Blogia

AL ESTE DEL CANAL, blog de ANA ALCOLEA

Mariposas

Dicen que hay un valle en Méjico donde vuelan millones de mariposas. Lo he leído en la bella novela de Nerea Riesco que ganó este anno el Premio Ateneo Joven. Los indios creen que cada mariposa es el alma de un muerto que baila en su encuentro con las demás almas danzantes.

Esta mannana, cuando me he despertado, he bajado a lavarme los dientes al río, como todas las mannanas en que no llueve o hace frío. En el sendero, he visto decenas de mariposas.

Yo no sé si son también almas danzantes, aquí en este valle de las montannas noruegas. Están posadas sobre la hierba y liban néctar de unas flores amarillas que acaban de salir esta semana. Son pequennas y azules en la superficie horizontal; cuando se posan, los laterales muestran unas franjas anaranjadas más brillantes.

Azul y amarillo sobre el verde de la hierba.

Me gusta verlas danzar al ritmo de "la voz de las aguas".

Y me gusta pensar que puedan ser almas danzantes.

Ayer

En realidad, HOY fue AYER. No es que quiera seguir el verso de Quevedo, es que este ordenador a veces se desconecta y me hace la pascua.

Ayer fui a una cabanna junto al fiordo. Está situada entre el mar y el tren y allí pasan parte del verano Hans Peter e Inger, que cocinan faisán para nosotros. Lo cazan en las montannas y se guisa con una salsa de enebro, diferentes quesos y mermeladas.

Ayer, mientras yo estaba en esa cabanna junto al fiordo, sonó mi teléfono. Al otro lado, una hermosa voz de mujer cantaba el aria del comienzo del cuarto acto de LA TRAVIATA. La cantaba en directo desde un teatro en Roma.

Ayer yo estuve en Roma, en la ópera, mientras bebía un té en una cabanna junto a un fiordo de la costa noruega.

Gracias por este milagro, ayer.

Ayer, 12 de agosto, era un día difícil.

Pero a veces ocurren milagros.

Contrastes II

Los noruegos han viajado tanto en los últimos annos que han descubierto que en el sur de Europa existen las fiestas, es decir, un grupo de días en que se festeja a algún santo patrón con conciertos, procesiones, verbenas y actividades grupales varias. Me imagino que es por esa razón por la que desde hace unos pocos annos en Trondheim se celebra un festival para conmemorar los días de San Olav. Y eso ocurre ahora mismo, a principios del mes de agosto. Nosotros no solemos estar en la ciudad en esas fechas, pero este anno hemos estado por aquí, así que estoy disfrutando de la observación de alguno de los eventos festivos.

El sábado paseé por el "Trøndersk Marfestival", que es una muestra gastronómica de esta región. La comida tradicional noruega ha sido siempre muy simple. Éste ha sido un país pobre hasta hace relativamente poco: el cima duro ha hecho que la agricultura no haya sido precisamente la joya de la corona, pero el petróleo y el gas han convertido a esta nación en una de las más ricas del mundo, y por eso también quieren enriquecer su cocina. De modo que me encuentro en el "stand" de la organización con un cartel que reza así: "Trøndelag, det nye Toscana", que quiere decir: "Trøndelag, la nueva Toscana". Y claro, me parece que tampoco hay que exagerar. Que cultiven algunas hortalizas en ciertas islas de clima más amable, que pesquen salmones y los marinen y ahumen mejor que nadie, que lleven un par de annos haciendo quesos diferentes a los siempre aburridos de la fábrica estatal "Tine", y que hagan embutidos de carne de reno y de alce no equipara gastronómicamente la región a la Toscana, ni a La Rioja, ni a Tudela, ni a Fraga. Pero ellos son así. Viajan por la Toscana, alquilan mansiones en Provenza para pasar el verano, compran los vinos más caros de Saint-Emilion, de Bourgogne o de Suráfrica, los beben en las mejores copas de cristal danés, leen más que nadie sobre tintos, rosados y blancos... Y aunque en sus genes no hay ni una sola gota de vino tinto, ni un grano de queso parmesano ni una pepita de tomate, los han adoptado ya como intrínsecos a su cuerpo y a su espíritu. Todo esto tiene el encanto un poco ingenuo de los nuevos ricos.

Y tendría más encanto si este creerse el ombligo mundial fuera una excepción de este pueblo del norte. Lo malo es que nos pasa a todos.

A unos más que otros.

A unos con los tomates y a otros con las bombas.

6 de agosto Contrastes

Nuestra base en Turquía ha sido la bahía de Turunch, junto a Marmaris. Marmaris es una de esas playas llenas de hoteles y apartamentos pensados para turistas del norte de Europa. El aeropuerto de Dalamar es para uso exclusivo de vuelos chárter, y el nuestro sale de madrugada, de modo que pasamos la noche en las salas de espera, repletas de nórdicos y centroeuropeos varios, todos morenos y ensennando por última vez los hombros y las piernas. A punto de volver al norte, les esperan climas fríos y las mangas largas sustituirán enseguida a las camisetas de tirantes.

