Se muestran los artículos pertenecientes a Julio de 2005.
01/07/2005
Nodesaparezco
No me echeis todavia de menos que sigo siendo peligrosa, asi que aqui me teneis en el aeropuerto de Copenhague conectada viendo aviones y gentes que van y vienen.Mi amigo Rick dice que estar en un aeropuerto es como no estar en ninguna parte. Son lugares que no son lugares. MIconsciencia de estar o no estar, de no saber en cual de los cuatro aeropuertos por los que debo pasar hoy depende del efecto de los orfidales sobre mis neuronas.
Pero por aqui planea Hans Cristian Andersen y alguna que otra sirena. Fui la primera en llegar a Barajas y me regalaron un billete en Bussiness,asi que voy bien comida y bebida: te saludan con champan para darte la bienvenida. !Vaya semana!
A veces pasan estas cosas. Y otras. Y hay otras que no pasan.
A veces tambien pasa que el ordenador en el que estas no tiene acentos /tildes. No es que me haya dado una crisis paranoica contra ellas, es que aqui ni tildes ni esa consonante nasal palatal que esta en el nombre del pais.
Este es un aeropuerto silencioso y hay un Cafe que se llama Karen Blixen. Muy cerca de aqui esta su casa danesa,con las cortinas que arrastran hasta el suelo como a ella le gustaban, con los dibujos que hacia de sus kikuyos,con arreglos florales de su jardin como le gustaban a ella, a la baronesa,que utilizaba su vajilleria probablemente de ROYAN COPENHAGHEN en medio de la sabana de Kenia. Aqui tambien las venden: una taza con dibujos de la flora danesa vale unos mil euros. Por aqui no hay muchas baronesas que las compren.
Yo tampoco.
Esperad mis comentarios casi a diario desde el norte, sin tildes, eso si. Y buenas vacaciones.
Pero por aqui planea Hans Cristian Andersen y alguna que otra sirena. Fui la primera en llegar a Barajas y me regalaron un billete en Bussiness,asi que voy bien comida y bebida: te saludan con champan para darte la bienvenida. !Vaya semana!
A veces pasan estas cosas. Y otras. Y hay otras que no pasan.
A veces tambien pasa que el ordenador en el que estas no tiene acentos /tildes. No es que me haya dado una crisis paranoica contra ellas, es que aqui ni tildes ni esa consonante nasal palatal que esta en el nombre del pais.
Este es un aeropuerto silencioso y hay un Cafe que se llama Karen Blixen. Muy cerca de aqui esta su casa danesa,con las cortinas que arrastran hasta el suelo como a ella le gustaban, con los dibujos que hacia de sus kikuyos,con arreglos florales de su jardin como le gustaban a ella, a la baronesa,que utilizaba su vajilleria probablemente de ROYAN COPENHAGHEN en medio de la sabana de Kenia. Aqui tambien las venden: una taza con dibujos de la flora danesa vale unos mil euros. Por aqui no hay muchas baronesas que las compren.
Yo tampoco.
Esperad mis comentarios casi a diario desde el norte, sin tildes, eso si. Y buenas vacaciones.
01/07/2005 16:30 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
02/07/2005
En las nubes
Un paseo por las nubes era el titulo de una pelicula pero es lo que se hace cuando uno va en avion. Yo me acabo de pasear entre y sobre ellas, y luego debajo. Aqui pasa muchas veces que hay sol encima y te tienes que poner las gafas de sol dentro de la cabina, pero luego bajas a tierra y todo empieza a ser gris. Tambien pasa que de dia llueve y de noche sale el sol. Hoy el dia esta tambien luminoso, pero llevo dos mangas, aunque aqui el personal ya va en tirantes, con escotes y con esa sonrisa de oreja a oreja que se les pone a todos los noruegos en cuando sale el sol.
A veces, casi siempre, el sol y lo gris son solo cuestion de matices.
Me cierran la biblioteca. Apagan la luz y tocan las campanas. Aqui son asi.
A veces, casi siempre, el sol y lo gris son solo cuestion de matices.
Me cierran la biblioteca. Apagan la luz y tocan las campanas. Aqui son asi.
02/07/2005 14:54 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
08/07/2005
Una cabanna en Noruega
No se si estáis ahí, o no. En cualquier caso, yo sí que estoy. Lo de cabanna es porque este ordenador no tiene todas las letras del alfabeto del castellano. En cambio tiene otras como: æ,ø,å, que también son muy divertidas.
La primera vez que vine a estas montanas y a esta cabana era invierno. Y el invierno de estos pagos implica nieve, mucha nieve, y hielo, mucho hielo. Jørgen me había dicho que teníamos que subir esquiando porque la carretera estaba cerrada para los coches en diciembre. No me lo creí hasta que no llegamos, y efectivamente, no se podía subir con vehículo alguno. Nunca me había puesto unos esquís. Aunque viví muchos annos en Zaragoza y tenía el Pirineo cerca nunca fui a esquiar. Bueno, una vez que mi prima Conchi me dejó sus esquís y fue un desastre, en una pista llena de gente vestida con la última moda en ropa deportiva invernal. Pero aquí no quedaba otro remedio. Así que me calcé unas botas especiales y unos esquís que habían sido de Elia, que ya hacía ya tiempo que no esquiaba. Con el equipo heredado comencé la ascensión, mochila a la espalda, de poco más de un kilometro cuesta arriba entre bosques de pinos y de abedules desnudos. Los esquís se resbalaban hacia abajo y yo tenía que hacer una fuerza suprema para mantenerme en pie. Nunca he sudado tanto a 15 grados bajo cero. Por fin lo conseguí y llegamos a la cabanna. Bueno, él había llegado media hora antes que yo con una mochila más pesada.
