mis antiguos alumnos tiene a veces la magia de una tarde en Las Vistillas, y de una BOHÈME inesperada en el Teatro Real.
Visito fugazmente a Antón Castro y respiro convertida en Ulises. Salgo a Independencia: preparativos de la Feria del Libro. Me envuelve un perfume lejanamente familiar. Paseo bajo los tilos y veo que están en flor: es de ahí de donde viene el olor. Lo respiro tan fuerte que me creo que voy a raptarlo y me lo voy a guardar todo dentro de mi cuerpo. Pienso que si aspiro mucho tal vez me quede dormida en mitad de la calle, como si me tomara una infusión de infinitas hojas de tila. Hay una flor y una hoja solitarias en el suelo. Me agacho y las cojo. Las guardo en mi mano como un tesoro. Se me ocurre que me gustaría que mis dos manos desprendieran aroma de flor de tilo.
En Berlín hay una avenida que se llama así, "Bajo los tilos", y que te conduce hasta las puertas de Isthar de Babilonia. También lleva a una pastelería llena de tentaciones de colores imposibles. He llorado en muchas ciudades, pero nunca una ciudad me había hecho llorar por sí misma. En Berlín lloré tres veces. La primera fue en la sala oscura y callada donde se erige una escultura a la memoria de todos los que han sufrido por causa de las guerras. La segunda, junto a otra puerta, la de Brandenburgo, frente al Reichtag, donde están las cruces con los nombres de los que murieron cuando intentaban saltar el muro que ya no está. La tercera no os la cuento.
Me gusta ver a Carmen, y a Antón, y pasear bajo los tilos mientras leo poesía en la calle. Y también me gusta oír a Puccini, como ahora mismo, por ejemplo.
Volver a encontrar al cabo de los años a quien ha sido tu maestra tiene un no sé qué de milagroso: es como reconciliarte con esa parte de ti que empezaba a ser forjada y de la que no llegas a saber cuánto queda pasado el tiempo.
Reencontrarme con mis antiguos alumnos tiene a veces la magia de una tarde en Las Vistillas, y de una BOHÈME inesperada en el Teatro Real.
Visito fugazmente a Antón Castro y respiro convertida en Ulises. Salgo a Independencia: preparativos de la Feria del Libro. Me envuelve un perfume lejanamente familiar. Paseo bajo los tilos y veo que están en flor: es de ahí de donde viene el olor. Lo respiro tan fuerte que me creo que voy a raptarlo y me lo voy a guardar todo dentro de mi cuerpo. Pienso que si aspiro mucho tal vez me quede dormida en mitad de la calle, como si me tomara una infusión de infinitas hojas de tila. Hay una flor y una hoja solitarias en el suelo. Me agacho y las cojo. Las guardo en mi mano como un tesoro. Se me ocurre que me gustaría que mis dos manos desprendieran aroma de flor de tilo.
En Berlín hay una avenida que se llama así, "Bajo los tilos", y que te conduce hasta las puertas de Isthar de Babilonia. También lleva a una pastelería llena de tentaciones de colores imposibles. He llorado en muchas ciudades, pero nunca una ciudad me había hecho llorar por sí misma. En Berlín lloré tres veces. La primera fue en la sala oscura y callada donde se erige una escultura a la memoria de todos los que han sufrido por causa de las guerras. La segunda, junto a otra puerta, la de Brandenburgo, frente al Reichtag, donde están las cruces con los nombres de los que murieron cuando intentaban saltar el muro que ya no está. La tercera no os la cuento.
Me gusta ver a Carmen, y a Antón, y pasear bajo los tilos mientras leo poesía en la calle. Y también me gusta oír a Puccini, como ahora mismo, por ejemplo.
03/06/2005 19:05 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
06/06/2005
Tenis y Nadales
Veo la final del ROLAND GARROS, que gana Rafael Nadal. Su nombre me recuerda siempre a Rafael Martínez Nadal, el amigo de García Lorca al que le dejó el manuscrito de EL PÚBLICO cuando cogió el último de sus trenes. En el exilio londinense se casó con Jacinta Castillejo, hija del que fuera Secretario de la Junta de Ampliación de Estudios durante la República. Hay un libro muy interesante de Irene Claremont, la esposa inglesa de Castillejo, sobre aquellos años de la Segunda República española, de los hombres de la Institución Libre de Enseñanza, de su vida en la finca de El Olivar madrileño, de su vuelta a Inglaterra, de la aparición de Rafael. M. Nadal en la familia. Jacinta todavía vive en Londres. Rafael murió no hace muchos años. Poco antes publicó un libro hermoso, en la editorial Casariego, sobre Lorca, con cartas y dibujos inéditos, por el que aparece la casa de los Morla (centro intelectual imprescindible del Madrid republicano), Ignacio Sánchez Mejías y dos de las mujeres a las que más amó: la bailarina Encarnación López Julve "La Argentinita", y la escritora francesa Marcelle Auclair, que era la esposa de Jean Prévost. Hace tres años, en un estreno del Ballet Nacional al que me invitó mi amigo Ricardo, Pilar López, la hermana de "La Argentinita", coreógrafa de un clásico de Joaquín Rodrigo, todavía se atrevió a dar unos pasos de baile cuando saludaba al público, ramo de flores en mano y cientos de recuerdos que merecerían un atractivo libro de memorias.
Nunca tuve público cuando jugué a tenis. Afortunadamente. Fue en mis años púberes, en el "Stadium Venecia". Alguien se empeñó en que tenía que aprender y allí que me pusieron a entrenar todas las mañanas de los sábados de no recuerdo qué año de la década de los setenta. El entrenador ya no sabía qué hacer conmigo: no era capaz de hacer que las bolas chocaran con la red de mi raqueta. El entrenador llevaba siempre conjuntos de Lacoste del mismo color (recuerdo uno amarillo y otro celeste), y estaba siempre moreno. Creo que era guapo pero ya no me acuerdo ni de su cara ni de su nombre. Cuántos nombres perdemos al cabo de una vida. Yo tenía que llevar una horrible minifalda blanca plisada que enseñaba mis muslos demasiado rollizos. Llegó junio con sus exámenes finales y tuve la excusas estupenda para dejar aquel suplicio.
Algún verano antes, tampoco sé de qué año, estaba yo en la piscina mixta (era la única en la que podían estar hombres y mujeres mezclados, aunque no mucho) con mi familia. En la época estaba prohibido que las mujeres llevaran biquini fuera de la piscina femenina (¿las piscinas entonces tenían sexo?, se ve que sí); a las niñas sí se nos permitía porque se suponía que no despertábamos ninguan libido. Había una señorita vestida, y con una larga coleta negra que vigilaba las "buenas costumbres" sobre el césped y en el agua. De pronto, la vi llegar hacia mí como una energúmena. Me dijo que me tenía que ir al vestuario inmediatemente y quitarme aquel biquini tan provocativo. Yo me quedé helada a pesar del largo y cálido verano zaragozano. Tan pequeña era que supongo que ni siquiera sabía lo que quería decir provocativo. No entendía nada. Mi madre le dijo que era una niña, que el reglamento decía... La señorita de la coleta negra la mandó callar y yo me tuve que ir a las cabinas a ponerme un traje de baño que cubriera mi estómago y mi ombligo. Lloré de rabia y de humillaciíon. Si entonces tenía algún concepto sobre lo que era la justicia, en aquel momento lo perdí.
Y no sé si lo he recuperado.
Nunca tuve público cuando jugué a tenis. Afortunadamente. Fue en mis años púberes, en el "Stadium Venecia". Alguien se empeñó en que tenía que aprender y allí que me pusieron a entrenar todas las mañanas de los sábados de no recuerdo qué año de la década de los setenta. El entrenador ya no sabía qué hacer conmigo: no era capaz de hacer que las bolas chocaran con la red de mi raqueta. El entrenador llevaba siempre conjuntos de Lacoste del mismo color (recuerdo uno amarillo y otro celeste), y estaba siempre moreno. Creo que era guapo pero ya no me acuerdo ni de su cara ni de su nombre. Cuántos nombres perdemos al cabo de una vida. Yo tenía que llevar una horrible minifalda blanca plisada que enseñaba mis muslos demasiado rollizos. Llegó junio con sus exámenes finales y tuve la excusas estupenda para dejar aquel suplicio.
Algún verano antes, tampoco sé de qué año, estaba yo en la piscina mixta (era la única en la que podían estar hombres y mujeres mezclados, aunque no mucho) con mi familia. En la época estaba prohibido que las mujeres llevaran biquini fuera de la piscina femenina (¿las piscinas entonces tenían sexo?, se ve que sí); a las niñas sí se nos permitía porque se suponía que no despertábamos ninguan libido. Había una señorita vestida, y con una larga coleta negra que vigilaba las "buenas costumbres" sobre el césped y en el agua. De pronto, la vi llegar hacia mí como una energúmena. Me dijo que me tenía que ir al vestuario inmediatemente y quitarme aquel biquini tan provocativo. Yo me quedé helada a pesar del largo y cálido verano zaragozano. Tan pequeña era que supongo que ni siquiera sabía lo que quería decir provocativo. No entendía nada. Mi madre le dijo que era una niña, que el reglamento decía... La señorita de la coleta negra la mandó callar y yo me tuve que ir a las cabinas a ponerme un traje de baño que cubriera mi estómago y mi ombligo. Lloré de rabia y de humillaciíon. Si entonces tenía algún concepto sobre lo que era la justicia, en aquel momento lo perdí.
Y no sé si lo he recuperado.
06/06/2005 13:27 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
07/06/2005
Regresos
En 2001 pasé una temporada en Zaragoza después de haber estado viviendo fuera desde 1986. Fue entonces cuando Antón Castro me invitó a su VIAJE A LA LUNA Y me preguntó por los escritores aragoneses que conocía. El maquillaje ocultó, mágico, mi rubor: sólo pude decir un nombre, el de Javier Tomeo, cuya obra hacía tiempo que seguía. Pero nadie más. Cuando venía a mi ciudad desde los diferentes lugares que el Ministerio de Educación me iba deparando, hacía vida familiar, pero no sabía nada de lo que pasaba en el mundo literario zaragozano. Nada de nada. Después vinieron mis primeros Encuentros Literarios en Albarracín y allí empecé a conocer a escritores de mi ciudad: Fernando Sanmartín, Félix Romeo, Mariano Gistaín, Cristina Grande, Ismael Grasa, y también empecé a leerlos. Después conocí a Ramón Acín, a García Mosteo, a Félix Teira, a Daniel Nesquens, a Rodolfo Notivol, y también me los leí.
Esta semana he leído cuatro libro de autores que viven en mi ciudad: de Miguel Mena, del que hasta hace poco sólo conocía su voz en la radio. Ahora sé que igual de bien se mueve con las palabras escritas, y lo hace tanto por los pasadizos de la estación Victoria de Londres, como por la de Utrillas de Zaragoza, donde tantos años vivió mi bisabuelo Juan, cuando por fin recaló en Zaragoza, después de tantas estaciones.
De Ricardo Berdié; recuerdo cuando estudiaba en la Universidad Laboral, a finales de los años setenta. Un autobús nos llevaba muy temprano todas las mañanas a alumnos, más bien alumnas, mediopensionistas, hasta Malpica. La ciudad estaba entonces jalonada con carteles electorales. Lal cara de Berdié nos miraba a todas desde vallas y paredes, y todas las chicas nos desplazábamos hacia el lateral izquierdo del autocar, con gran peligro de hacerlo volcar, para comtemplar los ojos de aquel desconocido del que no sabíamos nada, acaso que se presentaba a unas elecciones en las que aún no podíamos votar. Años después acabo de leer un novela suya ambientada en la misma calle de Londres en la que acabo de comprar una gelatina de lavanda que no se pone detrás de las orejas, sino que se come; una novela que habla de juegos de realidades y de ficciones, que es el asunto literario que me sorbe y me absorbe el seso desde que Maite Cacho y Aurora Egido nos explicaron EL QUIJOTE en la Facultad.
Otro autor aragonés de esta semana ha sido Daniel Gascón, que tenía ocho años cuando me marché de mi ciudad a intentar hablar de literatura, y que ahora escribe como ya me gustaría a mí escribir: conciso, intenso y con sentido del humor. Mientras daba mis clases en alguna ciudad del país y aún no sabía quién era Sebald,él lo conocía en Inglaterra.
Y la semana termina en una tarde de domingo en la que leo el libro de Julio José Ordovás. Después de leerlo tomo conciencia de que soy una persona de lo más convencional. El libro de Julio hace que me replantee algunos aspecto de mi tarea literaria, y que se me recoloque la vanidad, lo que siempre es de agradecer.
Esta semana he leído cuatro libro de autores que viven en mi ciudad: de Miguel Mena, del que hasta hace poco sólo conocía su voz en la radio. Ahora sé que igual de bien se mueve con las palabras escritas, y lo hace tanto por los pasadizos de la estación Victoria de Londres, como por la de Utrillas de Zaragoza, donde tantos años vivió mi bisabuelo Juan, cuando por fin recaló en Zaragoza, después de tantas estaciones.
De Ricardo Berdié; recuerdo cuando estudiaba en la Universidad Laboral, a finales de los años setenta. Un autobús nos llevaba muy temprano todas las mañanas a alumnos, más bien alumnas, mediopensionistas, hasta Malpica. La ciudad estaba entonces jalonada con carteles electorales. Lal cara de Berdié nos miraba a todas desde vallas y paredes, y todas las chicas nos desplazábamos hacia el lateral izquierdo del autocar, con gran peligro de hacerlo volcar, para comtemplar los ojos de aquel desconocido del que no sabíamos nada, acaso que se presentaba a unas elecciones en las que aún no podíamos votar. Años después acabo de leer un novela suya ambientada en la misma calle de Londres en la que acabo de comprar una gelatina de lavanda que no se pone detrás de las orejas, sino que se come; una novela que habla de juegos de realidades y de ficciones, que es el asunto literario que me sorbe y me absorbe el seso desde que Maite Cacho y Aurora Egido nos explicaron EL QUIJOTE en la Facultad.