Frente a Marmaris está la isla griega de Rodas (o Rodos, o Rhodes...)Cogemos un catamarán que nos cambia de país, de continente y de clima en 45 minutos. La bahía de Marmaris está formada por cabos montannosos que evitan la circulación del aire y el calor puede ser sofocante, aunque los nórdicos están encantados; en cambio, Rodas es una isla abierta, luminosa y el viento corre de orilla a orilla.

Los Caballeros de San Juan de Jerusalén se establecieron en la isla a principios del siglo XIV, cuando fueron expulsados de la ciudad santa. Les compraron la isla a piratas genoveses que estaban asentados desde hacía décadas. Ya hacia 1309 empezaron las edificaciones que hoy son la base de la bellísima ciudad antigua de Rodas. Tiendas y restaurantes esconden la belleza de sus calles en un setenta por cierto, así que es necesario hacer un esfuerzo de abstracción y de disciplina para mirar hacia arriba y no a las puertas abiertas llenas de jabones, copias griegas, tejidos, espejos y demás objetos pensados en los placeres de los turistas.

Los Caballeros tomaron el nombre de Caballeros de Rodas y no se imaginaban que siglos después la isla estaría invadida por gentes del norte en biquini y pantalón corto. Porque de verdad que he visto a más de uno a torso descubierto, y a más de una paseando en biquini por las calles de la ciudad como si estuvieran en la playa. En fin... Los Caballeros fueron expulsados de la ciudad por los hombres de Soleimán el Magnífico en 1522 (necesitó más de 150.000 hombres y perdió 60.000 en el asalto a la isla) y pusieron rumbo a la isla de Malta, donde se asentaron. A partir de entonces fueron conocidos como Caballeros de la Orden de Malta.

El que fue Hospital de los Caballeros es ahora el Museo Arqueológico de Rodas y se ha convertido en mi museo favorito desde hace cinco días. Es una construcción sólida, sobria, defensiva y equilibrada al mismo tiempo, con entrelazadas decoraciones en la piedra alternadas con los escudos de los caballeros. Irradia fuerza y serenidad. Y alberga piezas de gran belleza de la época helenística griega y anteriores. Jarras y bandejas de formas tan elegantes, suaves y delicadas que me gustaría tenerlas en mi vitrina. Esculturas de faunos, ménades, venus y apolos. Una de ellas es la joya del museo: la llamada Afrodita de Rodas, pequenna, sentada, desnuda, peinándose después del banno, con sus cabellos ondulados levantados en sus manos en un gesto lleno de gracia. Su rostro, una invitación.

La que fuera sala de los enfermos del Hospital alberga ahora las lápidas funerarias de algunos de los Grandes Maestres de la Orden y de algunos de sus caballeros. Fueron puestas ahí por los italianos que conquistaron la isla en los tiempos de Mussolini y la convirtieron en la residencia veraniega del dictador. Busco una lápida y la encuentro: Juan Fernández de Heredia, que fue Gran Maestre entre 1377 y 1396. Hace annos, empecé mi tesina sobre un libro escrito por él: EL LIBRO DE MARCO POLO, basado en IL MILLIONE del viajero veneciano. Siento una emoción que me eriza los pelos al tocar la piedra, y la de otro miembro de su familia con el mismo apellido, Pedro, que fue hermano de la Orden y murió en 1493. Muy probablemente vivió en Rodas en la época en que Caterina Cornaró era reina en Chipre. Cierro los ojos e intento aspirar el mismo aire que respiraron los caballeros en aquellos annos en que el Mediterráneo era un hervidero de piratas, caballeros y gentes de toda condición.

Vuelvo a la bahía de Turunch, tan cerrada, tan montannoso, e imagino barcos piratas escondidos, apostados esperando avistar algún galeón en la lejanía. El que sí que estuvo por estas ensenadas fue Nelson, que escondió a la armada inglesa para preparar una batalla contra las tropas de Napoleón. Su compatriota, Lady Mary Worsley conoció a una dama espannola casada con el mismo pirata turco que la había raptado tiempo atrás:viajaba con su familia en una galera desde Nápoles y fue apresada por un barco pirata. El almirante dejó en libertad a la familia para que volvieran con un rescante para recuperar a la muchacha. Esta había sido "seducida" por su raptor (un antecedente del síndrome de Estocolmo). Cuando los familiares volvieron con el dinero para devolverla a Espanna, la joven había reflexionado sobre lo que la esperaba en su país: en el mejor de los casos la meterían en un convento, porque al no ser virgen nadie se casaría con ella. Así que le dijo a su galán que si la quería por esposa que se quedaba en Istanbul con él. El almirante mandó el dinero de vuelta a la familia de la chica, que se convirtió en la esposa del pirata. Es una historia novelesca, pero real. A mí me recuerda a un musical del grupo catalán "Dagoll Dagom" que se tituló MAR Y CIELO, y que estaba pasado en el texto de un autor modernista. Era una historia de piratas digna del mejor Salgari.

En fin, piratas, caballeros... Supongo que no había demasiadas diferencias entre unos y otros.