Había que coger agua para beber; nada tan fácil como llenar un cubo de nieve, pensé, pero no. Había que cogerla del río. Pero el rio estaba helado y debajo de un metro o más de nieve. También Jørgen me había contado como se obtenía el agua: con un pala para quitar la nieve, un pico para romper el hielo y llegar al agua que sigue corriendo por debajo, tan suave que no se oye desde arriba, enterrada por tanto manto blanco. Tampoco esto me lo había creido del todo cuando él me lo contó en la cafetería de la estacion de Zürich, sentados ante una taza de té. Pero era verdad, a quince bajo cero había que picar en el hielo para obtener agua, fresca, eso sí. Y así ha sido cada vez que he venido a estas montannas en invierno. Pero ahora es verano y no hay hielo, y el río deja sus voces alrededor de la cabanna, y cae en una cascada justo debajo de la ventana de mi dormitorio. Y me arrulla todas las noches.
Hay un poema del romántico inglés Keats en el que se dice: "The songs of birds, the wispering of leaves, the voice of waters". Sí, las voces de las aguas, que unas veces hablan, y otras permanecen en el silencio helado.
La primera vez que vine a estas montanas y a esta cabana era invierno. Y el invierno de estos pagos implica nieve, mucha nieve, y hielo, mucho hielo. Jørgen me había dicho que teníamos que subir esquiando porque la carretera estaba cerrada para los coches en diciembre. No me lo creí hasta que no llegamos, y efectivamente, no se podía subir con vehículo alguno. Nunca me había puesto unos esquís. Aunque viví muchos annos en Zaragoza y tenía el Pirineo cerca nunca fui a esquiar. Bueno, una vez que mi prima Conchi me dejó sus esquís y fue un desastre, en una pista llena de gente vestida con la última moda en ropa deportiva invernal. Pero aquí no quedaba otro remedio. Así que me calcé unas botas especiales y unos esquís que habían sido de Elia, que ya hacía ya tiempo que no esquiaba. Con el equipo heredado comencé la ascensión, mochila a la espalda, de poco más de un kilometro cuesta arriba entre bosques de pinos y de abedules desnudos. Los esquís se resbalaban hacia abajo y yo tenía que hacer una fuerza suprema para mantenerme en pie. Nunca he sudado tanto a 15 grados bajo cero. Por fin lo conseguí y llegamos a la cabanna. Bueno, él había llegado media hora antes que yo con una mochila más pesada.
Había que coger agua para beber; nada tan fácil como llenar un cubo de nieve, pensé, pero no. Había que cogerla del río. Pero el rio estaba helado y debajo de un metro o más de nieve. También Jørgen me había contado como se obtenía el agua: con un pala para quitar la nieve, un pico para romper el hielo y llegar al agua que sigue corriendo por debajo, tan suave que no se oye desde arriba, enterrada por tanto manto blanco. Tampoco esto me lo había creido del todo cuando él me lo contó en la cafetería de la estacion de Zürich, sentados ante una taza de té. Pero era verdad, a quince bajo cero había que picar en el hielo para obtener agua, fresca, eso sí. Y así ha sido cada vez que he venido a estas montannas en invierno. Pero ahora es verano y no hay hielo, y el río deja sus voces alrededor de la cabanna, y cae en una cascada justo debajo de la ventana de mi dormitorio. Y me arrulla todas las noches.
Hay un poema del romántico inglés Keats en el que se dice: "The songs of birds, the wispering of leaves, the voice of waters". Sí, las voces de las aguas, que unas veces hablan, y otras permanecen en el silencio helado.
08/07/2005 12:28 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.
13/07/2005
Una cabanna en Noruega II
La cabanna se llama BEKK-KROKEN, que quiere decir "El recodo del río", que es justo donde se encuentra situada. Cuando vengo aquí hay una serie de libros que me gusta releer: sin duda el favorito es el DIARIO de Dorothy Wordsworth, la hermana del poeta romántico William del mismo apellido, y que escribió durante su estancia en el distrito inglés de los lagos, en Grassmere. El libro es fascinante por varias razones: una de ellas es que comenta los poemas que su hermano va escribiendo e incluso algunos de sus motivos, por lo que se va viendo el propio proceso creador del poeta, e incluso su dependencia literaria de las impresiones que su hermana va recogiendo en su cuaderno; pero para mí el interés mayor del librito es la propia visión de la vida de esta mujer, que vivió por y para William, que cambió el tono de sus escritos completamente a partir del matrimonio de él con Mary, sus descripciones del paisaje de colinas suaves, sus largos paseos por los montes y los prados de un lago a otro, su amistad con el poeta Coledidge. Hace annos pasamos unos días en el LAKE DISCTRICT y dormimos en una casa que también tenía nombre: "Stepping Stones", porque está junto a un río en el que unas piedras, sobre las que hay que saltar más que pasar, sirven de puente. Esa casa había pertenecido a la familia de Coleridge y se desayunaba en un viejo servicio de porcelana inglesa con flores en colores rosados. La cama tenía dosel y el váter era un sillón bajo cuya tapa se escondía el prosaico agujero. Probablemente el "Bed and Breakfast" más fascinante en el que he dormido. Ese y el del castillo normando de Durham, también en Inglaterra: el castillo sirve de residencia de estudiantes durante el curso y en verano se convierte en hotel. Las habitaciones no tienen banno y para llegar a los aseos comunitarios hay que recorrer los pasillos oscuros y varios tramos de escaleras, jalonados por la decoración de lineas quebradas del estilo normando. Nunca hacer un pis fue más complicado. Ni más tenebroso. Me sentía como Lady Macbeth con la vela en la mano, en sus paseos por los corredores del castillo de Cawdor en camisa de noche.
Pero estaba hablando de Dorothy Wordsworth. De ella dicen que tenía una relación más que fraterna con su hermano; algo así como la que tenía Byron con su medio hermana Augusta. Tal vez por eso sus diarios se convierten en más triviales después de la boda, y parece que un viento gris haya recorrido sus páginas. A mí me gustan sus paseos por el campo. Antes, cuando yo paseaba por las montannas me gustaba coger flores y hacer varios arreglos que dejaba en diferentes lugares de la cabanna. Ahora no. Desde que leí que un día Dorothy cogió una flor, creo que era una flor de fresa silvestre, la miró y la volvió a dejar, pensando "dejemos vivir lo que está vivo". Desde entonces me cuesta más trabajo coger una flor y le pido casi hasta permiso.