Otro autor aragonés de esta semana ha sido Daniel Gascón, que tenía ocho años cuando me marché de mi ciudad a intentar hablar de literatura, y que ahora escribe como ya me gustaría a mí escribir: conciso, intenso y con sentido del humor. Mientras daba mis clases en alguna ciudad del país y aún no sabía quién era Sebald,él lo conocía en Inglaterra.
Y la semana termina en una tarde de domingo en la que leo el libro de Julio José Ordovás. Después de leerlo tomo conciencia de que soy una persona de lo más convencional. El libro de Julio hace que me replantee algunos aspecto de mi tarea literaria, y que se me recoloque la vanidad, lo que siempre es de agradecer.
07/06/2005 13:27 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
08/06/2005
Belchite y un relato demasiado cierto
Leo el último libro de Miguel Mena, en el que recorre el camino del tren de Utrillas que pasaba por Belchite. Cada vez que paso por allí se me encoge algo. Y es que hay veces en las que las guerras de nuestros antepasados nos hieren con afilados cuchillos.
LOS DOS HERMANOS
Caminaba de un lado a otro sin saber hacia dónde ir. Aquellas calles que desde hacía varios años eran parte de su hogar le parecían ahora extraños laberintos sin salida. Entraba por alguna calleja de la Rambla y se perdíia entre la oleada de gente que iba al mercado a intentar conseguir un poco de comida. Otras veces pasaba por la puerta del Liceo. Mariano recordaba que una vez, antes de la guerra, había ido a la ópera. Pasar delante de aquella puerta le traía a la memoria una cierta sensación de dulzura perdida, en la que no quería refugiarse. También solía andar por la Barceloneta, sus ojos clavados en el suelo que se movía bajo sus zapatos, las manos en los bolsillos del abrigo, las solapas levantadas hacia las orejas: los guantes y la bufanda se habían perdido días atrás, tal vez el mismo día en que recibió la carta de su padre.
Hacía un mes que Mariano había vuelto del frente. Era guardia de asalto y estaba destinado en Barcelona desde el año 34. La guerra le había cogido en zona republicana y su compañía había sido enviada a luchar a Belchite, un pueblo no muy lejos del suyo; incluso de adolescente había tenido una medio novia allí. Era una de esas chicas que se conocían en las fiestas, se bailaba con ellas, se las miraba intensamente a los ojos, se les notaba el escalofrío que recorría sus espaldas al contacto del cuerpo de un hombre, salían corriendo y no se las volvía a ver. Nada que ver con Marta, con la que se había acostado el mismo día que la conoció. Cargaba sábanas en una camioneta que tenía una cruz roja en cada lateral. Vestía pantalones y camisa con las mangas remangadas. Sudaba. Mariano no había imaginado nunca que las sábanas podían pesar tanto como para hacer sudar. "¿Te ayudo?" -le había preguntado. Ella lo había mirado con una sonrisa sarcástica mientras se pasaba la lengua entre los labios. En aquel momento supo que había dicho una tontería, y al mismo tiempo se dio cuenta de que aquella boca era la única que querría besar a partir de aquel momento. Por la tarde tuvo que ir al hospital a recoger unos medicamentos para el cuartel. Una vez en el vestíbulo, no sabía en qué puerta entrar. "¿Te ayudo?" -dijo una voz detrás de él. La había vuelto a encontrar y volvió a sentirse ridículo. Ella le tomó la mano, subieron las escaleras hasta el primer piso y pasaron a una de las habitaciones. No era ningún despacho, ni había medicinas. Sólo una cama con las sábanas limpias.
En el frente ni siquiera había camas. Dormía en la trinchera dentro de su abrigo y de sus guantes. La moquita se le helaba y le dolían los ojos. Por el día no se sentía tanto el frío: el humo de las bombas, el fuego de los cañonazos y las carreras para matar y no morir daban una sensación falsa de calor, parecida a la que se debía de tener en el infierno. Porque aquello era lo más parecido al infierno que Mariano podía imaginar en aquellos momentos.
Cuando por la noche se refugiaba en la trinchera, se acordaba de Marta bajo las sábanas. Esa era la imagen con la que quería quedarse dormido. Pero antes, su memoria iba mucho más atrás, cuando jugaba con su hermano José en el campo. Sólo le llevaba un año, y parecían casi gemelos. Desde muy pequeños, les gustaba ir a pescar al río, se apostaban en las laderas de las orillas, cavaban un agujero en el que se metían silenciosos y desde allí echaban una lana con un cebo para que picaran los pescados. No tenían caña y creían que los peces no los verían desde el río , si se escondían en aquella especie de trinchera. Tendrían cuatro o cinco años cuando jugaban a aquella guerra acuática. Nunca pescaron nada, pero lo pasaban bien, los dos muy juntos en el agujero aquel, las dos cabecitas morenas con los ojos clavados en el río, esperando ver saltar un pez. Como Mariano era el mayor de los dos, tenía siempre agarrado a José por el hombro, sentía que lo tenía que proteger del posible ataque piscícola.
Por eso no le hizo ninguna gracia a Mariano que José tomara la decisión de hacerse guardia de asalto como él. "Es una profesión peligrosa -le había dicho-. No es para ti". Pero José no le había hecho ningún caso.
No había visto a José desde poco antes que estallara la guerra. Habían coincidido durante un permiso en la casa fafiliar. Después de comer, habían salido los dos juntos a dar un paseo por el río. Era casi verano y los árboles estaban llenos de fruta. A José le gustaba coger albaricoques poco maduros y comerlos con la piel. Aquella sensación áspera le provocaba un escalofrío que le llegaba hasta los dientes, pero que le producía un placer salvaje desde que era pequeño. Un placer que le hacía estallar en carcajadas. A José le gustaba reír. Mariano siempre elegía la fruta más madura, prefería que la pulpa se le escurriera entre los dedos para luego chupárselos y seguir sientiendo más rato aún su dulzura. Se sentaron un rato junto al río. Aún quedaban las huellas de uno de aquellos agujeros que habían hecho cuando eran niños. José se metió dentro. Le llegaba hasta las caderas. "Hemos crecido, ¿eh? Ya no hay sitio para los dos en el mismo agujero"-le dijo a Mariano. "Sí, ésa es una de las cosas malas que tiene crecer, que cada uno tiene su agujero en el mundo, un agujero en el que no cabe nadie más" -le contestó. "Ven, te haré sitio, siempre habrá una agujero para los dos, hermano". Y José excavó con sus propias manos para hacerlo más grande. Mariano le ayudó y consiguió entrar. Se abrazaron y ambos se echaron a reír. Cuando anocheció dejaron la casa. Tenían que volver a sus cuarteles: Mariano a Barcelona, José a Zaragoza.
En la trinchera, Mariano también se acordaba de su último día con su hermano, y se preguntaba dónde estaría en aquel momento. La guerra, la casualidad, el azar, el destino o lo que fuera, los había dejado en bandos diferentes.
Una noche, Mariano y su grupo recibieron las orden de partir. Venían soldados de refresco, ellos llevaban ya meses en aquel frente, y se los necesitaba para defender Barcelona. Mariano quería dejar aquel infierno; además, volver a Barcelona significaba volver a ver a Marta. Pero tenía una sensación extraña: dejar el frente de Belchite era dejar otra vez su tierra, la de su familia, era alejarse más y más de lo que siempre había sido suyo, del río de su infancia, de los árboles de los que le gustaba agarrar la fruta bien madura, del agujero que había compartido con su hermano.
No le costó ningún trabajo encontrar a Marta, que seguía trabajando en el hospital. Marta enseguida se dio cuenta de que Mariano no estaba bien. El frente lo había dejado más pálido, sus ojos habían perdido la alegría que tenían cuando se marchó, y el frío le había dejado una tos menuda y constante que Marta había oído ya demasiadas veces entre los soldados a los que atendía.
Estaba con ella cuando recibió la carta de su padre. Era una carta muy breve, de alguien a quien se le han acabado las palabras: José había muerto. Lo habían destinado a Belchite tres meses antes. Allí había pasado los días más duros de aquel invierno infernal. En uno de los ataques del enemigo, había sufrido una herida de metralla en la cabeza. Lo habían evacuado y llevado a un hospital de Zaragoza. Había muerto trece días antes entre sábanas blancas.
Mariano miró a Marta, se puso el abrigo, los guantes y la bufanda, abrió la puerta y se marchó. Fue entonces cuando empezó a caminar sin rumbo. Dormía en la calle, en el parque, en el puerto, en la playa. Soñaba con José, con los agujeros del río, con los peces nunca pescados, con las bombas de mano que él mismo había lanzado contra el enemigo en el frente. En el mismo frente en el que había coincidido con su hermano, sin saberlo. Su hermano, al que él mismo había matado. Estaba seguro de que la metralla de una de sus bombas había alcanzado la cabeza rizada de su hermano, y había apagado su risa. Seguía tosiendo, y cada vez más. La humedad de la ciudad se hundía en el cuerpo de Mariano como un cuchillo de mil dientes. Su ropa sucia parecía perpetuamente mojada.
Murió un día de aquel invierno, o una noche, qué más da. Nadie lo identificó. Acabó en un agujero grande, más grande de lo que él nunca hubiera imaginado. Un agujero en el que hubo sitio para muchos otros.
LOS DOS HERMANOS
Caminaba de un lado a otro sin saber hacia dónde ir. Aquellas calles que desde hacía varios años eran parte de su hogar le parecían ahora extraños laberintos sin salida. Entraba por alguna calleja de la Rambla y se perdíia entre la oleada de gente que iba al mercado a intentar conseguir un poco de comida. Otras veces pasaba por la puerta del Liceo. Mariano recordaba que una vez, antes de la guerra, había ido a la ópera. Pasar delante de aquella puerta le traía a la memoria una cierta sensación de dulzura perdida, en la que no quería refugiarse. También solía andar por la Barceloneta, sus ojos clavados en el suelo que se movía bajo sus zapatos, las manos en los bolsillos del abrigo, las solapas levantadas hacia las orejas: los guantes y la bufanda se habían perdido días atrás, tal vez el mismo día en que recibió la carta de su padre.
Hacía un mes que Mariano había vuelto del frente. Era guardia de asalto y estaba destinado en Barcelona desde el año 34. La guerra le había cogido en zona republicana y su compañía había sido enviada a luchar a Belchite, un pueblo no muy lejos del suyo; incluso de adolescente había tenido una medio novia allí. Era una de esas chicas que se conocían en las fiestas, se bailaba con ellas, se las miraba intensamente a los ojos, se les notaba el escalofrío que recorría sus espaldas al contacto del cuerpo de un hombre, salían corriendo y no se las volvía a ver. Nada que ver con Marta, con la que se había acostado el mismo día que la conoció. Cargaba sábanas en una camioneta que tenía una cruz roja en cada lateral. Vestía pantalones y camisa con las mangas remangadas. Sudaba. Mariano no había imaginado nunca que las sábanas podían pesar tanto como para hacer sudar. "¿Te ayudo?" -le había preguntado. Ella lo había mirado con una sonrisa sarcástica mientras se pasaba la lengua entre los labios. En aquel momento supo que había dicho una tontería, y al mismo tiempo se dio cuenta de que aquella boca era la única que querría besar a partir de aquel momento. Por la tarde tuvo que ir al hospital a recoger unos medicamentos para el cuartel. Una vez en el vestíbulo, no sabía en qué puerta entrar. "¿Te ayudo?" -dijo una voz detrás de él. La había vuelto a encontrar y volvió a sentirse ridículo. Ella le tomó la mano, subieron las escaleras hasta el primer piso y pasaron a una de las habitaciones. No era ningún despacho, ni había medicinas. Sólo una cama con las sábanas limpias.
En el frente ni siquiera había camas. Dormía en la trinchera dentro de su abrigo y de sus guantes. La moquita se le helaba y le dolían los ojos. Por el día no se sentía tanto el frío: el humo de las bombas, el fuego de los cañonazos y las carreras para matar y no morir daban una sensación falsa de calor, parecida a la que se debía de tener en el infierno. Porque aquello era lo más parecido al infierno que Mariano podía imaginar en aquellos momentos.
Cuando por la noche se refugiaba en la trinchera, se acordaba de Marta bajo las sábanas. Esa era la imagen con la que quería quedarse dormido. Pero antes, su memoria iba mucho más atrás, cuando jugaba con su hermano José en el campo. Sólo le llevaba un año, y parecían casi gemelos. Desde muy pequeños, les gustaba ir a pescar al río, se apostaban en las laderas de las orillas, cavaban un agujero en el que se metían silenciosos y desde allí echaban una lana con un cebo para que picaran los pescados. No tenían caña y creían que los peces no los verían desde el río , si se escondían en aquella especie de trinchera. Tendrían cuatro o cinco años cuando jugaban a aquella guerra acuática. Nunca pescaron nada, pero lo pasaban bien, los dos muy juntos en el agujero aquel, las dos cabecitas morenas con los ojos clavados en el río, esperando ver saltar un pez. Como Mariano era el mayor de los dos, tenía siempre agarrado a José por el hombro, sentía que lo tenía que proteger del posible ataque piscícola.
Por eso no le hizo ninguna gracia a Mariano que José tomara la decisión de hacerse guardia de asalto como él. "Es una profesión peligrosa -le había dicho-. No es para ti". Pero José no le había hecho ningún caso.