Istanbul IV

Cruzo de nuevo el puente Gálata hasta el Bazar de las Especias, que me gusta más que el Gran Bazar. Es un ir y venir de colores y perfumes que me invaden Veo un puesto en que venden goma laca en escamas. Me trae recuerdos lejanos de mi tía Pilar, la hermana de mi abuela, que había sido barnizadora en su juventud, y que aun llegó a barnizar algunos de nuestros viejos muebles. Mezclaba aquellas escamas brillantes de colo ámbar que me parecían trozos de caramelo, con un líquido transparente de intenso olor que me hacía estornudar. El resultado era otro líquido oleoso de aroma adictivo con el que impregnaba un manojo de medias viejas que otrora habían cubierto sus piernas y las de mi abuela. Con él pasaba por la superficie de los muebles muy despacio, como acariciándolos. Como respuesta, la madera empezaba a brillar y yo podía ver la cara siempre sonriente de mi tía reflajada en ella, casi como en un espejo.

En el mercado huele a curry, a pimienta, a guindillas. Hay sacos con polvos de todos los colores. Me acerco a uno lleno de un polvo verde manzana muy fino. Pregunto qué es y me dicen que es "henna"; con ella las mujeres de Turquía se han tennido el pelo y se han decorado pies y manos desde hace siglos. Compramos café recién molido en una tienda en la que todos los dependientes visten una bata gris. Me viene a la memoria (!hay que ver todo lo que está ahí guardado esperando a salir algún día) la Cooperativa de Tranvías de Zaragoza, que estaba en una estrecha calle cerca de Conde Aranda. También los hombres que allí trabajaban llevaban una bata gris, y vendían cosas buenas que estaban metidas en sacos. De vez en cuando, cuando era muy pequenna, íbamos mi madre, mi abuela y yo a comprar; ya no me acuerdo qué, pero algo comprábamos, y yo recibía caramelos de un hombre de pelo blanco que sonreía detrás de un puro que siempre colgaba de sus labios.

En el Bazar llegamos a un puesto donde venden frutas escarchadas: mango, pinna, (caramba con la -nn-), naranja. Compro pasas cortadas; son más grandes que las suelo comprar en Zaragoza o en Trondheim, y tienen un color púrpura intenso. Me imagino que ése debía de ser el color de los labios de las "kadinas" del sultán, o de las que acompannaban a Wiesenthal en sus paseos por Istanbul (!qué delicia de libro el suyo!) cojo un punnado de pasas y me lo llevo a la boca. Son como un caramelo a la vez dulce y ácido.

Y me parece que ése el es sabor de la ciudad.

Istanbul III

Creo que hay pocas ciudades en el mundo en las que se puedan vivir contrastes tan intensos como en Istanbul. El Bósforo divide/une Europa Asia en una misma ciudad; y el Cuerno de Oro parte en dos la zona europea, y la divide en distritos de muy diversas identidades.

La zona occidental se asienta sobre Siete Colinas. Así se llama en restaurante en cuya terraza cenamos la primera noche: al fondo el estrecho, a mi derecha la basílica de Santa Sofía, a mi izquierda la majestuosa Mezquita Azul. Sobre las siete colinas, todos los perfiles curvilíneos de las demás mezquitas, cuyos arquitectos jugaron con las formas y volúmenes de las cúpulas sobre cúpulas de la basílica de Justiniano: la de Soleimán, la de Fatih, la de Yeni, la de Benazid. Recortan el cielo de Istanbul magníficas con sus minaretes desde los que los muecines llaman a oración. Desde nuestro hotel se escuchan varios al mismo tiempo, y la música cesa en los cafés donde se bebe "chay", el té turco, y se fuma "nargile", la pipa de agua de olor envolvente.

Al otro lado del puente Gálata, la torre del mismo nombre domina la colina sobre la que se asienta. En este barrio hay calles enteras con tiendas de instrumentos musicales. Nunca he visto tantas guitarras juntas. Aquií vivieron los genoveses después de la conquista/caida en el siglo XVI. La República Marinera apoyó a los otomanos en contra del Papado y de Venecia, interesados en mantener el Imperio Romano de Oriente, y como premio se les permitió permanecer en la ciudad. Siempre fue este distrito el favorito de los residentes extranjeros. aun hoy sigue siendo sede de varias embajadas. Lady Mary Worsley Montagu cuenta en sus interesantísimas cartas (fue la esposa de un embajador inglés en el siglo XVIII) su vida en la ciudad, sus visitas a la sultana viuda, que vivía en el exilio dorado de Pera sus últimos annos de esplendor. Dice Lady Mary que las mujeres turcas son las más libres del mundo porque van y vienen por las calles sin que nadie las moleste gracias al velo que las oculta. También narra que una joven ha sido encontrada asesinada cerca de su residencia, y que nadie la ha podido reconocer porque nadie conoce el rostro de las mujeres. Lady Mary también tenía sus contradicciones.

A Pera tambíén llegaba el Orient Express. Para albergar a sus viajeros fue contruido el Hotel Pera Palace que sigue estando lleno de clientes. Yo me conformo con pasear por sus salones y contemplar su mobiliario de madera con incrustaciones de nácar, sus estantería con viejos recuerdos, sus lámparas art-decó. Me tomo un zumo de naranja en el bar donde estuvo Mata Hari, y un camarero nos ensenna la habitación 411, donde Agatha Christie escribió parte de su ASESINATO EN EL ORIENT EXPRESS. Me siento delante de su escritorio y miro a mi alrededor. A ver si se me pega algo. No en vano es la escritora favorita de Carlota.