También me gusta leer aquí PAN, de Knut Hamsum, que me costó mucho trabajo encontrar en castellano. Al final lo conseguí en una vieja edición de cubierta en piel color burdeos que adquirí en la Feria del libro viejo en el Paseo de Recoletos. Ahora intento leerla en noruego, pero hago trampas: como ya me sé la historia, las descripciones de la naturaleza noruega, la luz de las noches blancas, los lugares, voy siguiendo el texto original y me creo que soy capaz de leerla en noruego y me quedo tan contenta.
A veces creamos mentiras para hacernos felices incluso hasta con estas pequennas cosas.
Otro libro que releo es KRISTIN LAVRANSDATTER, de Sigrid Undset, que también fue Premio Nobel igual que Hamsum. El libro está traducido al castellano desde hace pocos annos. Es una historia ambientada en la Edad Media (que no novela histórica) sobre una mujer (Kristin) que lucha por su amor (Erlend de Huseby) contra todas las tempestades habidas y por haber. Una historia de amor en la que el amor defrauda (Erlend, por supuesto, no le llega ni a la suela de la zapatilla) pero en la que se sigue luchando porque a nadie le gusta reconocer que ha fracasado en el combate de la vida. Liv Ullman la llevó al cine como directora, pero la película no obtuvo las mejores críticas pese a ser espléndida. Ullman no es profeta en su tierra; aunque nació en Asia, su familia es de Trondheim y ella se considera de aquí. Ha vivido mucho en Suecia con Bergman y después, pero es noruega, y la hija que tuvo con Bergman, Linn Ullman, es una de las mejores voces de la novelística noruega contemporánea. Hace annos en Trondheim la nombraron algo así como hija predilecta y estuve en la ceremonia de homenaje en el "OLavshallen", que es como el Auditorio pero en noruego. También nombraron hijo predilecto al violinista Arve Tellefsen, que sí que es profeta en su tierra, y que toca con las mejores orquestas del mundo.
Pero estos días he estado leyendo un libro nuevo en la cabanna y en el mundo editorial. Es el LIBRO DE RÉQUIEMS, de Mauricio Wiesenthal, al que conocí en los Encuentros Literarios de este mayo en Albarracín. Compartir mesa con él fue un deleite, escuchar su conferencia fue un descubrimiento, y leer su libro ha sido el mayor placer literario de los últimos tiempos. Hace un recorrido por su vida y por sus maestros en el mundo del arte, desde el entusiamo y la pasión de un hombre que ha vivido en el sentido más absoluto de la palabra. Habla de lugares y de personajes que también forman parte de mi imaginario, de manera que en un comentario vanidoso diré que cuando lo leía me parecía que el libro estuviera escrito para mí. Por sus páginas aparecen Wilde, Casanova, Lucia de Lamermoore, la Liguria de las Cinque Terre, Porto Venere, Byron, Taormina, Diaghilev y hasta Alfonsina Storni, cuya canción me ha acompannado desde una noche en el Parque Pignatelli en que la oí por primera vez hace más de veinte annos. La cantaba una chica que estaba acompannada por varios muchachos. Begonna y yo nos adherimos al grupo. Muchos annos después reconocí a uno de aquellos jóvenes en el florista de la tienda donde encargué un ramo de cien rosas para el cumpleannos secular de mi abuela.
A mi abuela le gustaban las violetas y alguien le regalaba las primeras violetas durante muchos annos cada 22 de enero, que era el día de su aniversario. La capa de Carlota es de color violeta y a mí me gusta comprar caramelos de violeta cada vez que vuelvo a Madrid. Junto a esta cabanna, a la orilla del río crecen las violetas silvestres de los bosques (skogfjol). Wiesenthal pintó las paline de su casa en Venecia de color violeta porque es su flor y su color preferido desde que leyó las palabras de Ofelia en HAMLET.
A mí me gustan estas casualidades.
Y algunas otras.
Pero estaba hablando de Dorothy Wordsworth. De ella dicen que tenía una relación más que fraterna con su hermano; algo así como la que tenía Byron con su medio hermana Augusta. Tal vez por eso sus diarios se convierten en más triviales después de la boda, y parece que un viento gris haya recorrido sus páginas. A mí me gustan sus paseos por el campo. Antes, cuando yo paseaba por las montannas me gustaba coger flores y hacer varios arreglos que dejaba en diferentes lugares de la cabanna. Ahora no. Desde que leí que un día Dorothy cogió una flor, creo que era una flor de fresa silvestre, la miró y la volvió a dejar, pensando "dejemos vivir lo que está vivo". Desde entonces me cuesta más trabajo coger una flor y le pido casi hasta permiso.
También me gusta leer aquí PAN, de Knut Hamsum, que me costó mucho trabajo encontrar en castellano. Al final lo conseguí en una vieja edición de cubierta en piel color burdeos que adquirí en la Feria del libro viejo en el Paseo de Recoletos. Ahora intento leerla en noruego, pero hago trampas: como ya me sé la historia, las descripciones de la naturaleza noruega, la luz de las noches blancas, los lugares, voy siguiendo el texto original y me creo que soy capaz de leerla en noruego y me quedo tan contenta.
A veces creamos mentiras para hacernos felices incluso hasta con estas pequennas cosas.
Otro libro que releo es KRISTIN LAVRANSDATTER, de Sigrid Undset, que también fue Premio Nobel igual que Hamsum. El libro está traducido al castellano desde hace pocos annos. Es una historia ambientada en la Edad Media (que no novela histórica) sobre una mujer (Kristin) que lucha por su amor (Erlend de Huseby) contra todas las tempestades habidas y por haber. Una historia de amor en la que el amor defrauda (Erlend, por supuesto, no le llega ni a la suela de la zapatilla) pero en la que se sigue luchando porque a nadie le gusta reconocer que ha fracasado en el combate de la vida. Liv Ullman la llevó al cine como directora, pero la película no obtuvo las mejores críticas pese a ser espléndida. Ullman no es profeta en su tierra; aunque nació en Asia, su familia es de Trondheim y ella se considera de aquí. Ha vivido mucho en Suecia con Bergman y después, pero es noruega, y la hija que tuvo con Bergman, Linn Ullman, es una de las mejores voces de la novelística noruega contemporánea. Hace annos en Trondheim la nombraron algo así como hija predilecta y estuve en la ceremonia de homenaje en el "OLavshallen", que es como el Auditorio pero en noruego. También nombraron hijo predilecto al violinista Arve Tellefsen, que sí que es profeta en su tierra, y que toca con las mejores orquestas del mundo.