No había visto a José desde poco antes que estallara la guerra. Habían coincidido durante un permiso en la casa fafiliar. Después de comer, habían salido los dos juntos a dar un paseo por el río. Era casi verano y los árboles estaban llenos de fruta. A José le gustaba coger albaricoques poco maduros y comerlos con la piel. Aquella sensación áspera le provocaba un escalofrío que le llegaba hasta los dientes, pero que le producía un placer salvaje desde que era pequeño. Un placer que le hacía estallar en carcajadas. A José le gustaba reír. Mariano siempre elegía la fruta más madura, prefería que la pulpa se le escurriera entre los dedos para luego chupárselos y seguir sientiendo más rato aún su dulzura. Se sentaron un rato junto al río. Aún quedaban las huellas de uno de aquellos agujeros que habían hecho cuando eran niños. José se metió dentro. Le llegaba hasta las caderas. "Hemos crecido, ¿eh? Ya no hay sitio para los dos en el mismo agujero"-le dijo a Mariano. "Sí, ésa es una de las cosas malas que tiene crecer, que cada uno tiene su agujero en el mundo, un agujero en el que no cabe nadie más" -le contestó. "Ven, te haré sitio, siempre habrá una agujero para los dos, hermano". Y José excavó con sus propias manos para hacerlo más grande. Mariano le ayudó y consiguió entrar. Se abrazaron y ambos se echaron a reír. Cuando anocheció dejaron la casa. Tenían que volver a sus cuarteles: Mariano a Barcelona, José a Zaragoza.
En la trinchera, Mariano también se acordaba de su último día con su hermano, y se preguntaba dónde estaría en aquel momento. La guerra, la casualidad, el azar, el destino o lo que fuera, los había dejado en bandos diferentes.
Una noche, Mariano y su grupo recibieron las orden de partir. Venían soldados de refresco, ellos llevaban ya meses en aquel frente, y se los necesitaba para defender Barcelona. Mariano quería dejar aquel infierno; además, volver a Barcelona significaba volver a ver a Marta. Pero tenía una sensación extraña: dejar el frente de Belchite era dejar otra vez su tierra, la de su familia, era alejarse más y más de lo que siempre había sido suyo, del río de su infancia, de los árboles de los que le gustaba agarrar la fruta bien madura, del agujero que había compartido con su hermano.
No le costó ningún trabajo encontrar a Marta, que seguía trabajando en el hospital. Marta enseguida se dio cuenta de que Mariano no estaba bien. El frente lo había dejado más pálido, sus ojos habían perdido la alegría que tenían cuando se marchó, y el frío le había dejado una tos menuda y constante que Marta había oído ya demasiadas veces entre los soldados a los que atendía.
Estaba con ella cuando recibió la carta de su padre. Era una carta muy breve, de alguien a quien se le han acabado las palabras: José había muerto. Lo habían destinado a Belchite tres meses antes. Allí había pasado los días más duros de aquel invierno infernal. En uno de los ataques del enemigo, había sufrido una herida de metralla en la cabeza. Lo habían evacuado y llevado a un hospital de Zaragoza. Había muerto trece días antes entre sábanas blancas.
Mariano miró a Marta, se puso el abrigo, los guantes y la bufanda, abrió la puerta y se marchó. Fue entonces cuando empezó a caminar sin rumbo. Dormía en la calle, en el parque, en el puerto, en la playa. Soñaba con José, con los agujeros del río, con los peces nunca pescados, con las bombas de mano que él mismo había lanzado contra el enemigo en el frente. En el mismo frente en el que había coincidido con su hermano, sin saberlo. Su hermano, al que él mismo había matado. Estaba seguro de que la metralla de una de sus bombas había alcanzado la cabeza rizada de su hermano, y había apagado su risa. Seguía tosiendo, y cada vez más. La humedad de la ciudad se hundía en el cuerpo de Mariano como un cuchillo de mil dientes. Su ropa sucia parecía perpetuamente mojada.
Murió un día de aquel invierno, o una noche, qué más da. Nadie lo identificó. Acabó en un agujero grande, más grande de lo que él nunca hubiera imaginado. Un agujero en el que hubo sitio para muchos otros.
08/06/2005 11:17 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
09/06/2005
Arte, libros en Zaragoza, y cierta dosis de mala leche
El martes estuve en la inauguración de una exposición "rara". Fue en el Gran Hotel y no había obra expuesta: palabras y vinos, pero nada que ver. Y es que la exposicón está en la calle; mejor dicho, en algunos escaparates del distrito de los Sitios, entre diamantes, medicamentos y ropas de colores. Uno de los presentadores dijo que se trataba de "comenrcializar la cultura". A mí ese sintagma me produce cierto escalofrío.
Ayer asistí a una tertulia sobre novela histórica contemporánea. Intervieneieron Joaquín Leguina, Lorenzo Mediano, José Luis Matilla y Ramón Acín. Las novelas históricas están de moda, eso es evidente, y es algo que me plantea ciertas reflexiones:
- Hay novelas ambientadas en determinadas épocas que reflejan hechos históricos como telón de fondo, pero que crea personajes literarios. Nada que objetar.
- Hay novelas que no son sino un alarde de ciertos escritores que saben mucha historia y enlatan su erudición en un envase de novela. En muchos casos, los personajes y la trama se diluyen entre los datos y se volatilizan. Me irritan bastante.
- Hay novelas históricas escritas en primera persona, como si fueran las memorias de alguien. Estas me irritan especialmente porque parece que muestran el pensamiento real de alguien real. Ya me gustaría a mí saber lo que de verdad pensaba Eugenia de Montijo cuando tuvo que salir de Francia, o cuando los zulúes le mataron a su único hijo; o a Catalina de Aragón cuando le pasó lo que pasó con Enrique VIII. No me gusta ese truco. Lo siento.
Estoy escribiendo una novela con trasfondo histórico; por ella se pasean algunos personajes reales. Reconozco que la tentación de meterme en la cabeza de cierto pintor veneciano es fascinante, pero la resisto a pesar de la seducción que ejerce sobre mí. Otros autores se dejan seducir, y crean novelas seductoras e irritantes. Porque, ¿acaso un sujeto de seducción no puede ser a la vez causa de irritación?
Y hablando de arte y de irritación. En Zaragoza hay un edificio considerado patrimonio cultural e histórico en el que durante años estuvo el Casino Mercantil. Pues bien, ahora está coronado por un espantoso (y el calificativo se me queda corto) letrero multicolor anunciante de la entidad bancaria que lo ha adquirido; y no sólo eso, sino que hay algo peor que apenas se ve: parte de la decoración lateral de la fachada del primer piso ha sido raspada para grabar el logotipo del banco, que está formado por tres horribles espigas que prentenden formar una corona. No he visto nada al respecto en la prensa, y alguien, no sé quién, alguna autoridad autorizada, ha dado permiso para que esto ocurra impunemente, o sea, para que se carguen una de las joyas artísticas de la ciudad.
Así estamos.
Ayer asistí a una tertulia sobre novela histórica contemporánea. Intervieneieron Joaquín Leguina, Lorenzo Mediano, José Luis Matilla y Ramón Acín. Las novelas históricas están de moda, eso es evidente, y es algo que me plantea ciertas reflexiones:
- Hay novelas ambientadas en determinadas épocas que reflejan hechos históricos como telón de fondo, pero que crea personajes literarios. Nada que objetar.
- Hay novelas que no son sino un alarde de ciertos escritores que saben mucha historia y enlatan su erudición en un envase de novela. En muchos casos, los personajes y la trama se diluyen entre los datos y se volatilizan. Me irritan bastante.
- Hay novelas históricas escritas en primera persona, como si fueran las memorias de alguien. Estas me irritan especialmente porque parece que muestran el pensamiento real de alguien real. Ya me gustaría a mí saber lo que de verdad pensaba Eugenia de Montijo cuando tuvo que salir de Francia, o cuando los zulúes le mataron a su único hijo; o a Catalina de Aragón cuando le pasó lo que pasó con Enrique VIII. No me gusta ese truco. Lo siento.
Estoy escribiendo una novela con trasfondo histórico; por ella se pasean algunos personajes reales. Reconozco que la tentación de meterme en la cabeza de cierto pintor veneciano es fascinante, pero la resisto a pesar de la seducción que ejerce sobre mí. Otros autores se dejan seducir, y crean novelas seductoras e irritantes. Porque, ¿acaso un sujeto de seducción no puede ser a la vez causa de irritación?
Y hablando de arte y de irritación. En Zaragoza hay un edificio considerado patrimonio cultural e histórico en el que durante años estuvo el Casino Mercantil. Pues bien, ahora está coronado por un espantoso (y el calificativo se me queda corto) letrero multicolor anunciante de la entidad bancaria que lo ha adquirido; y no sólo eso, sino que hay algo peor que apenas se ve: parte de la decoración lateral de la fachada del primer piso ha sido raspada para grabar el logotipo del banco, que está formado por tres horribles espigas que prentenden formar una corona. No he visto nada al respecto en la prensa, y alguien, no sé quién, alguna autoridad autorizada, ha dado permiso para que esto ocurra impunemente, o sea, para que se carguen una de las joyas artísticas de la ciudad.
Así estamos.
09/06/2005 10:59 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
10/06/2005
Flaubert y las cartas
Cuando uno escribe una carta,le parece que sólo va a ser leída por el destinatario. Pero cuando uno es un artista, sus cartas pueden llegar a formar parte del patrimonio de un museo, de un país, o hasta de la misma humanidad. Con la correspondencia publicada de algunos escritores tengo un doble sentimiento: de fascinación y de mala conciencia. De fascinación porque leer aquello que en su momento fue creado como íntimo me acerca más a su pensamiento. De mala conciencia porque sé que estoy entrando sin llamar en una alcoba privada. Pero a veces tenemos que encajar, también, nuestras propias contradicciones.
Gustave Flaubert escribió novelas magníficas y cartas, muchas cartas. Sus ideas sobre ética, estética y creación literaria las impregna, sobre todo las que dedica a Louise Colet:
"He abandonado el viejo proyecto que tenía de escribir más adelante mis memorias. No me tienta ninguna cosa relacionada con mi persona. Los afectos de juventud (por muy bellos que parezcan con la perspectiva del recuerdo, e incluso entrevistos de antemano bajo los fuegos de Bengala del estilo) ya no los considero hermosos. ¡Que muera todo esto y que nada resucite!¿Para qué escribir mis memorias? Un hombre no es más importante que una pulga. Nuestras alegrías, como nuestros sufrimientos, deben quedar absorbidos en nuestra obra. ¡Las gotas de rocío que el sol ha trasladado al cielo no se reconocen en las nubes! Evaporaos, lluvia terrestre, lágrimas de los antiguos días, y formad en los cielos gigantescas volutas, todas penetradas de sol"
Sí, de vez en cuando tomamos conciencia de que no somos mucho más que una pulga.
Gustave Flaubert escribió novelas magníficas y cartas, muchas cartas. Sus ideas sobre ética, estética y creación literaria las impregna, sobre todo las que dedica a Louise Colet:
"He abandonado el viejo proyecto que tenía de escribir más adelante mis memorias. No me tienta ninguna cosa relacionada con mi persona. Los afectos de juventud (por muy bellos que parezcan con la perspectiva del recuerdo, e incluso entrevistos de antemano bajo los fuegos de Bengala del estilo) ya no los considero hermosos. ¡Que muera todo esto y que nada resucite!¿Para qué escribir mis memorias? Un hombre no es más importante que una pulga. Nuestras alegrías, como nuestros sufrimientos, deben quedar absorbidos en nuestra obra. ¡Las gotas de rocío que el sol ha trasladado al cielo no se reconocen en las nubes! Evaporaos, lluvia terrestre, lágrimas de los antiguos días, y formad en los cielos gigantescas volutas, todas penetradas de sol"
Sí, de vez en cuando tomamos conciencia de que no somos mucho más que una pulga.
10/06/2005 11:07 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
11/06/2005
Madrid
LA CASTAFIORE es un resturante. Algunos camareros no son camareros. Son cantantes de ópera, y mientras tú cenas ellos cantan arias de LA BOHEME, dúos de DON GIOVANNI o el brindis de LA TRAVIATA. Me gusta ir cada vez que vuelvo a Madrid. Anoche estuve con mi amiga Alicia, que canta maravillosamente, y disfrutamos de una noche operística estupenda. En el restaurante estaba Silvia Tortosa, preciosa como en aquellas novelas y estudios uno de la tele en blanco y negro. Escuchaba a veces a los cantantes con los ojos cerrados y su rostro era una catarata de emociones sosegadas. Mirarla al ritmo del vals de Mussetta ha sido otro de los privilegios en esta noche madrileña.
11/06/2005 11:44 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
13/06/2005
Madrid II
Por la mañana, Alicia y yo vamos al Museo Thyssen. Hay una exposición del pintor francés COROT (1796-1875). Sus paisajes rezuman poesía en cada pincelada. Nos emocionan como pocos cuadros pueden hacerlo.
Como con Víctor Claudín, su hijo Dani y dos magníficos libreros de Móstoles. Conocí a Dani en la Feria del Libro del año pasado. Yo estaba firmando y un niño de nueve años apareció por la caseta. Se llevó OTRA VUELTA DE TUERCA de Henry James. Se fue. Volvió. Compró una de mis novelas. Se volvió a marchar. Regresó. Le pregunté por sus andanzas. Me dijo que su padre estaba firmando en la caseta de al lado. El niño era Dani y es delicioso. Paso una tarde entrañable con él y con su padre, entre libros, sonrisas y granizados de limón. Asisto privilegiada a una entrevista de Víctor a Pedro Zarraluki, que acaba de ganar el Premio Nadal. En la misma terraza del Retiro, en la misma diagonal, Magdalena Lasala bebe un refresco con mucho hielo, y Julio Llamazares lee un periódico acompañado por un hermoso perro blanco.
Me voy con Dani a dar un paseo por la Feria: compro el libro de Zarraluki, saludamos a Fernando Marías, que me ha vencido en el concurso de Anaya. Se lo digo. Su novela ha ganado por una razón muy clara: es mucho mejor que la mía. Hace cuatro años firmamos juntos en el mismo sitio. Vamos al Pabellón Infantil y encontramos a Samuel Alonso, que está dinamizando actividades lectoras.
Gracias, Víctor y Dani, por una preciosa tarde.
Salgo de la Feria, pero antes paso por la caseta de HIPERION. Sólo compro poesía una vez al año, y es en este lugar. Esta vez adquiero los poemas de Catulo que tanto le gustaban a Carlota ("Dame un beso, y luego otro... y cuando me hayas dado más de mil..."), y versos de Paul Celan.