Istanbul II

Llevo más de media hora escribiendo el comentario de hoy y cuando lo he ido a publicar se ha desconectado Internet por su cuenta. El caso es que no le he guardado en ningún sitio y toda la energía de mis neuronas se han gastado en lo que había escrito.

A veces pasan esas cosas.

Hablaba del Palacio de Totkapi, del libro de Wiesenthal en el que habla de sus paseos por las estancias prohibidas, de mi visita rodeada de turistas, que no viajeros, de que me habría encantado deambular por cada rincón sin tener a mi alrededor gentes con cámaras fotográficas,camisetas de tirantes y pantalones cortos. También hablaba del harén y de las cartas de una lady inglesa del siglo XVIII que decía que las mujeres turcas eran las más libres del mundo porque llevaban un velo que les permitía ir por la calle sin ser molestadas. Y de la película protagonizada por Maximilian Schell y por Melina Mercouri en la que quieren robar la daga de las tres esmeraldas. Y de que he visto esa daga, y un diamante del tamanno de un huevo (de gallina pequenna), y un trono de oro cuajado de piedras preciosas, y unos candelabros más altos que yo también de oro y lleno de diamantes.

Y pienso que el sultán, que apenas salía del palacio para que su aureola de persona casi divina permaneciera, coleccionaba mujeres y joyas como los turistas coleccionan fotos, museos y palacios. Como los cromos. Porque en algo hay que estar entretenido en la vida. Jaulas de oro para algunos. De papel para otros.

Cromos, al fin y al cabo, para todos.

De eso había escrito.

Caminos. Istanbul I

Hay caminos que se abren en ángulo y crean infinitos caminos. Esto ya lo hemos leído en Borges. Hay caminos que se cierran y que te dejan en medio de tu propia vida sin poder ir ni hacia delante ni hacia atrás. Esto lo hemos leído en demasiados lugares. Hay caminos que se multiplican y de los que nunca podrías decir cuál es el camino primigenio, pues todo se ha convertido en una red de vías hasta lo que alcanza tu mirada.

Eso es Istanbul, o Estambul, o Constantinopla, o Bizancio. De tanto verlo escrito en turco y en cualquiera de las lenguas germanas de nuestros libros de viaje, ya me suena mejor Istanbul que Estambul. Es una ciudad a caballo entre muchos caminos hechos de mares: el de Mármara, el Mediterráneo, el Negro, el estrecho del Bósforo, el propio Cuerno de Oro. Lugares todos con unas resonancias épicas y románticas que te llevan hasta Homero, hasta Soleimán hasta Justiniano y hasta Lord Byron.

Pero no sólo son los mares los que se cruzan en la ciudad: Istanbul es un hervidero de gentes que van y vienen a un ritmo frenético, vendedores que quieren ser de alfombras pero que ahuyentan al comprador con sus invitaciones exageradamente amables; hombres con sus maletines que van al trabajo; mujeres que al norte y al sur de la plaza de Taksin se muestran tan occidentales como yo, aunque sus escotes son casi siempre más modestos; mujeres en el distrito de Sultanahmet (que debe su nombre a la Mezquita Azul y que es el más tradicional de la ciudad) con el cabello cubierto en un tal vez más del 70 por ciento. En esta zona, además, se dan cita la mayoría de los turistas y de los visitantes de la ciudad: muchos con pantalón corto y camiseta, a los que les tienen que dejar ropas para entrar en los lugares sagrados; otros, familias de las zonas más conservadoras del país, y de Irán, cuyas mujeres se esconden bajo el chador negro de pies a cabeza, que sólo permite ver sus ojos. Recuerdo los de una de ellas, creo que joven y delgada, maquillados con una fina pero intensa y sabia linea negra a su alrededor. Otra mujer bebía agua metiendo el botellín entre sus ropas para alcanzar la boca desde abajo y dejarla oculta. Otra llevaba en la mano una cámara de video de última generación. Esas mismas mujeres, u otras, ?quién sabe?, por la noche están con sus hombres en los cafés al aire libre donde danzan los derviches al son melancólico de la música, y fuman, algunas por debajo, otras dejando su boca al alcance visual, el "nargile", la pipa de agua, que huele a flores, y a incienso y quién sabe a qué otras hierbas maravillosas que envuelven el aire de la plaza y que me envuelven toda entera, y me parece que yo también quiero girar al mismo ritmo que el hombre de blanco que gira más de doscientas veces sobre sí mismo.

Hay otros caminos que consisten en el trazo del círculo: son los caminos en los que vuelves a ti mismo, y a la tierra, y al universo. Los derviches danzan con los brazos abiertos, el derecho hacia el cielo y el izquierdo hacia la tierra, en una búsqueda de fusión mística del espíritu con el universo.

Creo que es lo mismo que yo busco cuando nado en el mar: recibir el abrazo y sentirme envuelta por los que han vuelto al agua primigenia.