Pero estos días he estado leyendo un libro nuevo en la cabanna y en el mundo editorial. Es el LIBRO DE RÉQUIEMS, de Mauricio Wiesenthal, al que conocí en los Encuentros Literarios de este mayo en Albarracín. Compartir mesa con él fue un deleite, escuchar su conferencia fue un descubrimiento, y leer su libro ha sido el mayor placer literario de los últimos tiempos. Hace un recorrido por su vida y por sus maestros en el mundo del arte, desde el entusiamo y la pasión de un hombre que ha vivido en el sentido más absoluto de la palabra. Habla de lugares y de personajes que también forman parte de mi imaginario, de manera que en un comentario vanidoso diré que cuando lo leía me parecía que el libro estuviera escrito para mí. Por sus páginas aparecen Wilde, Casanova, Lucia de Lamermoore, la Liguria de las Cinque Terre, Porto Venere, Byron, Taormina, Diaghilev y hasta Alfonsina Storni, cuya canción me ha acompannado desde una noche en el Parque Pignatelli en que la oí por primera vez hace más de veinte annos. La cantaba una chica que estaba acompannada por varios muchachos. Begonna y yo nos adherimos al grupo. Muchos annos después reconocí a uno de aquellos jóvenes en el florista de la tienda donde encargué un ramo de cien rosas para el cumpleannos secular de mi abuela.
A mi abuela le gustaban las violetas y alguien le regalaba las primeras violetas durante muchos annos cada 22 de enero, que era el día de su aniversario. La capa de Carlota es de color violeta y a mí me gusta comprar caramelos de violeta cada vez que vuelvo a Madrid. Junto a esta cabanna, a la orilla del río crecen las violetas silvestres de los bosques (skogfjol). Wiesenthal pintó las paline de su casa en Venecia de color violeta porque es su flor y su color preferido desde que leyó las palabras de Ofelia en HAMLET.
A mí me gustan estas casualidades.
Y algunas otras.
13/07/2005 17:51 Enlace permanente. No hay comentarios. Comentar.
14/07/2005
Una cabanna en Noruega III
Desde Bekk-Kroken hacemos una excursión al mar. En el mapa parece que está muy cerca, pero las carreteras noruegas dilatan el tiempo de una manera que haría sufrir a muchos conductores hispanos. La costa es más recortada de lo que puede uno imaginarse y los cientos de fiordos que entran a la tierra como lenguas azules hacen que los caminos se multipliquen. Muchas veces la carretera termina en la boca de un ferry que te cruza al otro lado del fiordo; si tienes suerte te lo encuentras abierto y esperando engullirte; si tienes menos suerte lo ves como avanza por el fiordo hasta la otro orilla y lo tienes que esperar más de una hora. Para llegar a la isla de Smøla tuvimos que coger tres ferries y tardamos más de cuatro horas en llegar, y no está a más de cien kilómetros de la cabanna.
Smøla es una isla, la última en la costa de la región de Møre en el oeste. La más abierta al océano. Llegamos en un día amable y soleado, pero la imagino en una jornada de temporal con el mar embravecido y ha de ser como la isla de las tormentas de aquella película en la que Donald Sutherland encarnaba a un espía alemán durante la Segunda Guerra. Hoy muestra su cara más idílica. La isla en realidad es un archipiélago compuesto por multitud de islotes de vegetación baja: musgos, líquenes de color naranja y formas redondeadas, y una explosión de flores en este corto verano casi ártico: se podría hacer un arcoiris con los colores de las flores de las islas. Me llaman sobre todo la atención los nenúfares, que aquí se llaman "lirios de agua" y que crecen silvestres en los lagos de agua dulce que se forman en cada depresión del terreno. Son lagos pequennos, pero llenos de estas ninfeas blancas de seductor perfume. Flores que contrastan con lo agreste del terreno que las rodea, el Atlántico en su máxima expresión. Estas no serán pintadas por Monet en sus cuadros azules, ni estarán nunca en su jardín japonés de Giverny, permanecerán expuestas a la cólera de Eolo y de todos sus hermanos.
Llegamos hasta Veiholmen, el último pueblo de la isla. Es una vieja aldea pesquera que aún conserva toda su identidad, y a la que todavía no llegan demasiados turistas. Sigue siendo hogar de pescadores, que viven en pequennas casas blancas muy cerca unas de las otras como para protegerse de las tempestades que deben de azotar estas costas muchos días al anno. Cada casa tiene un jardín, a veces minúsculo, pero siempre con flores de colores vivos que contrastan con el blanco de las paredes, y siempre protegido del viento. Una mujer de más de setenta annos lee un periódico en una de estas terrazas mientras bebe una taza de té. Es hermosa y su manera de estar sentada y de coger la taza la delatan: no es la esposa de ningún pescador sino una vieja dama de Oslo, probablemente de Bæerum, el distrito más refinado de la capital, a juzgar por su acento al saludarnos. Esto lo distingue Jørgen, claro; a mí me viene justo para poder distinguir el sueco del noruego.