Noche teatral: por fin consigo ver una obra que había perdido las otras veces, DIARIO DE ADÁN Y EVA, de Mark Twain. Espléndidos actores, Diana Oteyza y Miguel Ángel Solá, lleno de registros, dicción impecable. Extraordinario.
Después ceno con Alicia y con Ignacio, que tiene una perra que se llama Domitila.
El domingo paseo con Alicia bajo los magnolios de los jardines de Sabatini, luego me siento bajo el sol de la Plaza de Oriente, junto al Teatro Real y pienso en todas las noches en que fui capaz de temblar al otro lado de los muros.
En casa de Alicia conozco a Daniel, un joven actor venezolano más guapo de lo que debería estar permitido. Está trabajando en el montaje del DON CARLO. Lo toco para comprobar si es de verdad. Siempre me he preguntado lo que se debe de sentir al ver la ópera desde el propio escenario. Daniel me cuenta que en Venezuela se llama "COROTOS " a lo que acá llamamos "cacharros". La etimología popular sitúa su origen en una casa criolla que tenía muchos cuadros de COROT. En un amudanza, la señora de la casa mandó a sus criados tener cuidado con los "corotos". De ahí pasó ao denominarse populsrmente "corotos" a vajillas u objetos varios que hay en una casa y, por ende, pueden ser objeto de mudanza o de atención. No sé si la etimología será verdadera, pero es esta leyenda lingüística es una joya. También conozco a Hugo, un diseñador argentino que ha trabajado en los tejidos del vestuario de la película TIRANTE EL BLANCO. Nos enseña algunas de sus muestras. Me vuelvo a sentir una privilegiada al compartir mesa ahora con estos artistas de la voz y de las manos. Alicia, además, es escultora. Me gusta tocar sus esculturas de piedra de jabón, de formas siempre redondas y de tacto tiépido (ya sé que esta palabra es italiana pero me gusta más que la correspondiente en castellano), nunca frías de mármol como Galatea.
Me voy de Madrid con la sensación de que siempre me estoy marchando de los lugares y de las gentes a las que quiero.
Cojo un tren que no se parece a un tren, sino a un ave de pico aplastado, y que huele tanto a nuevo que se me revuelven las tripas. Hay ruedas que van hacia el este, y hay ruedas que van al oeste. En algún punto se encuentran aunque no se ven.
Como con Víctor Claudín, su hijo Dani y dos magníficos libreros de Móstoles. Conocí a Dani en la Feria del Libro del año pasado. Yo estaba firmando y un niño de nueve años apareció por la caseta. Se llevó OTRA VUELTA DE TUERCA de Henry James. Se fue. Volvió. Compró una de mis novelas. Se volvió a marchar. Regresó. Le pregunté por sus andanzas. Me dijo que su padre estaba firmando en la caseta de al lado. El niño era Dani y es delicioso. Paso una tarde entrañable con él y con su padre, entre libros, sonrisas y granizados de limón. Asisto privilegiada a una entrevista de Víctor a Pedro Zarraluki, que acaba de ganar el Premio Nadal. En la misma terraza del Retiro, en la misma diagonal, Magdalena Lasala bebe un refresco con mucho hielo, y Julio Llamazares lee un periódico acompañado por un hermoso perro blanco.
Me voy con Dani a dar un paseo por la Feria: compro el libro de Zarraluki, saludamos a Fernando Marías, que me ha vencido en el concurso de Anaya. Se lo digo. Su novela ha ganado por una razón muy clara: es mucho mejor que la mía. Hace cuatro años firmamos juntos en el mismo sitio. Vamos al Pabellón Infantil y encontramos a Samuel Alonso, que está dinamizando actividades lectoras.
Gracias, Víctor y Dani, por una preciosa tarde.
Salgo de la Feria, pero antes paso por la caseta de HIPERION. Sólo compro poesía una vez al año, y es en este lugar. Esta vez adquiero los poemas de Catulo que tanto le gustaban a Carlota ("Dame un beso, y luego otro... y cuando me hayas dado más de mil..."), y versos de Paul Celan.
Noche teatral: por fin consigo ver una obra que había perdido las otras veces, DIARIO DE ADÁN Y EVA, de Mark Twain. Espléndidos actores, Diana Oteyza y Miguel Ángel Solá, lleno de registros, dicción impecable. Extraordinario.
Después ceno con Alicia y con Ignacio, que tiene una perra que se llama Domitila.
El domingo paseo con Alicia bajo los magnolios de los jardines de Sabatini, luego me siento bajo el sol de la Plaza de Oriente, junto al Teatro Real y pienso en todas las noches en que fui capaz de temblar al otro lado de los muros.
En casa de Alicia conozco a Daniel, un joven actor venezolano más guapo de lo que debería estar permitido. Está trabajando en el montaje del DON CARLO. Lo toco para comprobar si es de verdad. Siempre me he preguntado lo que se debe de sentir al ver la ópera desde el propio escenario. Daniel me cuenta que en Venezuela se llama "COROTOS " a lo que acá llamamos "cacharros". La etimología popular sitúa su origen en una casa criolla que tenía muchos cuadros de COROT. En un amudanza, la señora de la casa mandó a sus criados tener cuidado con los "corotos". De ahí pasó ao denominarse populsrmente "corotos" a vajillas u objetos varios que hay en una casa y, por ende, pueden ser objeto de mudanza o de atención. No sé si la etimología será verdadera, pero es esta leyenda lingüística es una joya. También conozco a Hugo, un diseñador argentino que ha trabajado en los tejidos del vestuario de la película TIRANTE EL BLANCO. Nos enseña algunas de sus muestras. Me vuelvo a sentir una privilegiada al compartir mesa ahora con estos artistas de la voz y de las manos. Alicia, además, es escultora. Me gusta tocar sus esculturas de piedra de jabón, de formas siempre redondas y de tacto tiépido (ya sé que esta palabra es italiana pero me gusta más que la correspondiente en castellano), nunca frías de mármol como Galatea.
Me voy de Madrid con la sensación de que siempre me estoy marchando de los lugares y de las gentes a las que quiero.
Cojo un tren que no se parece a un tren, sino a un ave de pico aplastado, y que huele tanto a nuevo que se me revuelven las tripas. Hay ruedas que van hacia el este, y hay ruedas que van al oeste. En algún punto se encuentran aunque no se ven.
13/06/2005 13:27 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
14/06/2005
Sorpresas
Después de casi treinta años me reencuentro con Rafael, mi antiguo profesor de matemáticas. Me trae las fotos de mi grupo y mis notas de tercero de BUP. En la fotografía llevo el pelo corto, las cejas más estrechas y no se me caen los párpados como ahora. En las calificaciones, veo un diez en color rojo; me extraña. Rafael me saca de mi breve sorpresa:era un diez sobre noventa... Por supuesto, suspendí las matemáticas aquel junio de 1979. En la Universidad Laboral no te dejaban pasar de curso con un asignatura pendiente, te echaban directamente; así que había que aprobar las matemáticas como fuera. Y fue.
Y fue después de pasar el tórrido verano zaragozano estudiando matemáticas de nueve de la mañana a una del mediodía en la academia TUGA, que estaba en una de esas recoletas placitas del casco viejo de Zaragoza. Recuerdo la camisa blanca con rayas azules sudadas de aquel joven profesor de barba negra y gafas plateadas que intentaba meternos en dos meses lo que no habíamos aprendido en nueve. Pasé aquellos dos meses sudando entre derivadas, límites e integrales. Aprobé en septiembre, con un seis con dos, me ha dicho hoy Rafael. No me costó sangre ni lágrimas, pero sí sudor, mucho sudor. Al terminar el examen nos fuimos a la playa, a Cambrils, a unos apartamentos que se llamaban "Los Delfines". Nunca aprendí a nadar bien, y enseguida se me olvidaron las integrales, y hasta la tabla de multiplicar.
La visita de Rafael ha sido una de esas sorpresas en color que te da la vida. Otras veces las sorpresas son en blanco y negro.
Al escritor le pasan muchas cosas, y una de las mejores es conocer a sus lectores. Mantengo correspondencia habitualmente con tres niñas: Ángela, que se llama como mi protagonista, me escribe desde Valladolid y me manda preciosas postales de sus viajes, la última, unos tulipanes desde su intercambio en Francia. La conocí en su instituto el año pasado. Nerea, de Zaragoza, una de las adolescentes más activas que conozco, tiene un cuaderno de bitácora estupendo y me envía una postal de canales venecianos. La conocí esta primavera en la Maratón del Cuento. Alba, también de Zaragoza, me regala preciosas acuarelas y sobres cuajados de pétalos de rosa. La conocí ayer: hace teatro, tiene trece años, unos ojos que sonríen, y parece que lleva toda la vida sobre un escenario. Tiene una dicción y una voz magníficas, y se atrevió con un audaz texto de Sanchís Sinisterra.
Algunas veces, las sorpresas están hechas con el arco iris.
Y fue después de pasar el tórrido verano zaragozano estudiando matemáticas de nueve de la mañana a una del mediodía en la academia TUGA, que estaba en una de esas recoletas placitas del casco viejo de Zaragoza. Recuerdo la camisa blanca con rayas azules sudadas de aquel joven profesor de barba negra y gafas plateadas que intentaba meternos en dos meses lo que no habíamos aprendido en nueve. Pasé aquellos dos meses sudando entre derivadas, límites e integrales. Aprobé en septiembre, con un seis con dos, me ha dicho hoy Rafael. No me costó sangre ni lágrimas, pero sí sudor, mucho sudor. Al terminar el examen nos fuimos a la playa, a Cambrils, a unos apartamentos que se llamaban "Los Delfines". Nunca aprendí a nadar bien, y enseguida se me olvidaron las integrales, y hasta la tabla de multiplicar.
La visita de Rafael ha sido una de esas sorpresas en color que te da la vida. Otras veces las sorpresas son en blanco y negro.
Al escritor le pasan muchas cosas, y una de las mejores es conocer a sus lectores. Mantengo correspondencia habitualmente con tres niñas: Ángela, que se llama como mi protagonista, me escribe desde Valladolid y me manda preciosas postales de sus viajes, la última, unos tulipanes desde su intercambio en Francia. La conocí en su instituto el año pasado. Nerea, de Zaragoza, una de las adolescentes más activas que conozco, tiene un cuaderno de bitácora estupendo y me envía una postal de canales venecianos. La conocí esta primavera en la Maratón del Cuento. Alba, también de Zaragoza, me regala preciosas acuarelas y sobres cuajados de pétalos de rosa. La conocí ayer: hace teatro, tiene trece años, unos ojos que sonríen, y parece que lleva toda la vida sobre un escenario. Tiene una dicción y una voz magníficas, y se atrevió con un audaz texto de Sanchís Sinisterra.
Algunas veces, las sorpresas están hechas con el arco iris.
14/06/2005 12:29 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
15/06/2005
Dos noticias
Se ha ido Jesús Moncada. Confieso avergonzada que hace unos meses nada sabía de él. No sabía quién era cuando leí su nombre como Premio de las Letras Aragonesas de 2004. ¿Por qué nunca había oído hablar de este escritor?
Tantos años fuera de Aragón me habían dejado fuera de juego en muchas cosas. También en ésta.
En la Feria del Libro de Zaragoza, compro en la caseta de Xordica su último libro traducido, CALAVERAS ATÓNITAS, que me recomienda Chusé Raúl Usón, su editor y traductor, al que le digo que no había leído nada de Moncada. Chusé me mira con la mejor y más amable cara que puede después de escuchar el disparate. Me llevo el libro y empiezo a leerlo: me fascina desde la primera página. Un hábil manejo del lenguaje, una galería de personajes que viven en torno a una Mequinenza tan mítica como el Sur de Faulkner, o la Comala de Juan Rulfo. Una ironía desternillante.
Por alguna razón probablemente de política lingüística, este autor, que ha escrito toda su obra en catalán, no ha entrado en determinados circuitos comerciales y no ha llegado al gran público fuera de Cataluña. Algo se pudre en un sistema que deja que ocurran estos desatinos.
Decía ayer Ramón Acín que lo mejor que podemos hacer por él es leerlo. Ahí va un fragmento de uno de los relatos de Moncada en esta obra:
"...cuando el director del grupo escolar exige aspirinas "concentradas", cada uno de ellos recibirá un paquetito muy bien envuelto con el mismo contenido: preservativos. Son ejemplos cogidos al azar. Podría alargar la lista de eufemismos con gotas, colirios, cremas, cataplasmas seguidos de precisiones que los transforman siempre en lo mismo: condones.
"Según la moral católica, señor secretario, adquirir un preservativo, una transacción comercial como cualquier otra en apariencia, implica ipso facto un pecado mortal, y añado el latinajo para que resulte más espantoso. Una falta de esta gravedad factura al comprador al infierno, a sufrir eternamente refinadísimas torturas si el arrepentimiento, la confesión y la absolución no lo limpian antes de morir de una trasgresión tan horrible. Me explicaré. Adquirir arsénico, aunque sea a toneladas, no presupone que usted, es un decir, haya decidido acelerar el paso al otro barrio de la tía rica que le ha hecho herededo universal y que no acaba de estirar la pata; comprar un cuchillo o una escopeta de caza no implica la reprobable intención de utilizarlos para asaltar bancos o dirimir las diferencias con el vecino que pone el volumen de la radio al máximo y no le permite pegar ojo. El arsénico, además de la aplicación, universalmente reconocida, de allanar el camino del cielo a las tías longevas o tacañas, tiene muchísimas más de matiz pacífico. Como las tienen los cuchillos y las escopetas. ¿Pero qué uso se dará a un preservativo excepto el que todos sabemos y que el Vaticano condena de una manera tan feroz?. Piense, piense: ni uno ni medio. ¿Puede exponerse un creyente oficial a pecar públicamente adquiriendo el invento diabólico? Hay que echar mano de los eufemismos."