Algunas mujeres

Ayer, navegando por las redes intentando no atascarme en ninguno de sus nudos, descubrí un montón de cosas que no sabía: que Pietro Bembo vivió un periodo en la corte veneciana de la que fuera reina de Chipre, Caterina Cornaro. Hablamos de finales del siglo XV, principios del siglo XVI. Que el mismo Pietro Bembo escribió un diálogo de corte platónico sobre dicha corte. Que algunos de los ejemplares de la primera edición de tal libro están dedicados a Lucrezia Borgia. Que ambos tuvieron una más que hermosa amistad, y que se conservan las cartas y poemas que intercambiaron durante el tercer matrimonio de la dama. Que después de su primer malhadado matrimonio, la bella Lucrezia se internó en un convento y se quedó embarazada de un emisario de su padre el papa Alejandro VI, llamado Pedro Calderón. Que Pedro Calderón es el nombre de uno de los protagonistas de la novela que estoy leyendo, y que no tiene nada que ver, al menos en las 122 primeras páginas, con el dicho amante de la joven Borgia. Una fascinante casualidad. Que parece que Lucrezia nunca fue amante de su padre, ni de ninguno de sus hermanos como se dijo en su tiempo por parte de los enemigos de la familia Borgia, y por parte incluso de Sannazaro, que llegó a afirmar de ella que era "hija, amante y nuera del Papa". Afirmación ada arcádica, ni bucólica, ni pastoril.

Donizetti tiene una ópera famosa sobre Lucrezia Borgia, que interpretó muchas veces Alfredo Kraus con la siempre imponente Joan Sutherland, también sobre Ana Bolena. Lo que no sabía y supe ayer es que su última ópera estrenada en vida fue CATERINA CORNARO. Nunca la he escuchado, pero existen varias versiones en disco, una con Caballé y Carreras, y otra con Leyla Gencer (la más delicada Leonora de IL TROVATORE que he visto en DVD y oído en CD; su versión televisiva de la RAI con Mario del Monaco es una joya), Jaume Aragall y Renato Brusson.

Y la verdad es que lo de Caterina Cornaro merece una ópera. O más.

El tiempo

Hace unos annos vi una exposición aquí en Trondheim. El pintor era Håkon Bleken, uno de los más prolíficos e interesantes del panorama artístico noruego. El tema unitario era la vejez y la enfermedad de sus propios padres. La decrepitud, las carnes fláccidas, desnudas, los cuerpos encorvados, mirando sin ningún pudor al ojo escrutador del hijo que los iba a convertir en materia pictórica. Ningún atisbo de sentimentalismo en los colores, ni en las formas. La verdad directa, cruda, de la caída en el abismo final.

Tampoco están ya lo mismos que se sentaban ante la mesa a tomar el café con alguna de las tartas exquisitas de "Erichssen". Ni tampoco los que se sentaron a la mesa de mi boda. El paso de tiempo tiene eso: o te mueres tú o se mueren los que tienes a tu alrededor. No hay otra opción.

Son casi las nueve y el sol, no obstante, brilla en ángulo de 45 grados todavía. El paso del tiempo también tiene eso: que de vez en cuando el sol alumbra las mesas.

Aunque estén casi vacías.

Noruega V

Hoy el día está gris, hay lo que aquí llaman "trønder vaer": lluvia, viento y frío típico de la región de Trøndelag, en la que nos encontramos. El periódico de hoy anunciaba un gran sol sobre la ciudad, pero los meteolólogos a los que está adscrito este diario fallan constantemente; no sé qué satélite consultan, debe de ser uno que mira para otro lado.

Nunca he visto más bicicletas que las que hay aquí en el aparcamiento del hospital: todas las enfermeras, médicos y cirujanos vienen en bici a trabajar, igual que los estudiantes y los profesores de instituto. Pocos son los que utilizan el coche. En Alcalá yo tenía una vecina profe de otro instituto que siempre acudía al trabajo en bicicleta. La miraban como a un bicho raro y oí más de un comentario crítico por esta misma razón. Aquí hubiera sido una más, pero en Espanna todavía poca gente usa la bici.

Yo no sé ir en bici. Supongo que me debería dar vergüenza decirlo pero no. Alguien me preguntó hace poco si no me daba vergüenza escribir de forma tan personal en este cuaderno. Le dije que no ( por cierto que el té blanco sigue siendo una delicia, lo he traído conmigo, gracias otra vez), porque hace ya tiempo que perdí ciertos pudores. Y recuerdo casi el momento en que los perdí: fue durante mis annos de estudiante en la Universidad Laboral de Zaragoza; allí nos ensennaron muchas cosas, entre ellas también a coger confianza en nosotros mismos y a perder el miedo al ridículo. Nuestras tutoras de la Laboral hicieron un buen papel con nosotras (éramos casi todas chicas), y a ellas debo haber perdido ese sentido que no sirve para nada. O al menos a mí me parece que no sirve para nada. El caso es que nunca aprendí a montar en bicicleta. Supongo que hay varias razones: al ser hija y nieta única viví un exceso de celo protector durante mi infancia por parte de mi madre y mi abuela; esto provocó en mí el desarrollo de miedos variados, entre ellos el de la bici porque el equilibrio era algo que no controlaba con los pies fuera del suelo; la vagancia posterior hizo que tampoco tuviera interés en aprender. Y ahora entiendo que es demasiado tarde y me sigue dando miedo. Así que nunca iré al instituto montada en bicicleta. De momento voy andando: todos mis institutos han estado cerca de mis casas: en Teruel a veinte metros, en Santonna a quinientos, en Alcalá a doscientos, en Zaragoza a trescientos. No está mal. Y no es porque fuera afortunada, sólo en el caso de Zaragoza ya tenía una casa antes; en los demás casos es que me busqué la casa después de saber dónde iba a trabajar, y preferí siempre vivir cerca antes que vivir en Santander o en Madrid e ir y venir todos los días. Esa hora de más en la cama, durmiendo, la disfruto más que en la carretera.