En el extremo de la isla, en un islote al que ya no llega la carretera, está el faro. Leo en un folleto del restaurante donde comenos pescado conservado según viejas tradiciones, que el faro se alquila durante el verano y que tiene diez camas. De pequenna siempre me fascinaron los faros, creo que desde que leí alguna de aquellas aventuras de los cinco de Enyd Blyton, y desde que vi alguna película en la que sucedía algo terrible en un acantilado, bajo el perfil de un faro. Siempre me pregunté por la vida en el faro, por el farero. Y siempre me gustó acercarme a los faros cuando estaba cerca del mar. Cuando vivía en Santonna me gustaba coger el coche, el 127 verde que heredé de mi querido amigo Tomás, y ver romper las olas junto al faro del Pescador, que hoy tengo en un grabado de mi cuarto de estar; un grabado que me regalaron en el que fue mi instituto annos después cuando volví para hablar de medallones perdidos. También solía ir al cabo de Ajo y contemplar el faro desde lejos porque no dejaban acercarse, no sé muy bien por qué. Al faro del Caballo nunca llegué a ir: hay que bajar, y por ende subir después, más de trescientos escalones y mis rodillas nunca estuvieron para ese tipo de alegrías.
En noruego la palabra para faro es "fyr", que es la misma que para "encender el fuego", "alumbrar", y también la expresión coloquial para "hombre". Me gusta este juego polisémico: el faro es el que da luz en la noche y desde los barcos parece un hombre erquido en la lejanía; un Prometeo presto a dar el fuego de la vida, un fuego recién robado a los dioses de la tierra para iluminar a los hombres, navegantes en las tormentas, errantes en infinitos buques fantasmas.
Smøla es una isla, la última en la costa de la región de Møre en el oeste. La más abierta al océano. Llegamos en un día amable y soleado, pero la imagino en una jornada de temporal con el mar embravecido y ha de ser como la isla de las tormentas de aquella película en la que Donald Sutherland encarnaba a un espía alemán durante la Segunda Guerra. Hoy muestra su cara más idílica. La isla en realidad es un archipiélago compuesto por multitud de islotes de vegetación baja: musgos, líquenes de color naranja y formas redondeadas, y una explosión de flores en este corto verano casi ártico: se podría hacer un arcoiris con los colores de las flores de las islas. Me llaman sobre todo la atención los nenúfares, que aquí se llaman "lirios de agua" y que crecen silvestres en los lagos de agua dulce que se forman en cada depresión del terreno. Son lagos pequennos, pero llenos de estas ninfeas blancas de seductor perfume. Flores que contrastan con lo agreste del terreno que las rodea, el Atlántico en su máxima expresión. Estas no serán pintadas por Monet en sus cuadros azules, ni estarán nunca en su jardín japonés de Giverny, permanecerán expuestas a la cólera de Eolo y de todos sus hermanos.
Llegamos hasta Veiholmen, el último pueblo de la isla. Es una vieja aldea pesquera que aún conserva toda su identidad, y a la que todavía no llegan demasiados turistas. Sigue siendo hogar de pescadores, que viven en pequennas casas blancas muy cerca unas de las otras como para protegerse de las tempestades que deben de azotar estas costas muchos días al anno. Cada casa tiene un jardín, a veces minúsculo, pero siempre con flores de colores vivos que contrastan con el blanco de las paredes, y siempre protegido del viento. Una mujer de más de setenta annos lee un periódico en una de estas terrazas mientras bebe una taza de té. Es hermosa y su manera de estar sentada y de coger la taza la delatan: no es la esposa de ningún pescador sino una vieja dama de Oslo, probablemente de Bæerum, el distrito más refinado de la capital, a juzgar por su acento al saludarnos. Esto lo distingue Jørgen, claro; a mí me viene justo para poder distinguir el sueco del noruego.
En el extremo de la isla, en un islote al que ya no llega la carretera, está el faro. Leo en un folleto del restaurante donde comenos pescado conservado según viejas tradiciones, que el faro se alquila durante el verano y que tiene diez camas. De pequenna siempre me fascinaron los faros, creo que desde que leí alguna de aquellas aventuras de los cinco de Enyd Blyton, y desde que vi alguna película en la que sucedía algo terrible en un acantilado, bajo el perfil de un faro. Siempre me pregunté por la vida en el faro, por el farero. Y siempre me gustó acercarme a los faros cuando estaba cerca del mar. Cuando vivía en Santonna me gustaba coger el coche, el 127 verde que heredé de mi querido amigo Tomás, y ver romper las olas junto al faro del Pescador, que hoy tengo en un grabado de mi cuarto de estar; un grabado que me regalaron en el que fue mi instituto annos después cuando volví para hablar de medallones perdidos. También solía ir al cabo de Ajo y contemplar el faro desde lejos porque no dejaban acercarse, no sé muy bien por qué. Al faro del Caballo nunca llegué a ir: hay que bajar, y por ende subir después, más de trescientos escalones y mis rodillas nunca estuvieron para ese tipo de alegrías.
En noruego la palabra para faro es "fyr", que es la misma que para "encender el fuego", "alumbrar", y también la expresión coloquial para "hombre". Me gusta este juego polisémico: el faro es el que da luz en la noche y desde los barcos parece un hombre erquido en la lejanía; un Prometeo presto a dar el fuego de la vida, un fuego recién robado a los dioses de la tierra para iluminar a los hombres, navegantes en las tormentas, errantes en infinitos buques fantasmas.
14/07/2005 11:57 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
15/07/2005
Una cabanna en Noruega IV
Hay días en las que una debería estar en un sitio diferente al que está. Hoy es uno de esos días. Se suponía que a estas horas no debería estar aquí sentada delante del ordenador en una casa en el norte más norte de todos los nortes, sino tirada en una tumbona en una playa de la costa de cierto país del sur de Europa que estuvo en guerra no hace mucho pero que ha vuelto a ser una de las perlas costeras del Mediterráneo. Pero hay días en los que pasan cosas que no tendrían que pasar y hay que cancelar viajes, llamar al seguro, obtener un papel que certifique que no podías viajar, en fin, todas esas cosas que a veces pasan justo el mismo día en que empiezas tus vacaciones.
En el Hospital de Sant Olav, que es el patrono de la ciudad y que fue el rey que introdujo y extendió el cristianismo en este país de paganos, se oyen las gaviotas que se posan al otro lado de los alféizares de las ventanas. En el Hospital Miguel Servet hay palomas y hay que mantener las ventanas cerradas para que no entren a hacer de las suyas entre los pacientes. En Zaragoza es el mejor sitio para estar en verano, el más fresco, sobre todo en algún mes de agosto de 45 grados o más y si no tienes aire acondicionado en casa. Aquí se duerme con edredón durante todo el verano, y en el hospital con alguna manta extra sobre todo si la paciente es una anciana dama que tiene frío crónico por la edad. No recuerdo que mi abuela se quejara tanto del frío como las abuelas de aquí, que deberían estar ya acostumbradas a los fríos polares.