A veces una mala noticia nos puede conducir hasta una sonrisa.
En Argentina se ha anulado la Ley del Punto Final, y la Ley de la Obediencia Cumplida. Ambas impidieron que decenas de implicados en tropelías, asesinatos y desapariciones pudieran ser condenados por sus crímenes. Hace unos meses, entrevisté a la escritora argentina Elsa Osorio, que hace unos años escribió A VEINTE AÑOS, LUZ, una novela que retrata el caso de los bebés desaparecidos durante la dictadura: los torturadores mantenían con vida a las madres hasta el parto, les robaban a los niños, y luego las asesinaban. Así ocurrió con centenares de criaturas que hoy desconocen su identidad, cuyos padres murieron a manos de gentes que hasta hoy pasean impunemente por las calles de Buenos Aires.
La novela es espléndida no sólo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Un fragmento en que el padre adoptivo de Luz sospecha la verdad: que a su hija nadie la dio en adopción, sino que su suegro, uno de los represores, la arrancó a su madre que luego "desapareció" bajo las balas.
"Después de esa larga conversación, Dolores implacable, y tan queriéndolo al mismo tiempo: Y que si no es, como creés, mejor, pero entonces ¿por qué no lo dio en adopción? Y qué vas a hacer si te enterás de que es hija de desaparecidos, no vas a poder vivir con eso. Te das cuenta de lo que significa para Luz, privarla de su identidad, de su historia y de la historia de los padres, tratada como una cosa. Vos mismo lo dijiste cuando hablabas de tu suegro, me impresionó: "Qué se cree, que se le rompió una muñeca, le traigo otra para que no llore". Un objeto más del saqueo.
Basta, basta. Te tapas la cabeza con la almohada y entonces sí dejas salir ese llanto que hace años tienes estrangulado".
Hay veces en que una buena noticia trae evocaciones amargas.
Tantos años fuera de Aragón me habían dejado fuera de juego en muchas cosas. También en ésta.
En la Feria del Libro de Zaragoza, compro en la caseta de Xordica su último libro traducido, CALAVERAS ATÓNITAS, que me recomienda Chusé Raúl Usón, su editor y traductor, al que le digo que no había leído nada de Moncada. Chusé me mira con la mejor y más amable cara que puede después de escuchar el disparate. Me llevo el libro y empiezo a leerlo: me fascina desde la primera página. Un hábil manejo del lenguaje, una galería de personajes que viven en torno a una Mequinenza tan mítica como el Sur de Faulkner, o la Comala de Juan Rulfo. Una ironía desternillante.
Por alguna razón probablemente de política lingüística, este autor, que ha escrito toda su obra en catalán, no ha entrado en determinados circuitos comerciales y no ha llegado al gran público fuera de Cataluña. Algo se pudre en un sistema que deja que ocurran estos desatinos.
Decía ayer Ramón Acín que lo mejor que podemos hacer por él es leerlo. Ahí va un fragmento de uno de los relatos de Moncada en esta obra:
"...cuando el director del grupo escolar exige aspirinas "concentradas", cada uno de ellos recibirá un paquetito muy bien envuelto con el mismo contenido: preservativos. Son ejemplos cogidos al azar. Podría alargar la lista de eufemismos con gotas, colirios, cremas, cataplasmas seguidos de precisiones que los transforman siempre en lo mismo: condones.
"Según la moral católica, señor secretario, adquirir un preservativo, una transacción comercial como cualquier otra en apariencia, implica ipso facto un pecado mortal, y añado el latinajo para que resulte más espantoso. Una falta de esta gravedad factura al comprador al infierno, a sufrir eternamente refinadísimas torturas si el arrepentimiento, la confesión y la absolución no lo limpian antes de morir de una trasgresión tan horrible. Me explicaré. Adquirir arsénico, aunque sea a toneladas, no presupone que usted, es un decir, haya decidido acelerar el paso al otro barrio de la tía rica que le ha hecho herededo universal y que no acaba de estirar la pata; comprar un cuchillo o una escopeta de caza no implica la reprobable intención de utilizarlos para asaltar bancos o dirimir las diferencias con el vecino que pone el volumen de la radio al máximo y no le permite pegar ojo. El arsénico, además de la aplicación, universalmente reconocida, de allanar el camino del cielo a las tías longevas o tacañas, tiene muchísimas más de matiz pacífico. Como las tienen los cuchillos y las escopetas. ¿Pero qué uso se dará a un preservativo excepto el que todos sabemos y que el Vaticano condena de una manera tan feroz?. Piense, piense: ni uno ni medio. ¿Puede exponerse un creyente oficial a pecar públicamente adquiriendo el invento diabólico? Hay que echar mano de los eufemismos."
A veces una mala noticia nos puede conducir hasta una sonrisa.
En Argentina se ha anulado la Ley del Punto Final, y la Ley de la Obediencia Cumplida. Ambas impidieron que decenas de implicados en tropelías, asesinatos y desapariciones pudieran ser condenados por sus crímenes. Hace unos meses, entrevisté a la escritora argentina Elsa Osorio, que hace unos años escribió A VEINTE AÑOS, LUZ, una novela que retrata el caso de los bebés desaparecidos durante la dictadura: los torturadores mantenían con vida a las madres hasta el parto, les robaban a los niños, y luego las asesinaban. Así ocurrió con centenares de criaturas que hoy desconocen su identidad, cuyos padres murieron a manos de gentes que hasta hoy pasean impunemente por las calles de Buenos Aires.
La novela es espléndida no sólo por lo que cuenta, sino por cómo lo cuenta. Un fragmento en que el padre adoptivo de Luz sospecha la verdad: que a su hija nadie la dio en adopción, sino que su suegro, uno de los represores, la arrancó a su madre que luego "desapareció" bajo las balas.
"Después de esa larga conversación, Dolores implacable, y tan queriéndolo al mismo tiempo: Y que si no es, como creés, mejor, pero entonces ¿por qué no lo dio en adopción? Y qué vas a hacer si te enterás de que es hija de desaparecidos, no vas a poder vivir con eso. Te das cuenta de lo que significa para Luz, privarla de su identidad, de su historia y de la historia de los padres, tratada como una cosa. Vos mismo lo dijiste cuando hablabas de tu suegro, me impresionó: "Qué se cree, que se le rompió una muñeca, le traigo otra para que no llore". Un objeto más del saqueo.
Basta, basta. Te tapas la cabeza con la almohada y entonces sí dejas salir ese llanto que hace años tienes estrangulado".
Hay veces en que una buena noticia trae evocaciones amargas.
15/06/2005 11:42 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
16/06/2005
Mentiras
Como con mis compañeros en un restaurante japonés que regentan los padres de una de nuestras alumnas. Se llama Jing y un día del año pasado me regaló una rosa artesanal de madera. Ese mismo día murió mi madre y la rosa fue una de las últimas cosas que vieron sus ojos antes de cerrarse para siempre.
No sabemos qué es lo último que vamos a mirar. Me preguntó qué elegiríamos si pudiéramos hacerlo.
El restaurante está enfrente del antiguo lugar de trabajo de mi padre. Cuando era pequeña, muchas tardes íbamos mi madre y yo a buscarlo, y volvíamos paseando y jugando por el parque. Nadie podía imaginar que tantos años después, una rosa de madera venida desde China y desde esa misma calle iba a llegar a nuestra casa casi a la vez que se iba a ir mi madre.
No sabemos nada de nada.
Por la noche intento ver una de esas horrendas series televisivas. Tengo voluntad pero no lo consigo: este fin de semana me han presentado a uno de los actores, que es hijo de un conocido poeta y que ha escrito una novela juvenil y sentía curiosidad; pero no resisto más de un cuarto de hora. Decido poner el DVD de SANSÓN Y DALILA, y veo-escucho por enésima vez la escena de la seducción: nadie ha mentido más y mejor en un escenario como Dalila cuando le dice a Sansón "Réponds à ma tendresse! Verse-moi l´ivresse". Me acuerdo de que esta tarde, Cristina hablaba de la película JOHNNY GUITAR cuando ella le dice a él: "Miénteme, dime que me quieres". Dalila habla de "tendresse", "ivresse" y "caresse". Riman en francés estas palabras seductoras con "faiblesse", que es lo que le pasa a Sansón. Yo querría también meterlas en el mismo saco.
Y pienso en todas las veces en que necesitamos y deseamos mentiras para sobrevivir, mentiras de "tendresse", de "ivresse" y de "caresse". Y, ¿por qué no?, de "faiblesse".
No sabemos qué es lo último que vamos a mirar. Me preguntó qué elegiríamos si pudiéramos hacerlo.
El restaurante está enfrente del antiguo lugar de trabajo de mi padre. Cuando era pequeña, muchas tardes íbamos mi madre y yo a buscarlo, y volvíamos paseando y jugando por el parque. Nadie podía imaginar que tantos años después, una rosa de madera venida desde China y desde esa misma calle iba a llegar a nuestra casa casi a la vez que se iba a ir mi madre.
No sabemos nada de nada.
Por la noche intento ver una de esas horrendas series televisivas. Tengo voluntad pero no lo consigo: este fin de semana me han presentado a uno de los actores, que es hijo de un conocido poeta y que ha escrito una novela juvenil y sentía curiosidad; pero no resisto más de un cuarto de hora. Decido poner el DVD de SANSÓN Y DALILA, y veo-escucho por enésima vez la escena de la seducción: nadie ha mentido más y mejor en un escenario como Dalila cuando le dice a Sansón "Réponds à ma tendresse! Verse-moi l´ivresse". Me acuerdo de que esta tarde, Cristina hablaba de la película JOHNNY GUITAR cuando ella le dice a él: "Miénteme, dime que me quieres". Dalila habla de "tendresse", "ivresse" y "caresse". Riman en francés estas palabras seductoras con "faiblesse", que es lo que le pasa a Sansón. Yo querría también meterlas en el mismo saco.
Y pienso en todas las veces en que necesitamos y deseamos mentiras para sobrevivir, mentiras de "tendresse", de "ivresse" y de "caresse". Y, ¿por qué no?, de "faiblesse".
16/06/2005 11:25 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.
El título que se me ocurre no es políticamente correcto
El ínclito Gobierno de Aragón me envía, como el año pasado, las convocatorias de los premios literarios que promueve.
Ahí está el Premio de las Letras Aragonesas que todos conocemos.
Y ahí están tres premios más de los que copio la primera y fundamental base:
1.- Premio Miguel Labordeta, dedicado a reconocer una obra de creación poética en castellano.
Pienso que es estupendo que exista este premio (y esto lo añado yo, no lo dice el papel)
2.- Premio Arnal Cavero, dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc), escrita en cualquiera de las modalidades del aragonés.
Pienso que es estupendo que exista este premio.
3.- Premio Guillem Nicolau, dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc.) escrita en cualquiera de las modalidades del catalán hablado en Aragón, de autores aragoneses o relacionados con Aragón.
Pienso que es estupendo que exista este premio.
4.- No hay cuatro. Debe de ser que se han olvidado de meter en mi sobre la convocatoria de un premio dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc.), escrita en castellano. El año pasado ocurrió lo mismo, y me llené de asombro y estupefacción. Hoy me he llenado todavía más, si cabe. O a lo mejor lo que ocurre es que no se les ha olvidado meter el papel en mi misiva, sino que se les ha olvidado convocarlo. O a lo mejor es que en algún momento se acordó que un premio tal no iba a existir, y yo no me había enterado. Porque, claro, es que soy tan despistada...
Y debo de ser un bicho raro por pensar que lo lógico en una comunidad autónoma en la que se habla, mayoritariamente, el castellano, sea que se convoque también un premio literario en esa lengua. A lo mejor decir esto no es suficientemente progresista, ni suficientemente políticamente correcto, ni suficientemente intelectual, ni qué sé yo que otras cosas más. Me da absolutamente igual. Será que soy un ente raro venido de lejanas nebulosas.
Sí, será eso, que no entiendo nada de nada.
Ahí está el Premio de las Letras Aragonesas que todos conocemos.
Y ahí están tres premios más de los que copio la primera y fundamental base:
1.- Premio Miguel Labordeta, dedicado a reconocer una obra de creación poética en castellano.
Pienso que es estupendo que exista este premio (y esto lo añado yo, no lo dice el papel)
2.- Premio Arnal Cavero, dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc), escrita en cualquiera de las modalidades del aragonés.
Pienso que es estupendo que exista este premio.
3.- Premio Guillem Nicolau, dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc.) escrita en cualquiera de las modalidades del catalán hablado en Aragón, de autores aragoneses o relacionados con Aragón.
Pienso que es estupendo que exista este premio.
4.- No hay cuatro. Debe de ser que se han olvidado de meter en mi sobre la convocatoria de un premio dedicado a reconocer una obra de creación literaria en cualquier género (narrativa, poesía, teatro, ensayo, traducción, etc.), escrita en castellano. El año pasado ocurrió lo mismo, y me llené de asombro y estupefacción. Hoy me he llenado todavía más, si cabe. O a lo mejor lo que ocurre es que no se les ha olvidado meter el papel en mi misiva, sino que se les ha olvidado convocarlo. O a lo mejor es que en algún momento se acordó que un premio tal no iba a existir, y yo no me había enterado. Porque, claro, es que soy tan despistada...
Y debo de ser un bicho raro por pensar que lo lógico en una comunidad autónoma en la que se habla, mayoritariamente, el castellano, sea que se convoque también un premio literario en esa lengua. A lo mejor decir esto no es suficientemente progresista, ni suficientemente políticamente correcto, ni suficientemente intelectual, ni qué sé yo que otras cosas más. Me da absolutamente igual. Será que soy un ente raro venido de lejanas nebulosas.
Sí, será eso, que no entiendo nada de nada.