Hoy estoy poco inspirada. La razón es que he vuelto con mi abandonada novela y he debido de gastar toda la energía en los cuatro folios que he escrito en los que Amelia y Nina encuentran unas viejas fotos. En un jardín muy diferente de éste. Aquí hay rosales silvestres, cerezos japoneses, árboles con flores como los "angelitos" amarillos, otros con racimos de color violeta parecidos a las lilas, y abedules. Aquí los abedules se llaman "bjørk". Como la cantante y actriz islandesa Bjørk, que protagonizó una de las películas más tremendas que he visto: BAILANDO EN LA OSCURIDAD con Catherine Deneuve. Durante la Segunda Guerra, la gente hacía pan mezclando harina de trigo con la corteza molida de "bjørk", por la carestía. Y si se corta un abedul, la madera fesca tiene un perfume que no se parece a nada que he olido, pero que invita a aspirarlo hasta dejar el tronco muerto ya del todo.

Es lo que tiene la madera, que está viva hasta que se convierte en lenna, y luego "en humo, en sombra, en polvo, en nada".

Una cabanna en Noruega IV

Hay días en las que una debería estar en un sitio diferente al que está. Hoy es uno de esos días. Se suponía que a estas horas no debería estar aquí sentada delante del ordenador en una casa en el norte más norte de todos los nortes, sino tirada en una tumbona en una playa de la costa de cierto país del sur de Europa que estuvo en guerra no hace mucho pero que ha vuelto a ser una de las perlas costeras del Mediterráneo. Pero hay días en los que pasan cosas que no tendrían que pasar y hay que cancelar viajes, llamar al seguro, obtener un papel que certifique que no podías viajar, en fin, todas esas cosas que a veces pasan justo el mismo día en que empiezas tus vacaciones.

En el Hospital de Sant Olav, que es el patrono de la ciudad y que fue el rey que introdujo y extendió el cristianismo en este país de paganos, se oyen las gaviotas que se posan al otro lado de los alféizares de las ventanas. En el Hospital Miguel Servet hay palomas y hay que mantener las ventanas cerradas para que no entren a hacer de las suyas entre los pacientes. En Zaragoza es el mejor sitio para estar en verano, el más fresco, sobre todo en algún mes de agosto de 45 grados o más y si no tienes aire acondicionado en casa. Aquí se duerme con edredón durante todo el verano, y en el hospital con alguna manta extra sobre todo si la paciente es una anciana dama que tiene frío crónico por la edad. No recuerdo que mi abuela se quejara tanto del frío como las abuelas de aquí, que deberían estar ya acostumbradas a los fríos polares.

En invierno yo he experimentado más de veinte grados bajo cero en la ciudad, y hasta veintiocho en las montannas, en Bekk-Kroken. Cuando hace tanto frío dentro de la cabanna hay que moverse hasta que se calienta, y el proceso puede tardar unas cuatro horas. Hay que salir y esquiar; no vale salir y contemplar el panorama porque el cuerpo quieto tardaría pocos minutos en congelarse: un setenta por ciento de nosotros no es más que agua y el agua se congela, así que enseguida estaríamos sumidos en la sonrisa eterna si nos quedamos quietos. Hay que moverse. En esos casos la moquita se congela, y el pannuelo del bolsillo lleno de moquita se pone duro como la ropa tendida en aquellos inviernos zaragozanos del siglo pasado. También se te congelan las lagrimillas que se escurren del frío, y que te tienes que quitar de la piel de las mejillas como si arrancaras las escamas de un pez. Y también se congela el vaho: recuerdo un día subiendo a la cabanna en que llevaba una bufanda marrón alrededor de mi cuello. El día estaba claro, ni una nube en el cielo, y la temperatura, por ende, bajísima. De pronto vi que la parte de mi bufanda que estaba delante de mí estaba blanca, llena de escarcha. Pensé al principio que era nieve pero era imposible, no estaba nevando. Era mi propio vaho que se congelaba en cuanto salía de mi cuerpo por la boca y por la nariz. El contacto con el aire gélido lo helaba inmediatamente.

Así que las abuelas deberían estar acostumbradas a estos fríos, pero se ve que no, que el viento helado de la vejez hiela los huesos de la misma manera que encorva los cuerpos y los llena de arrugas.