En invierno yo he experimentado más de veinte grados bajo cero en la ciudad, y hasta veintiocho en las montannas, en Bekk-Kroken. Cuando hace tanto frío dentro de la cabanna hay que moverse hasta que se calienta, y el proceso puede tardar unas cuatro horas. Hay que salir y esquiar; no vale salir y contemplar el panorama porque el cuerpo quieto tardaría pocos minutos en congelarse: un setenta por ciento de nosotros no es más que agua y el agua se congela, así que enseguida estaríamos sumidos en la sonrisa eterna si nos quedamos quietos. Hay que moverse. En esos casos la moquita se congela, y el pannuelo del bolsillo lleno de moquita se pone duro como la ropa tendida en aquellos inviernos zaragozanos del siglo pasado. También se te congelan las lagrimillas que se escurren del frío, y que te tienes que quitar de la piel de las mejillas como si arrancaras las escamas de un pez. Y también se congela el vaho: recuerdo un día subiendo a la cabanna en que llevaba una bufanda marrón alrededor de mi cuello. El día estaba claro, ni una nube en el cielo, y la temperatura, por ende, bajísima. De pronto vi que la parte de mi bufanda que estaba delante de mí estaba blanca, llena de escarcha. Pensé al principio que era nieve pero era imposible, no estaba nevando. Era mi propio vaho que se congelaba en cuanto salía de mi cuerpo por la boca y por la nariz. El contacto con el aire gélido lo helaba inmediatamente.
Así que las abuelas deberían estar acostumbradas a estos fríos, pero se ve que no, que el viento helado de la vejez hiela los huesos de la misma manera que encorva los cuerpos y los llena de arrugas.
Estos días estoy pensando que no es tan malo morirse a la edad de mi madre, antes de que empiece realmente la decrepitud del cuerpo y, por qué no, también del alma y de la mente. Ella estuvo hermosa hasta, literalmente, su último suspiro. Su rostro no perdió nunca la frescura ni sus ojos la expresión vivaz. Su cuerpo perdió fuerza porque una enfermedad se comía toda su energía y así se iba extendiendo como un poderoso ejército que va sitiando hasta conquistar, derrotar y masacrar una fortaleza; pero no fue el tiempo el que ganó su partida, y su piel permaneció lisa, sonrosada y suave hasta el final. El tiempo perdió su juego. Ver como gana otros partidos no es el mejor espectáculo.
Aunque al otro lado de la ventana vuelen las gaviotas.
En el Hospital de Sant Olav, que es el patrono de la ciudad y que fue el rey que introdujo y extendió el cristianismo en este país de paganos, se oyen las gaviotas que se posan al otro lado de los alféizares de las ventanas. En el Hospital Miguel Servet hay palomas y hay que mantener las ventanas cerradas para que no entren a hacer de las suyas entre los pacientes. En Zaragoza es el mejor sitio para estar en verano, el más fresco, sobre todo en algún mes de agosto de 45 grados o más y si no tienes aire acondicionado en casa. Aquí se duerme con edredón durante todo el verano, y en el hospital con alguna manta extra sobre todo si la paciente es una anciana dama que tiene frío crónico por la edad. No recuerdo que mi abuela se quejara tanto del frío como las abuelas de aquí, que deberían estar ya acostumbradas a los fríos polares.
En invierno yo he experimentado más de veinte grados bajo cero en la ciudad, y hasta veintiocho en las montannas, en Bekk-Kroken. Cuando hace tanto frío dentro de la cabanna hay que moverse hasta que se calienta, y el proceso puede tardar unas cuatro horas. Hay que salir y esquiar; no vale salir y contemplar el panorama porque el cuerpo quieto tardaría pocos minutos en congelarse: un setenta por ciento de nosotros no es más que agua y el agua se congela, así que enseguida estaríamos sumidos en la sonrisa eterna si nos quedamos quietos. Hay que moverse. En esos casos la moquita se congela, y el pannuelo del bolsillo lleno de moquita se pone duro como la ropa tendida en aquellos inviernos zaragozanos del siglo pasado. También se te congelan las lagrimillas que se escurren del frío, y que te tienes que quitar de la piel de las mejillas como si arrancaras las escamas de un pez. Y también se congela el vaho: recuerdo un día subiendo a la cabanna en que llevaba una bufanda marrón alrededor de mi cuello. El día estaba claro, ni una nube en el cielo, y la temperatura, por ende, bajísima. De pronto vi que la parte de mi bufanda que estaba delante de mí estaba blanca, llena de escarcha. Pensé al principio que era nieve pero era imposible, no estaba nevando. Era mi propio vaho que se congelaba en cuanto salía de mi cuerpo por la boca y por la nariz. El contacto con el aire gélido lo helaba inmediatamente.
Así que las abuelas deberían estar acostumbradas a estos fríos, pero se ve que no, que el viento helado de la vejez hiela los huesos de la misma manera que encorva los cuerpos y los llena de arrugas.
Estos días estoy pensando que no es tan malo morirse a la edad de mi madre, antes de que empiece realmente la decrepitud del cuerpo y, por qué no, también del alma y de la mente. Ella estuvo hermosa hasta, literalmente, su último suspiro. Su rostro no perdió nunca la frescura ni sus ojos la expresión vivaz. Su cuerpo perdió fuerza porque una enfermedad se comía toda su energía y así se iba extendiendo como un poderoso ejército que va sitiando hasta conquistar, derrotar y masacrar una fortaleza; pero no fue el tiempo el que ganó su partida, y su piel permaneció lisa, sonrosada y suave hasta el final. El tiempo perdió su juego. Ver como gana otros partidos no es el mejor espectáculo.
Aunque al otro lado de la ventana vuelen las gaviotas.