16/06/2005 13:42 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
17/06/2005
De tragedias y comedias
Ayer vi NO SOS VOS, SOY YO, una película argentina con Diego Peretti, un actor lleno de encanto. La cinta está plagada de indecisiones y de no saber qué hacer uno con la vida; todo en una clave simpática que provoca la sonrisa y a veces hasta la carcajada. Una pareja se separa por motivos laborales pero enseguida la mujer lo llama para decirle que no viaje a reunirse con ella, que lo deja. Eso cuando él ha abandonado piso, trabajo, y está en el coche con todas sus cosas camino del aeropuerto. Al menos la chica se lo dice antes y él no tiene que montar en el avión ni encontrarse cara a cara con una cara que ya no lo quiere.
Me acordé de cuando a mí me pasó algo parecido hace años, sólo que la otra persona no me lo dijo antes, sino que esperó a que yo hiciera un viaje de cientos de kilómetros y a que metiera un montón de patas. Sería imbécil. Él, no yo. Yo me metí a redentora y acabé crucificada. Los hombres que ejercen de víctimas son peligrosos. Además, como le dice el psicoanalista al protagonista de la película: "Ha caducado la impunidad de la víctima".
Con el tiempo se aprende a desdramatizar las situaciones amorosas. Creo que esa es la clave de muchos secretos. Como le dice Marcello a Mimí en LA BOHÈME, el amor ha de estar hecho de risas y alegría, si no no vale. Las tragedias griegas hay que dejarlas para el teatro, y para esas cosas de la vida, aciagas, a las que no te puedes sustraer. Pero a casi todo lo demás conviene quitarle el tinte melodramático. Casi nada es tan importante como para representar una tragedia con ello.
La mayoría de las hojas que componen el árbol de la vida se mueven con el viento, que las hace danzar en clave de comedia. Suficiente tragedia es ya el tronco, sus ramas y sus raíces. Cuando te las arrancan es cuando te arrancan tu columna vertebral. Pero, ¿las hojas? Las hojas, después de su danza, caen agotadas al río, y desde allí van al mar, y se acaban convirtiendo en lluvia que vuelve a regar el árbol.
Me acordé de cuando a mí me pasó algo parecido hace años, sólo que la otra persona no me lo dijo antes, sino que esperó a que yo hiciera un viaje de cientos de kilómetros y a que metiera un montón de patas. Sería imbécil. Él, no yo. Yo me metí a redentora y acabé crucificada. Los hombres que ejercen de víctimas son peligrosos. Además, como le dice el psicoanalista al protagonista de la película: "Ha caducado la impunidad de la víctima".
Con el tiempo se aprende a desdramatizar las situaciones amorosas. Creo que esa es la clave de muchos secretos. Como le dice Marcello a Mimí en LA BOHÈME, el amor ha de estar hecho de risas y alegría, si no no vale. Las tragedias griegas hay que dejarlas para el teatro, y para esas cosas de la vida, aciagas, a las que no te puedes sustraer. Pero a casi todo lo demás conviene quitarle el tinte melodramático. Casi nada es tan importante como para representar una tragedia con ello.
La mayoría de las hojas que componen el árbol de la vida se mueven con el viento, que las hace danzar en clave de comedia. Suficiente tragedia es ya el tronco, sus ramas y sus raíces. Cuando te las arrancan es cuando te arrancan tu columna vertebral. Pero, ¿las hojas? Las hojas, después de su danza, caen agotadas al río, y desde allí van al mar, y se acaban convirtiendo en lluvia que vuelve a regar el árbol.
17/06/2005 11:10 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
20/06/2005
Santoña
Damos un paseo por Berria antes de comer. El calor aprieta y la playa está llena. Junto a la orilla la brisa nos toca con frescura. Estamos Mercedes, Carmen, Maribel y yo. Cuatro mujeres medio vestidas que contrastamos con los biquinis y calzones de los bañistas. Llevamos los zapatos colgados de la mano y dejamos que el agua nos moje los pies, y las rodillas. El mar suena siempre embravecido en Berria. Nos sentamos en las rocas cercanas al cementerio; en ese momento entra un mensaje en mi móvil que me pregunta ¿cómo es el mar?. Le contesto que hoy está lleno de colores y que lo disfruto con cada sentido: lo escucho, lo miro, lo huelo, mis labios saben a la sal que me trae el viento, y me toca, llega hasta mí y me moja con su mano húmeda. El mar es siempre el mismo pero siempre es distinto, igual que nosotros, "los de entonces, [que] ya no somos los mismos". Me gusta mirar las olas cuando se hacen pequeñas, y oír sus diferentes sonidos hasta que se hace el silencio durante un instante y vuelve el rugido; y me parece que es como el león que se convierte en ratón en "El gato con botas".
Detrás del cementerio está el penal. Nadie aquí lo llama cárcel, ni prisión, es el penal. Aquí se suicidó aquel yerno de los marqueses de Urquijo; y aquí estuvo el poeta José Hierro. Dio una lectura de sus poemas una vez en mi instituto de Alcalá, y su voz nos sumergió en sus versos:" sin palabras, amigo, tendría que ser sin palabras como tú me entendieras". Hace pocos meses conocí en casa de María José a la cantautora cántabra Inés Fonseca que ha musicado poemas de Hierro, quien le regaló las pinturas que ilustran su libro-disco. Yo guardo dos libros de Pepe Hierro con los dibujos con que acompañaba sus dedicatorias. Sigue siendo uno de mis tesoros.
Comemos en casa de María José. Era la cantinera de mi instituto en Santoña y ha sido cocinera en París, como la Babette del festín de Karen Blixen. Casualmente, estoy leyendo UN ENCARGO DIFÍCIL de Pedro Zarraluki: una de las protagonistas es una cantinera en la isla de Cabrera que ofrece Champán de la Veuve Cliquot. Santoña es casi una isla y yo sólo he bebido ese champán en casa de María José. Nada es una casualidad y recuerdo una noche en su casa en la que leímos en voz alta EL FESTÍN DE BABETTE después de cenar.Los platos que prepara son piezas de arte y comértelos es comer un cuadro de colores y de sensaciones; es como saborear las estrellas. María José no es una incendiaria como Babette, ni trabajó en el Café Anglais; paseó a perros en París, cuidó de una niña de ojos luminosos que se llamaba Juliette Binoche y que ahora es actriz, y alguna que otra vez cocinó para Alain Delon en casa de Marlene Jaubert. Ahora cocina para sus amigas y cada bocado es una fiesta en la boca. Somos seis mujeres y todas tenemos nombres que empiezan por M: Mari, de la que fui compañera durante mis dos años en el entonces instituto de FP, ahora llamado "Las Marismas"; Mercedes, que condujo ida y vuelta a Zaragoza un tórrido día del peor mes de agosto de mi vida para darme un abrazo que podía haberla contagiado la virulenta varicela que yo sufría; Maribel, la hermana del pintor Pedro Sanjurjo, cuya casa huele a limones, a verbenas, a frambuesas, como ella; Mari Carmen, con la que compartí canciones, largas charlas en la playa, y con la que tricoté jerseys de lana mientras escuchábamos a Jordi Savall y el Cancionero de Palacio; y María José, que cuando cocina se viste de blanco, nos sirve el vino come il faut, y nos quiere con cada gesto y con cada palabra.
Por la tarde, mi antigua coral, la PORTUS VICTORIAE tiene un concierto en Castro Urdiales. Voy a oírlos. Han cambiado de director y de repertorio. Cuando yo cantaba con ellos, nos dirigía Esteban Sanz Vélez, que ahora dirige al coro de ópera del Palacio de Festivales de Santander. Entonces cantábamos canciones renacentistas europeas,y fragmentos de misas de Tomás Luis de Victoria; ahora cantan "Granada", "Eres tú", y "Cats", pero tienen más público. Echo de menos a Luis, a Isidoro y a Isabel, que ya no están. Y recuerdo que aprendimos "Ay, linda amiga" el mismo día en que murió mi amiga Concha; y que Isabel pidió que se la cantasen en su funeral: lo hicieron tanto como les dejó el nudo que se les puso a todos en la garganta. Yo me enteré tarde, como casi siempre, y no le pude cantar.
Me voy de Santoña con la sensación otra vez de que siempre me estoy marchando. Cada vez que vengo me pregunto por qué me fui; y me arrepiento; luego se me pasa. Pero ahí está este ir y venir constante, esta necesidad de volver, de no estar demasiado tiempo en ningún lugar.
Y me pregunto cuál es el significado exacto de volver. Volver, ¿a qué?, ¿a quién?, ¿a quiénes?
Y también pienso como el general Lowenheilm de EL FESTÍN DE BABETTE, después de la exquisita, inesperada y sofisticada cena francesa con Veuve Cliquot en una sobria casa de un pueblo del norte agreste y gélido de Noruega: "En este mundo tan hermoso, todo es posible".
También volver.
Detrás del cementerio está el penal. Nadie aquí lo llama cárcel, ni prisión, es el penal. Aquí se suicidó aquel yerno de los marqueses de Urquijo; y aquí estuvo el poeta José Hierro. Dio una lectura de sus poemas una vez en mi instituto de Alcalá, y su voz nos sumergió en sus versos:" sin palabras, amigo, tendría que ser sin palabras como tú me entendieras". Hace pocos meses conocí en casa de María José a la cantautora cántabra Inés Fonseca que ha musicado poemas de Hierro, quien le regaló las pinturas que ilustran su libro-disco. Yo guardo dos libros de Pepe Hierro con los dibujos con que acompañaba sus dedicatorias. Sigue siendo uno de mis tesoros.
Comemos en casa de María José. Era la cantinera de mi instituto en Santoña y ha sido cocinera en París, como la Babette del festín de Karen Blixen. Casualmente, estoy leyendo UN ENCARGO DIFÍCIL de Pedro Zarraluki: una de las protagonistas es una cantinera en la isla de Cabrera que ofrece Champán de la Veuve Cliquot. Santoña es casi una isla y yo sólo he bebido ese champán en casa de María José. Nada es una casualidad y recuerdo una noche en su casa en la que leímos en voz alta EL FESTÍN DE BABETTE después de cenar.Los platos que prepara son piezas de arte y comértelos es comer un cuadro de colores y de sensaciones; es como saborear las estrellas. María José no es una incendiaria como Babette, ni trabajó en el Café Anglais; paseó a perros en París, cuidó de una niña de ojos luminosos que se llamaba Juliette Binoche y que ahora es actriz, y alguna que otra vez cocinó para Alain Delon en casa de Marlene Jaubert. Ahora cocina para sus amigas y cada bocado es una fiesta en la boca. Somos seis mujeres y todas tenemos nombres que empiezan por M: Mari, de la que fui compañera durante mis dos años en el entonces instituto de FP, ahora llamado "Las Marismas"; Mercedes, que condujo ida y vuelta a Zaragoza un tórrido día del peor mes de agosto de mi vida para darme un abrazo que podía haberla contagiado la virulenta varicela que yo sufría; Maribel, la hermana del pintor Pedro Sanjurjo, cuya casa huele a limones, a verbenas, a frambuesas, como ella; Mari Carmen, con la que compartí canciones, largas charlas en la playa, y con la que tricoté jerseys de lana mientras escuchábamos a Jordi Savall y el Cancionero de Palacio; y María José, que cuando cocina se viste de blanco, nos sirve el vino come il faut, y nos quiere con cada gesto y con cada palabra.
Por la tarde, mi antigua coral, la PORTUS VICTORIAE tiene un concierto en Castro Urdiales. Voy a oírlos. Han cambiado de director y de repertorio. Cuando yo cantaba con ellos, nos dirigía Esteban Sanz Vélez, que ahora dirige al coro de ópera del Palacio de Festivales de Santander. Entonces cantábamos canciones renacentistas europeas,y fragmentos de misas de Tomás Luis de Victoria; ahora cantan "Granada", "Eres tú", y "Cats", pero tienen más público. Echo de menos a Luis, a Isidoro y a Isabel, que ya no están. Y recuerdo que aprendimos "Ay, linda amiga" el mismo día en que murió mi amiga Concha; y que Isabel pidió que se la cantasen en su funeral: lo hicieron tanto como les dejó el nudo que se les puso a todos en la garganta. Yo me enteré tarde, como casi siempre, y no le pude cantar.
Me voy de Santoña con la sensación otra vez de que siempre me estoy marchando. Cada vez que vengo me pregunto por qué me fui; y me arrepiento; luego se me pasa. Pero ahí está este ir y venir constante, esta necesidad de volver, de no estar demasiado tiempo en ningún lugar.
Y me pregunto cuál es el significado exacto de volver. Volver, ¿a qué?, ¿a quién?, ¿a quiénes?
Y también pienso como el general Lowenheilm de EL FESTÍN DE BABETTE, después de la exquisita, inesperada y sofisticada cena francesa con Veuve Cliquot en una sobria casa de un pueblo del norte agreste y gélido de Noruega: "En este mundo tan hermoso, todo es posible".
También volver.
20/06/2005 10:19 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
21/06/2005
Olas
Las olas que se diluyen en el mar son como las palabras que no se dicen: nunca llegan a la orilla y están hechas de silencios.
Son los silencios los que crean las palabras, las melodías, y las olas: siempre hay un silencio entre una ola y la siguiente.
Ese instante de silencio entre dos olas.
Son los silencios los que crean las palabras, las melodías, y las olas: siempre hay un silencio entre una ola y la siguiente.
Ese instante de silencio entre dos olas.
21/06/2005 08:56 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
22/06/2005
Ventanas
Ventanas frente al mar, frente a la vida. Ortega y Gasset meditaba sobre el marco que perfila la realidad del cuadro; Mallarmée escribió un poema sobre las ventanas: un enfermo veía el color y la luz al otro lado, y era una esperanza hipócrita y contagiosa que contrastaba con su estado febril y transitorio a este lado de la ventana.