Estos días estoy pensando que no es tan malo morirse a la edad de mi madre, antes de que empiece realmente la decrepitud del cuerpo y, por qué no, también del alma y de la mente. Ella estuvo hermosa hasta, literalmente, su último suspiro. Su rostro no perdió nunca la frescura ni sus ojos la expresión vivaz. Su cuerpo perdió fuerza porque una enfermedad se comía toda su energía y así se iba extendiendo como un poderoso ejército que va sitiando hasta conquistar, derrotar y masacrar una fortaleza; pero no fue el tiempo el que ganó su partida, y su piel permaneció lisa, sonrosada y suave hasta el final. El tiempo perdió su juego. Ver como gana otros partidos no es el mejor espectáculo.

Aunque al otro lado de la ventana vuelen las gaviotas.

Una cabanna en Noruega III

Desde Bekk-Kroken hacemos una excursión al mar. En el mapa parece que está muy cerca, pero las carreteras noruegas dilatan el tiempo de una manera que haría sufrir a muchos conductores hispanos. La costa es más recortada de lo que puede uno imaginarse y los cientos de fiordos que entran a la tierra como lenguas azules hacen que los caminos se multipliquen. Muchas veces la carretera termina en la boca de un ferry que te cruza al otro lado del fiordo; si tienes suerte te lo encuentras abierto y esperando engullirte; si tienes menos suerte lo ves como avanza por el fiordo hasta la otro orilla y lo tienes que esperar más de una hora. Para llegar a la isla de Smøla tuvimos que coger tres ferries y tardamos más de cuatro horas en llegar, y no está a más de cien kilómetros de la cabanna.

Smøla es una isla, la última en la costa de la región de Møre en el oeste. La más abierta al océano. Llegamos en un día amable y soleado, pero la imagino en una jornada de temporal con el mar embravecido y ha de ser como la isla de las tormentas de aquella película en la que Donald Sutherland encarnaba a un espía alemán durante la Segunda Guerra. Hoy muestra su cara más idílica. La isla en realidad es un archipiélago compuesto por multitud de islotes de vegetación baja: musgos, líquenes de color naranja y formas redondeadas, y una explosión de flores en este corto verano casi ártico: se podría hacer un arcoiris con los colores de las flores de las islas. Me llaman sobre todo la atención los nenúfares, que aquí se llaman "lirios de agua" y que crecen silvestres en los lagos de agua dulce que se forman en cada depresión del terreno. Son lagos pequennos, pero llenos de estas ninfeas blancas de seductor perfume. Flores que contrastan con lo agreste del terreno que las rodea, el Atlántico en su máxima expresión. Estas no serán pintadas por Monet en sus cuadros azules, ni estarán nunca en su jardín japonés de Giverny, permanecerán expuestas a la cólera de Eolo y de todos sus hermanos.

Llegamos hasta Veiholmen, el último pueblo de la isla. Es una vieja aldea pesquera que aún conserva toda su identidad, y a la que todavía no llegan demasiados turistas. Sigue siendo hogar de pescadores, que viven en pequennas casas blancas muy cerca unas de las otras como para protegerse de las tempestades que deben de azotar estas costas muchos días al anno. Cada casa tiene un jardín, a veces minúsculo, pero siempre con flores de colores vivos que contrastan con el blanco de las paredes, y siempre protegido del viento. Una mujer de más de setenta annos lee un periódico en una de estas terrazas mientras bebe una taza de té. Es hermosa y su manera de estar sentada y de coger la taza la delatan: no es la esposa de ningún pescador sino una vieja dama de Oslo, probablemente de Bæerum, el distrito más refinado de la capital, a juzgar por su acento al saludarnos. Esto lo distingue Jørgen, claro; a mí me viene justo para poder distinguir el sueco del noruego.

En el extremo de la isla, en un islote al que ya no llega la carretera, está el faro. Leo en un folleto del restaurante donde comenos pescado conservado según viejas tradiciones, que el faro se alquila durante el verano y que tiene diez camas. De pequenna siempre me fascinaron los faros, creo que desde que leí alguna de aquellas aventuras de los cinco de Enyd Blyton, y desde que vi alguna película en la que sucedía algo terrible en un acantilado, bajo el perfil de un faro. Siempre me pregunté por la vida en el faro, por el farero. Y siempre me gustó acercarme a los faros cuando estaba cerca del mar. Cuando vivía en Santonna me gustaba coger el coche, el 127 verde que heredé de mi querido amigo Tomás, y ver romper las olas junto al faro del Pescador, que hoy tengo en un grabado de mi cuarto de estar; un grabado que me regalaron en el que fue mi instituto annos después cuando volví para hablar de medallones perdidos. También solía ir al cabo de Ajo y contemplar el faro desde lejos porque no dejaban acercarse, no sé muy bien por qué. Al faro del Caballo nunca llegué a ir: hay que bajar, y por ende subir después, más de trescientos escalones y mis rodillas nunca estuvieron para ese tipo de alegrías.

En noruego la palabra para faro es "fyr", que es la misma que para "encender el fuego", "alumbrar", y también la expresión coloquial para "hombre". Me gusta este juego polisémico: el faro es el que da luz en la noche y desde los barcos parece un hombre erquido en la lejanía; un Prometeo presto a dar el fuego de la vida, un fuego recién robado a los dioses de la tierra para iluminar a los hombres, navegantes en las tormentas, errantes en infinitos buques fantasmas.