15/07/2005 17:10 Enlace permanente. Hay 1 comentario.
16/07/2005
Noruega V
Hoy el día está gris, hay lo que aquí llaman "trønder vaer": lluvia, viento y frío típico de la región de Trøndelag, en la que nos encontramos. El periódico de hoy anunciaba un gran sol sobre la ciudad, pero los meteolólogos a los que está adscrito este diario fallan constantemente; no sé qué satélite consultan, debe de ser uno que mira para otro lado.
Nunca he visto más bicicletas que las que hay aquí en el aparcamiento del hospital: todas las enfermeras, médicos y cirujanos vienen en bici a trabajar, igual que los estudiantes y los profesores de instituto. Pocos son los que utilizan el coche. En Alcalá yo tenía una vecina profe de otro instituto que siempre acudía al trabajo en bicicleta. La miraban como a un bicho raro y oí más de un comentario crítico por esta misma razón. Aquí hubiera sido una más, pero en Espanna todavía poca gente usa la bici.
Yo no sé ir en bici. Supongo que me debería dar vergüenza decirlo pero no. Alguien me preguntó hace poco si no me daba vergüenza escribir de forma tan personal en este cuaderno. Le dije que no ( por cierto que el té blanco sigue siendo una delicia, lo he traído conmigo, gracias otra vez), porque hace ya tiempo que perdí ciertos pudores. Y recuerdo casi el momento en que los perdí: fue durante mis annos de estudiante en la Universidad Laboral de Zaragoza; allí nos ensennaron muchas cosas, entre ellas también a coger confianza en nosotros mismos y a perder el miedo al ridículo. Nuestras tutoras de la Laboral hicieron un buen papel con nosotras (éramos casi todas chicas), y a ellas debo haber perdido ese sentido que no sirve para nada. O al menos a mí me parece que no sirve para nada. El caso es que nunca aprendí a montar en bicicleta. Supongo que hay varias razones: al ser hija y nieta única viví un exceso de celo protector durante mi infancia por parte de mi madre y mi abuela; esto provocó en mí el desarrollo de miedos variados, entre ellos el de la bici porque el equilibrio era algo que no controlaba con los pies fuera del suelo; la vagancia posterior hizo que tampoco tuviera interés en aprender. Y ahora entiendo que es demasiado tarde y me sigue dando miedo. Así que nunca iré al instituto montada en bicicleta. De momento voy andando: todos mis institutos han estado cerca de mis casas: en Teruel a veinte metros, en Santonna a quinientos, en Alcalá a doscientos, en Zaragoza a trescientos. No está mal. Y no es porque fuera afortunada, sólo en el caso de Zaragoza ya tenía una casa antes; en los demás casos es que me busqué la casa después de saber dónde iba a trabajar, y preferí siempre vivir cerca antes que vivir en Santander o en Madrid e ir y venir todos los días. Esa hora de más en la cama, durmiendo, la disfruto más que en la carretera.
Hoy estoy poco inspirada. La razón es que he vuelto con mi abandonada novela y he debido de gastar toda la energía en los cuatro folios que he escrito en los que Amelia y Nina encuentran unas viejas fotos. En un jardín muy diferente de éste. Aquí hay rosales silvestres, cerezos japoneses, árboles con flores como los "angelitos" amarillos, otros con racimos de color violeta parecidos a las lilas, y abedules. Aquí los abedules se llaman "bjørk". Como la cantante y actriz islandesa Bjørk, que protagonizó una de las películas más tremendas que he visto: BAILANDO EN LA OSCURIDAD con Catherine Deneuve. Durante la Segunda Guerra, la gente hacía pan mezclando harina de trigo con la corteza molida de "bjørk", por la carestía. Y si se corta un abedul, la madera fesca tiene un perfume que no se parece a nada que he olido, pero que invita a aspirarlo hasta dejar el tronco muerto ya del todo.
Es lo que tiene la madera, que está viva hasta que se convierte en lenna, y luego "en humo, en sombra, en polvo, en nada".
Nunca he visto más bicicletas que las que hay aquí en el aparcamiento del hospital: todas las enfermeras, médicos y cirujanos vienen en bici a trabajar, igual que los estudiantes y los profesores de instituto. Pocos son los que utilizan el coche. En Alcalá yo tenía una vecina profe de otro instituto que siempre acudía al trabajo en bicicleta. La miraban como a un bicho raro y oí más de un comentario crítico por esta misma razón. Aquí hubiera sido una más, pero en Espanna todavía poca gente usa la bici.
Yo no sé ir en bici. Supongo que me debería dar vergüenza decirlo pero no. Alguien me preguntó hace poco si no me daba vergüenza escribir de forma tan personal en este cuaderno. Le dije que no ( por cierto que el té blanco sigue siendo una delicia, lo he traído conmigo, gracias otra vez), porque hace ya tiempo que perdí ciertos pudores. Y recuerdo casi el momento en que los perdí: fue durante mis annos de estudiante en la Universidad Laboral de Zaragoza; allí nos ensennaron muchas cosas, entre ellas también a coger confianza en nosotros mismos y a perder el miedo al ridículo. Nuestras tutoras de la Laboral hicieron un buen papel con nosotras (éramos casi todas chicas), y a ellas debo haber perdido ese sentido que no sirve para nada. O al menos a mí me parece que no sirve para nada. El caso es que nunca aprendí a montar en bicicleta. Supongo que hay varias razones: al ser hija y nieta única viví un exceso de celo protector durante mi infancia por parte de mi madre y mi abuela; esto provocó en mí el desarrollo de miedos variados, entre ellos el de la bici porque el equilibrio era algo que no controlaba con los pies fuera del suelo; la vagancia posterior hizo que tampoco tuviera interés en aprender. Y ahora entiendo que es demasiado tarde y me sigue dando miedo. Así que nunca iré al instituto montada en bicicleta. De momento voy andando: todos mis institutos han estado cerca de mis casas: en Teruel a veinte metros, en Santonna a quinientos, en Alcalá a doscientos, en Zaragoza a trescientos. No está mal. Y no es porque fuera afortunada, sólo en el caso de Zaragoza ya tenía una casa antes; en los demás casos es que me busqué la casa después de saber dónde iba a trabajar, y preferí siempre vivir cerca antes que vivir en Santander o en Madrid e ir y venir todos los días. Esa hora de más en la cama, durmiendo, la disfruto más que en la carretera.