Las ventanas tienen eso: que muestran lo que hay al otro lado, lo que no siempre podemos alcanzar. Las ventanas tienen mucho de cuadro, y los cuadros tienen mucho de ventanas, o de sustitutos de ventanas. Recuerdo cuando vivía en Teruel, en la Residencia, y tuve que compartir módulo con una profesora de arte que se negó a que colgáramos cuadros en las paredes; decía que las ventanas abiertas al jardín ya eran suficiente decoración. Mis casas siempre han tenido las paredes cubiertas de cuadros. Supongo que es un caso de horror vacui, ese miedo al vacío que en el fondo es el miedo a estar solo con uno mismo, o una necesidad de ventanas, aunque sean de frágil papel. Ahora, me gusta mirar mi cuadro de Pedro Sanjurjo, una playa con restos de naufragio que son caracolas desde las que se escucha tal vez la atracción del abismo. O la foto que me regaló Juanjo, en la que una planta se mece al sol y al viento del océano canario. Son ventanas al mar. Si fueran espejos, Alicia se metería dentro y vería el mundo al revés; pero están hechas de papel y ni siquiera tu reflejo se puede introducir en ellas. Las miras pero no te asomas a sus aguas, que no te ahogan pero que tampoco te acarician.
Paso un pequeño rato, siempre demasiado corto, con Carmen, que ha venido desde Alcañiz. Nuestros encuentros ahora son fugaces, en la sala de visitas del dentista o a la espera de algún autobús. Vivimos juntas un par de años en Teruel; allí comenzamos ambas a dar clase y compartimos los mismos alumnos (algunos siguen haciendo magia). Recuerdo muchas tardes confeccionando manualmente aquella revista del instituto llamada "Chobenalla", de la que aún guardo algún dibujo original; recuerdo los días en la Residencia, y las noches de largas conversaciones escuchando viejas cintas de música que también eran ventanas, y veladas cantando "Alfonsina y el mar", guitarra en mano. Recuerdo tantas y tantas confidencias de sueños que resultaron imposibles, y de otros que se convirtieron en pesadillas. Ayer hablábamos del tiempo que pasa y de las eventualidades de haber nacido antes o después. Pero es que, Carmen, es el tiempo el que determina lo que somos. Nada habría sido igual, antes o después.
Ni siquiera todas las ventanas que cerramos cada año, cada día, aunque nos gustaría abrirlas de par en par.
Las ventanas tienen eso: que muestran lo que hay al otro lado, lo que no siempre podemos alcanzar. Las ventanas tienen mucho de cuadro, y los cuadros tienen mucho de ventanas, o de sustitutos de ventanas. Recuerdo cuando vivía en Teruel, en la Residencia, y tuve que compartir módulo con una profesora de arte que se negó a que colgáramos cuadros en las paredes; decía que las ventanas abiertas al jardín ya eran suficiente decoración. Mis casas siempre han tenido las paredes cubiertas de cuadros. Supongo que es un caso de horror vacui, ese miedo al vacío que en el fondo es el miedo a estar solo con uno mismo, o una necesidad de ventanas, aunque sean de frágil papel. Ahora, me gusta mirar mi cuadro de Pedro Sanjurjo, una playa con restos de naufragio que son caracolas desde las que se escucha tal vez la atracción del abismo. O la foto que me regaló Juanjo, en la que una planta se mece al sol y al viento del océano canario. Son ventanas al mar. Si fueran espejos, Alicia se metería dentro y vería el mundo al revés; pero están hechas de papel y ni siquiera tu reflejo se puede introducir en ellas. Las miras pero no te asomas a sus aguas, que no te ahogan pero que tampoco te acarician.
Paso un pequeño rato, siempre demasiado corto, con Carmen, que ha venido desde Alcañiz. Nuestros encuentros ahora son fugaces, en la sala de visitas del dentista o a la espera de algún autobús. Vivimos juntas un par de años en Teruel; allí comenzamos ambas a dar clase y compartimos los mismos alumnos (algunos siguen haciendo magia). Recuerdo muchas tardes confeccionando manualmente aquella revista del instituto llamada "Chobenalla", de la que aún guardo algún dibujo original; recuerdo los días en la Residencia, y las noches de largas conversaciones escuchando viejas cintas de música que también eran ventanas, y veladas cantando "Alfonsina y el mar", guitarra en mano. Recuerdo tantas y tantas confidencias de sueños que resultaron imposibles, y de otros que se convirtieron en pesadillas. Ayer hablábamos del tiempo que pasa y de las eventualidades de haber nacido antes o después. Pero es que, Carmen, es el tiempo el que determina lo que somos. Nada habría sido igual, antes o después.
Ni siquiera todas las ventanas que cerramos cada año, cada día, aunque nos gustaría abrirlas de par en par.
22/06/2005 10:32 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
23/06/2005
Antes
Llego a casa antes de hora, veo la tele mientras como. El cocinero prepara su comida delante de una playa que me parece la Concha de San Sebastián.
Antes, a San Sebastián sólo iban a pasar los veranos dos tipos de personas: los ricos y los criados de los ricos. Mi abuela fue varias veces. La primera, con quince años, allá por 1914, estuvo a cargo de siete niños, el mayor de doce años y el pequeño de pocos mese. Estando allí, estalló la Gran Guerra y tuvieron que dejar de cruzar la frontera francesa para merendar chocolate. En la playa veía a la sobria reina María Cristina, la regente, y a un jovencísimo Alfonso XIII. Mi abuela era niñera, ahora sería una canguro; entonces la palabra canguro se utilizaba para nombrar a cierto animal marsupial australiano que lleva a sus crías en una bolsa anexa al vientre llamada marsupia. No sé si los habéis visto en la tele, andan dando pequeños saltitos. Tenía que lavar a los niños y a toda su ropa, y plancharla, y pasar todo el día con ellos. Un día, estaba tan cansada que se quedó dormida en un banco del paseo con el más pequeño en los brazos. Una señora que pasaba por su lado la despertó y evitó que el bebé fuera a parar al suelo. Mi abuela decidió que nunca tendría más hijos. Cambió de idea cuando conoció a mi abuelo.
Volvió a San Sebastián con él. Antes de la República mi abuelo era chófer particular de una familia muy fina de Zaragoza que también veraneaba en San Sebastián. Mi abuela lo acompañaba y ayudaba a las doncellas y a la cocinera. Allí aprendió a tejer en sus ratos libres; lustros más adelante nos haría esos peducos con los que todavía duermo en invierno, y muchas cosas más. Alguna vez vio en la playa a la reina Victoria Eugenia, poco antes de marchar al exilio.
Alguna mañana mi abuelo se encontraba en el lancia objetos femeninos que no eran de la señora, y que el señor le dejó quedarse porque no podía devolverlos a sus dueñas: por eso en mi cuarto de baño hay una lima de uñas con el mango de plata repujada, y una polvera art decó de Coty. No es la que diseñó Lalique para esa firma de cosméticos, pero a mí me gusta mucho, porque pasó de las manos de alguna corista vestida con lentejuelas a las de mi abuela, que no se puso un traje de baño en toda su vida.
Antes, a San Sebastián sólo iban a pasar los veranos dos tipos de personas: los ricos y los criados de los ricos. Mi abuela fue varias veces. La primera, con quince años, allá por 1914, estuvo a cargo de siete niños, el mayor de doce años y el pequeño de pocos mese. Estando allí, estalló la Gran Guerra y tuvieron que dejar de cruzar la frontera francesa para merendar chocolate. En la playa veía a la sobria reina María Cristina, la regente, y a un jovencísimo Alfonso XIII. Mi abuela era niñera, ahora sería una canguro; entonces la palabra canguro se utilizaba para nombrar a cierto animal marsupial australiano que lleva a sus crías en una bolsa anexa al vientre llamada marsupia. No sé si los habéis visto en la tele, andan dando pequeños saltitos. Tenía que lavar a los niños y a toda su ropa, y plancharla, y pasar todo el día con ellos. Un día, estaba tan cansada que se quedó dormida en un banco del paseo con el más pequeño en los brazos. Una señora que pasaba por su lado la despertó y evitó que el bebé fuera a parar al suelo. Mi abuela decidió que nunca tendría más hijos. Cambió de idea cuando conoció a mi abuelo.
Volvió a San Sebastián con él. Antes de la República mi abuelo era chófer particular de una familia muy fina de Zaragoza que también veraneaba en San Sebastián. Mi abuela lo acompañaba y ayudaba a las doncellas y a la cocinera. Allí aprendió a tejer en sus ratos libres; lustros más adelante nos haría esos peducos con los que todavía duermo en invierno, y muchas cosas más. Alguna vez vio en la playa a la reina Victoria Eugenia, poco antes de marchar al exilio.
Alguna mañana mi abuelo se encontraba en el lancia objetos femeninos que no eran de la señora, y que el señor le dejó quedarse porque no podía devolverlos a sus dueñas: por eso en mi cuarto de baño hay una lima de uñas con el mango de plata repujada, y una polvera art decó de Coty. No es la que diseñó Lalique para esa firma de cosméticos, pero a mí me gusta mucho, porque pasó de las manos de alguna corista vestida con lentejuelas a las de mi abuela, que no se puso un traje de baño en toda su vida.
23/06/2005 08:43 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.
27/06/2005
Italia
Volver a Italia siempre es regresar. Decía el poeta Rilke que la verdadera patria es la infancia; por eso cuando vuelvo es como si regresara a ese terreno, no del todo perdido. Mi primer viaje allá lo hice con dos años y medio y de ahí vienen mis primeros recuerdos: un largo viaje en un largo tren, de aquellos de compartimentos con las ventanillas abiertas por las que se metía una carbonilla que impregnaba la piel y la ropa; un día entero en la frontera francesa para esperar otro tren que llevaba hasta Italia; la primera vez que vi el mar, una playa con piedras de colores que aún guardo en alguna caja del armario de mi abuela; las luces de un país en los acantilados, un palacio en Montecarlo con las ventanas iluminadas donde vivía una princesa de ojos claros que un día fue un cisne. Y por fin Génova, verdes colinas en las que cuelgan casas rosadas y ocres con las persianas verdes; entonces no sabía que había una ópera de Verdi que se llama SIMÓN BOCANEGRA y que transcurre en la ciudad; una ópera que yo vería muchos años después interpretada por Carlo Güelfi, tan imponente, tan poderoso, tan cálido. Y otra lengua en la que casi empecé a hablar, otros sonidos, otras palabras, tal vez otros silencios. Y mis amigas con las que podía jugar en la playa. Recuerdo mi traje de baño verde con fruncidos de nido de abeja, y las minifaldas de la españolita, como me llamaban. Y un día en el mar en el Bianca y Nunzia me escondían los juguetes. Eran más mayores que yo pero jugaban conmigo, que era un renacuajo de ojos grandes. Giacomo todavía no existía.
Este fin de semana se ha casado con Stefania en el sur. Y Nunzia y yo hemos vuelto al mar con los niños, que no han parado de jugar en el agua. GianLucca con sus gafas de buceo, María Letizia y María Cristina convertidas en sirenas. Después hemos ido a Paestum a ver los templos griegos. Allí estuvieron en sus periplos los viajeros del Grand Tour del XVIII y del XIX; por allí pasaron Goethe o Shelley. En el golfo de Nápoles y en la costiera amalfitana vivió Ibsen, que escribió PEER GYNT en Ischia y SOMBRAS en Sorrento; y Wagner que en la villa Rufolo de Ravello compuso una parte de PARSIFAL: los jardines de la villa le inspiraron el paraíso infernal de Klingsor. Aunque a mí me gusta más la villa Cimbrone, que tiene una terraza en pleno acantilado, bordeada de estatuas romanas, y llena de rincones escondidos a los que el viento trae la presencia de las rosas en medio del mar.
Hemos llegado a Paestum tarde, pero el guarda nos ha dejado entrar a hacer algunas fotos y hemos estado un rato contemplando los templos. Era la hora del tramonto (ya sé que es una palabra italiana pero me gusta más que atardecer) y las piedras ocres recibían el reflejo dorado y parecían volver a su esplendor de otros tiempos. Los templos están orientados hacia la salida y hacia la puesta del sol, y en este momento miran como la estrella está a punto de esconderse debajo del mar. María Letizia y María Cristina se suben sobre las ruinas y juegan a ser diosas de la antigüedad. Hablamos de la manzana de Paris, Letizia decide que ella es Afrodita, y Cristina se queda con Atenea. Se podrían intercambiar los papeles, ambas bellísimas, cariñosas e inteligentes. Son las hijas de mis amigas y las quiero. El sol se concentra en ellas y las baña de luz. Están preciosas.
Por la noche, en la habitación de Bianca recordamos el verano en que se casó con Piero. Entonces, en Nervi Nunzia y yo cantábamos aquellas canciones italianas de los sesenta y los ochenta: Baglioli, Celentano, Cocciante, di Bari... Pero sobre todo cantábamos IL MONDO, y MARGARITA, de Ricardo Cocciante. Entonces Vittorio tocaba su guitarra de doce cuerdas. Nunca he cantado más y mejor que con Vittorio: hacíamos dos voces en cada canción, sobre todo con MARGARITA, sentados en algún banco de la "paseggiata" de Nervi, frente al mar, por la noche. Hay personas que pasan por tu vida y le dejan un regalo a tu memoria, aunque nunca lleguen a saberlo. Cuando veníamos en coche hacia el aeropuerto de Nápoles, Franco ha puesto la radio, y de entre todas las emisoras italianas, y de entre todas las canciones de la historia de la humanidad, estaba sonando MARGARITA. Alguien ha hecho magia.
En el aeropuerto de Madrid ha vuelto la magia inesperada. Los magnolios siguen en flor en los jardines de Sabatini, y en la Plaza de Oriente, donde tomamos una leche merengada con mucha canela. Desde arriba el palmeral parece más pequeño y se ven algunas hojas secas. Vuelvo a Zaragoza llena de sol, de mar, de canciones, de sonrisas infantiles, de lágrimas, de despedidas. Y pienso otra vez que siempre me estoy despidiendo y que siempre me acabo marchando de todos los sitios.
Y me marcho, y vuelvo, y regreso llena de palabras.
Y llena también de silencios.
NOTA:
Esta tarde en "Ámbito cultural" de El Corte Inglés (de Zaragoza), Pilar Palomero presenta su primer cortometraje, titulado SONRISAS. Es a las siete y media y esta chica promete.
Este fin de semana se ha casado con Stefania en el sur. Y Nunzia y yo hemos vuelto al mar con los niños, que no han parado de jugar en el agua. GianLucca con sus gafas de buceo, María Letizia y María Cristina convertidas en sirenas. Después hemos ido a Paestum a ver los templos griegos. Allí estuvieron en sus periplos los viajeros del Grand Tour del XVIII y del XIX; por allí pasaron Goethe o Shelley. En el golfo de Nápoles y en la costiera amalfitana vivió Ibsen, que escribió PEER GYNT en Ischia y SOMBRAS en Sorrento; y Wagner que en la villa Rufolo de Ravello compuso una parte de PARSIFAL: los jardines de la villa le inspiraron el paraíso infernal de Klingsor. Aunque a mí me gusta más la villa Cimbrone, que tiene una terraza en pleno acantilado, bordeada de estatuas romanas, y llena de rincones escondidos a los que el viento trae la presencia de las rosas en medio del mar.
Hemos llegado a Paestum tarde, pero el guarda nos ha dejado entrar a hacer algunas fotos y hemos estado un rato contemplando los templos. Era la hora del tramonto (ya sé que es una palabra italiana pero me gusta más que atardecer) y las piedras ocres recibían el reflejo dorado y parecían volver a su esplendor de otros tiempos. Los templos están orientados hacia la salida y hacia la puesta del sol, y en este momento miran como la estrella está a punto de esconderse debajo del mar. María Letizia y María Cristina se suben sobre las ruinas y juegan a ser diosas de la antigüedad. Hablamos de la manzana de Paris, Letizia decide que ella es Afrodita, y Cristina se queda con Atenea. Se podrían intercambiar los papeles, ambas bellísimas, cariñosas e inteligentes. Son las hijas de mis amigas y las quiero. El sol se concentra en ellas y las baña de luz. Están preciosas.
Por la noche, en la habitación de Bianca recordamos el verano en que se casó con Piero. Entonces, en Nervi Nunzia y yo cantábamos aquellas canciones italianas de los sesenta y los ochenta: Baglioli, Celentano, Cocciante, di Bari... Pero sobre todo cantábamos IL MONDO, y MARGARITA, de Ricardo Cocciante. Entonces Vittorio tocaba su guitarra de doce cuerdas. Nunca he cantado más y mejor que con Vittorio: hacíamos dos voces en cada canción, sobre todo con MARGARITA, sentados en algún banco de la "paseggiata" de Nervi, frente al mar, por la noche. Hay personas que pasan por tu vida y le dejan un regalo a tu memoria, aunque nunca lleguen a saberlo. Cuando veníamos en coche hacia el aeropuerto de Nápoles, Franco ha puesto la radio, y de entre todas las emisoras italianas, y de entre todas las canciones de la historia de la humanidad, estaba sonando MARGARITA. Alguien ha hecho magia.
En el aeropuerto de Madrid ha vuelto la magia inesperada. Los magnolios siguen en flor en los jardines de Sabatini, y en la Plaza de Oriente, donde tomamos una leche merengada con mucha canela. Desde arriba el palmeral parece más pequeño y se ven algunas hojas secas. Vuelvo a Zaragoza llena de sol, de mar, de canciones, de sonrisas infantiles, de lágrimas, de despedidas. Y pienso otra vez que siempre me estoy despidiendo y que siempre me acabo marchando de todos los sitios.
Y me marcho, y vuelvo, y regreso llena de palabras.
Y llena también de silencios.
NOTA:
Esta tarde en "Ámbito cultural" de El Corte Inglés (de Zaragoza), Pilar Palomero presenta su primer cortometraje, titulado SONRISAS. Es a las siete y media y esta chica promete.
27/06/2005 14:06 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
28/06/2005
Una obra de arte de nueve minutos
Una grieta en la pared después de una tormenta puede acercar dos mundos que estaban condenados a vivir de espaldas. Eso es lo que ocurre en el cortometraje SONRISAS, de Pilar Palomero, que presentó ayer Cristina de Prado en Zaragoza. Un joven inmigrante de algún país del este y una mujer separada con dos hijas viven sus soledades a cada lado de la pared en la que se abre la grieta.
El corto es al cine lo que el relato breve es a la literatura. Es un género de pequeño formato pero no menor. Hay que contar una historia con pocas imágenes y con pocas palabras. Y eso es lo que hace Pilar Palomero de una manera magistral. Es su "opera prima" pero parece una obra de madurez. Y eso en todos sus aspectos: la idea de la que parte es en sí misma atractiva, con esas reminiscencias de la fábula mitológica de Píramo y Tisbe; los puntos de vista de la cámara, a la vez narradora y descriptiva; la dirección magnífica de los actores; la música de Andrés Acebes compuesta expresamente y que la realizadora ensambla creando una coreografía total. Pilar Palomero sabe lo que hace y ha creado un filme breve, conciso, espléndido, en el que las palabras y los silencios se funden en ese acto de comunicación que propicia la grieta. Una obra de arte de nueve minutos.
Una joya que, además, nos enseña que de la catástrofe puede nacer la belleza, la bondad, las sonrisas.
El corto es al cine lo que el relato breve es a la literatura. Es un género de pequeño formato pero no menor. Hay que contar una historia con pocas imágenes y con pocas palabras. Y eso es lo que hace Pilar Palomero de una manera magistral. Es su "opera prima" pero parece una obra de madurez. Y eso en todos sus aspectos: la idea de la que parte es en sí misma atractiva, con esas reminiscencias de la fábula mitológica de Píramo y Tisbe; los puntos de vista de la cámara, a la vez narradora y descriptiva; la dirección magnífica de los actores; la música de Andrés Acebes compuesta expresamente y que la realizadora ensambla creando una coreografía total. Pilar Palomero sabe lo que hace y ha creado un filme breve, conciso, espléndido, en el que las palabras y los silencios se funden en ese acto de comunicación que propicia la grieta. Una obra de arte de nueve minutos.
Una joya que, además, nos enseña que de la catástrofe puede nacer la belleza, la bondad, las sonrisas.
28/06/2005 09:48 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
29/06/2005
Seducciones
Hay varios tipos de hombres seductores: Don Juan, que es un conquistador, coleccionista de los de aquí te pillo aquí te mato, que sólo busca añadir una mujer más a su lista, una mujer que no es sino un pañuelo de usar y tirar; Casanova, que era un ilustrado veneciano para el que la conquista se convierte en un alambicado juego rococó, de mentiras, por qué no, pero que seduce mediante la palabra y deja que la mujer entre en el juego y lo disfrute; y luego están los que procuran un sistema de acoso y derribo. Esos son, simplemente, imbéciles.
Me gusta sobre todo Casanova que, además, existió y vivió en Venecia, y se escapó de las mazmorras del Palacio Ducal y murió de bibliotecario en un castillo de Bohemia. Se dice que Giacomo Casanova se encontró una vez en Venecia a Lorenzo da Ponte, el libretista de Mozart, cuando escribía el texto de la ópera DON GIOVANNI. Según la leyenda, que recoge un espléndido relato de Michel Tournier, el seductor veneciano le habría sugerido al escritor italiano que evitase a su personaje el componente diabólico y oscuro y contrarreformista del don Juan de Tirso de Molina, y que le diese un toque más refinado, más amante de la alegría y de la libertad. Y efectivamente, así es el Don Giovanni mozartiano. A mí me gustaría ser Zerlina y que él me dijese eso de "Lá ci darem la mano, lá mi dirai di si..." Y seguro que le decía que sí antes de que llegase doña Elvira a fastidiar la escena.
Las mujeres, sólo faltaría, también seducen. Dice un compañero mío que algunas lo hacen con el vestido, y no siempre para seducir a un hombre en particular sino al género masculino indefinido. Otras mujeres seducen mediante la danza. Es el caso de Salomé, que consigue su objetivo a través de una erótica danza. Así es la Salomé de Oscar Wilde, que baila para poder besar la boca de Jokanaán, aunque sea en una cabeza cortada; la de los dibujos de Aubrey Bearsley que ilustró el libro del irlandés en sus primeras ediciones; la de los lienzos de Gustave Moureau, queu luego describió Huysmans en su decadente novela A CONTRAPELO.
Otras veces la danza es, simplemente, una maravillosa excusa para abrazar a alguien aunque sólo sean tres minutos.
Me gusta sobre todo Casanova que, además, existió y vivió en Venecia, y se escapó de las mazmorras del Palacio Ducal y murió de bibliotecario en un castillo de Bohemia. Se dice que Giacomo Casanova se encontró una vez en Venecia a Lorenzo da Ponte, el libretista de Mozart, cuando escribía el texto de la ópera DON GIOVANNI. Según la leyenda, que recoge un espléndido relato de Michel Tournier, el seductor veneciano le habría sugerido al escritor italiano que evitase a su personaje el componente diabólico y oscuro y contrarreformista del don Juan de Tirso de Molina, y que le diese un toque más refinado, más amante de la alegría y de la libertad. Y efectivamente, así es el Don Giovanni mozartiano. A mí me gustaría ser Zerlina y que él me dijese eso de "Lá ci darem la mano, lá mi dirai di si..." Y seguro que le decía que sí antes de que llegase doña Elvira a fastidiar la escena.
Las mujeres, sólo faltaría, también seducen. Dice un compañero mío que algunas lo hacen con el vestido, y no siempre para seducir a un hombre en particular sino al género masculino indefinido. Otras mujeres seducen mediante la danza. Es el caso de Salomé, que consigue su objetivo a través de una erótica danza. Así es la Salomé de Oscar Wilde, que baila para poder besar la boca de Jokanaán, aunque sea en una cabeza cortada; la de los dibujos de Aubrey Bearsley que ilustró el libro del irlandés en sus primeras ediciones; la de los lienzos de Gustave Moureau, queu luego describió Huysmans en su decadente novela A CONTRAPELO.
Otras veces la danza es, simplemente, una maravillosa excusa para abrazar a alguien aunque sólo sean tres minutos.
29/06/2005 11:37 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
30/06/2005
Maletas
Hoy es un día raro, de esos en los que tienes que sacar la maleta, y no sabes si coger la mediana o la grande. Tienes que coger un tren, un taxi, un avión, otro avión, recoger la maleta, volver a facturarla, coger otro avión más, recorrer treinta kilómetros más en coche y, por fin, deshacer la maleta.
Recuerdo mis primeros viajes en tren, con mis padres y mi abuela. Mi padre llevaba siempre las maletas, una de cada mano,por aquellos largos y estrechos pasillos de los trenes de antes. Refunfuñaba un poco, pero nada más. Yo, como era pequeña, me libraba de tener que acarrear algo. Iba cogida de la mano de mi madre y ya estaba.
Ahora las maletas desaparecen en una cinta transportadora y viajan contigo dentro de la bodega del avión. De vez en cuando llegan uno o dos días después que tú, porque si se retrasa el primer vuelo, a ti te llevan en un carrito y te meten en el segundo, o en el tercero, pero la maleta se queda en algún aeropuerto hasta el día siguiente. Así que en el bolso de mano siempre hay que llevar unos cuantos "porsiacasos".
Hoy también es un día de despedidas, de compañeros, de familia, de amigos. Tengo que quedar con tanta gente hoy que no sé cómo organizarme la tarde. Y aún no he hecho la maleta, ni siquiera la he sacado de su escondite. Seguro que esta vez me dejo algo en tierra.
También hoy es uno de esos días en que me acuerdo de una frase de Hölderlin en su libro HIPERION, que es el libro que más subrayado tengo de toda mi biblioteca. Hölderlin es, con Novalis, el gran poeta del romanticismo idealista alemán. Murió enloquecido en casa de un carpintero que lo encontró en la calle y que lo acogió durante los últimos años de su vida, de su locura, que fueron casi media vida. La frase que hoy me hace pensar es: "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona". Y siempre me viene a la mente en los días finales de algún que otro curso, cuando me voy por enésima vez de algún lugar para irme, por enésima vez, a otro.
Hoy toca hacer maletas y reflexionar: sobre qué calcetines me llevo y sobre otras cosas más que no os cuento.
Recuerdo mis primeros viajes en tren, con mis padres y mi abuela. Mi padre llevaba siempre las maletas, una de cada mano,por aquellos largos y estrechos pasillos de los trenes de antes. Refunfuñaba un poco, pero nada más. Yo, como era pequeña, me libraba de tener que acarrear algo. Iba cogida de la mano de mi madre y ya estaba.
Ahora las maletas desaparecen en una cinta transportadora y viajan contigo dentro de la bodega del avión. De vez en cuando llegan uno o dos días después que tú, porque si se retrasa el primer vuelo, a ti te llevan en un carrito y te meten en el segundo, o en el tercero, pero la maleta se queda en algún aeropuerto hasta el día siguiente. Así que en el bolso de mano siempre hay que llevar unos cuantos "porsiacasos".
Hoy también es un día de despedidas, de compañeros, de familia, de amigos. Tengo que quedar con tanta gente hoy que no sé cómo organizarme la tarde. Y aún no he hecho la maleta, ni siquiera la he sacado de su escondite. Seguro que esta vez me dejo algo en tierra.
También hoy es uno de esos días en que me acuerdo de una frase de Hölderlin en su libro HIPERION, que es el libro que más subrayado tengo de toda mi biblioteca. Hölderlin es, con Novalis, el gran poeta del romanticismo idealista alemán. Murió enloquecido en casa de un carpintero que lo encontró en la calle y que lo acogió durante los últimos años de su vida, de su locura, que fueron casi media vida. La frase que hoy me hace pensar es: "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona". Y siempre me viene a la mente en los días finales de algún que otro curso, cuando me voy por enésima vez de algún lugar para irme, por enésima vez, a otro.
Hoy toca hacer maletas y reflexionar: sobre qué calcetines me llevo y sobre otras cosas más que no os cuento.
30/06/2005 10:17 Enlace permanente. Hay 4 comentarios.