Hoy estoy poco inspirada. La razón es que he vuelto con mi abandonada novela y he debido de gastar toda la energía en los cuatro folios que he escrito en los que Amelia y Nina encuentran unas viejas fotos. En un jardín muy diferente de éste. Aquí hay rosales silvestres, cerezos japoneses, árboles con flores como los "angelitos" amarillos, otros con racimos de color violeta parecidos a las lilas, y abedules. Aquí los abedules se llaman "bjørk". Como la cantante y actriz islandesa Bjørk, que protagonizó una de las películas más tremendas que he visto: BAILANDO EN LA OSCURIDAD con Catherine Deneuve. Durante la Segunda Guerra, la gente hacía pan mezclando harina de trigo con la corteza molida de "bjørk", por la carestía. Y si se corta un abedul, la madera fesca tiene un perfume que no se parece a nada que he olido, pero que invita a aspirarlo hasta dejar el tronco muerto ya del todo.
Es lo que tiene la madera, que está viva hasta que se convierte en lenna, y luego "en humo, en sombra, en polvo, en nada".
16/07/2005 16:08 Enlace permanente. Hay 3 comentarios.
17/07/2005
El tiempo
Hace unos annos vi una exposición aquí en Trondheim. El pintor era Håkon Bleken, uno de los más prolíficos e interesantes del panorama artístico noruego. El tema unitario era la vejez y la enfermedad de sus propios padres. La decrepitud, las carnes fláccidas, desnudas, los cuerpos encorvados, mirando sin ningún pudor al ojo escrutador del hijo que los iba a convertir en materia pictórica. Ningún atisbo de sentimentalismo en los colores, ni en las formas. La verdad directa, cruda, de la caída en el abismo final.
Tampoco están ya lo mismos que se sentaban ante la mesa a tomar el café con alguna de las tartas exquisitas de "Erichssen". Ni tampoco los que se sentaron a la mesa de mi boda. El paso de tiempo tiene eso: o te mueres tú o se mueren los que tienes a tu alrededor. No hay otra opción.
Son casi las nueve y el sol, no obstante, brilla en ángulo de 45 grados todavía. El paso del tiempo también tiene eso: que de vez en cuando el sol alumbra las mesas.
Aunque estén casi vacías.
Tampoco están ya lo mismos que se sentaban ante la mesa a tomar el café con alguna de las tartas exquisitas de "Erichssen". Ni tampoco los que se sentaron a la mesa de mi boda. El paso de tiempo tiene eso: o te mueres tú o se mueren los que tienes a tu alrededor. No hay otra opción.
Son casi las nueve y el sol, no obstante, brilla en ángulo de 45 grados todavía. El paso del tiempo también tiene eso: que de vez en cuando el sol alumbra las mesas.
Aunque estén casi vacías.
17/07/2005 20:42 Enlace permanente. Hay 2 comentarios.
18/07/2005
Algunas mujeres
Ayer, navegando por las redes intentando no atascarme en ninguno de sus nudos, descubrí un montón de cosas que no sabía: que Pietro Bembo vivió un periodo en la corte veneciana de la que fuera reina de Chipre, Caterina Cornaro. Hablamos de finales del siglo XV, principios del siglo XVI. Que el mismo Pietro Bembo escribió un diálogo de corte platónico sobre dicha corte. Que algunos de los ejemplares de la primera edición de tal libro están dedicados a Lucrezia Borgia. Que ambos tuvieron una más que hermosa amistad, y que se conservan las cartas y poemas que intercambiaron durante el tercer matrimonio de la dama. Que después de su primer malhadado matrimonio, la bella Lucrezia se internó en un convento y se quedó embarazada de un emisario de su padre el papa Alejandro VI, llamado Pedro Calderón. Que Pedro Calderón es el nombre de uno de los protagonistas de la novela que estoy leyendo, y que no tiene nada que ver, al menos en las 122 primeras páginas, con el dicho amante de la joven Borgia. Una fascinante casualidad. Que parece que Lucrezia nunca fue amante de su padre, ni de ninguno de sus hermanos como se dijo en su tiempo por parte de los enemigos de la familia Borgia, y por parte incluso de Sannazaro, que llegó a afirmar de ella que era "hija, amante y nuera del Papa". Afirmación ada arcádica, ni bucólica, ni pastoril.
Donizetti tiene una ópera famosa sobre Lucrezia Borgia, que interpretó muchas veces Alfredo Kraus con la siempre imponente Joan Sutherland, también sobre Ana Bolena. Lo que no sabía y supe ayer es que su última ópera estrenada en vida fue CATERINA CORNARO. Nunca la he escuchado, pero existen varias versiones en disco, una con Caballé y Carreras, y otra con Leyla Gencer (la más delicada Leonora de IL TROVATORE que he visto en DVD y oído en CD; su versión televisiva de la RAI con Mario del Monaco es una joya), Jaume Aragall y Renato Brusson.
Y la verdad es que lo de Caterina Cornaro merece una ópera. O más.
Donizetti tiene una ópera famosa sobre Lucrezia Borgia, que interpretó muchas veces Alfredo Kraus con la siempre imponente Joan Sutherland, también sobre Ana Bolena. Lo que no sabía y supe ayer es que su última ópera estrenada en vida fue CATERINA CORNARO. Nunca la he escuchado, pero existen varias versiones en disco, una con Caballé y Carreras, y otra con Leyla Gencer (la más delicada Leonora de IL TROVATORE que he visto en DVD y oído en CD; su versión televisiva de la RAI con Mario del Monaco es una joya), Jaume Aragall y Renato Brusson.
Y la verdad es que lo de Caterina Cornaro merece una ópera. O más.
18/07/2005 17:42 Enlace permanente. Hay 5 comentarios.