Una cabanna en Noruega II

La cabanna se llama BEKK-KROKEN, que quiere decir "El recodo del río", que es justo donde se encuentra situada. Cuando vengo aquí hay una serie de libros que me gusta releer: sin duda el favorito es el DIARIO de Dorothy Wordsworth, la hermana del poeta romántico William del mismo apellido, y que escribió durante su estancia en el distrito inglés de los lagos, en Grassmere. El libro es fascinante por varias razones: una de ellas es que comenta los poemas que su hermano va escribiendo e incluso algunos de sus motivos, por lo que se va viendo el propio proceso creador del poeta, e incluso su dependencia literaria de las impresiones que su hermana va recogiendo en su cuaderno; pero para mí el interés mayor del librito es la propia visión de la vida de esta mujer, que vivió por y para William, que cambió el tono de sus escritos completamente a partir del matrimonio de él con Mary, sus descripciones del paisaje de colinas suaves, sus largos paseos por los montes y los prados de un lago a otro, su amistad con el poeta Coledidge. Hace annos pasamos unos días en el LAKE DISCTRICT y dormimos en una casa que también tenía nombre: "Stepping Stones", porque está junto a un río en el que unas piedras, sobre las que hay que saltar más que pasar, sirven de puente. Esa casa había pertenecido a la familia de Coleridge y se desayunaba en un viejo servicio de porcelana inglesa con flores en colores rosados. La cama tenía dosel y el váter era un sillón bajo cuya tapa se escondía el prosaico agujero. Probablemente el "Bed and Breakfast" más fascinante en el que he dormido. Ese y el del castillo normando de Durham, también en Inglaterra: el castillo sirve de residencia de estudiantes durante el curso y en verano se convierte en hotel. Las habitaciones no tienen banno y para llegar a los aseos comunitarios hay que recorrer los pasillos oscuros y varios tramos de escaleras, jalonados por la decoración de lineas quebradas del estilo normando. Nunca hacer un pis fue más complicado. Ni más tenebroso. Me sentía como Lady Macbeth con la vela en la mano, en sus paseos por los corredores del castillo de Cawdor en camisa de noche.

Pero estaba hablando de Dorothy Wordsworth. De ella dicen que tenía una relación más que fraterna con su hermano; algo así como la que tenía Byron con su medio hermana Augusta. Tal vez por eso sus diarios se convierten en más triviales después de la boda, y parece que un viento gris haya recorrido sus páginas. A mí me gustan sus paseos por el campo. Antes, cuando yo paseaba por las montannas me gustaba coger flores y hacer varios arreglos que dejaba en diferentes lugares de la cabanna. Ahora no. Desde que leí que un día Dorothy cogió una flor, creo que era una flor de fresa silvestre, la miró y la volvió a dejar, pensando "dejemos vivir lo que está vivo". Desde entonces me cuesta más trabajo coger una flor y le pido casi hasta permiso.

También me gusta leer aquí PAN, de Knut Hamsum, que me costó mucho trabajo encontrar en castellano. Al final lo conseguí en una vieja edición de cubierta en piel color burdeos que adquirí en la Feria del libro viejo en el Paseo de Recoletos. Ahora intento leerla en noruego, pero hago trampas: como ya me sé la historia, las descripciones de la naturaleza noruega, la luz de las noches blancas, los lugares, voy siguiendo el texto original y me creo que soy capaz de leerla en noruego y me quedo tan contenta.

A veces creamos mentiras para hacernos felices incluso hasta con estas pequennas cosas.

Otro libro que releo es KRISTIN LAVRANSDATTER, de Sigrid Undset, que también fue Premio Nobel igual que Hamsum. El libro está traducido al castellano desde hace pocos annos. Es una historia ambientada en la Edad Media (que no novela histórica) sobre una mujer (Kristin) que lucha por su amor (Erlend de Huseby) contra todas las tempestades habidas y por haber. Una historia de amor en la que el amor defrauda (Erlend, por supuesto, no le llega ni a la suela de la zapatilla) pero en la que se sigue luchando porque a nadie le gusta reconocer que ha fracasado en el combate de la vida. Liv Ullman la llevó al cine como directora, pero la película no obtuvo las mejores críticas pese a ser espléndida. Ullman no es profeta en su tierra; aunque nació en Asia, su familia es de Trondheim y ella se considera de aquí. Ha vivido mucho en Suecia con Bergman y después, pero es noruega, y la hija que tuvo con Bergman, Linn Ullman, es una de las mejores voces de la novelística noruega contemporánea. Hace annos en Trondheim la nombraron algo así como hija predilecta y estuve en la ceremonia de homenaje en el "OLavshallen", que es como el Auditorio pero en noruego. También nombraron hijo predilecto al violinista Arve Tellefsen, que sí que es profeta en su tierra, y que toca con las mejores orquestas del mundo.

Pero estos días he estado leyendo un libro nuevo en la cabanna y en el mundo editorial. Es el LIBRO DE RÉQUIEMS, de Mauricio Wiesenthal, al que conocí en los Encuentros Literarios de este mayo en Albarracín. Compartir mesa con él fue un deleite, escuchar su conferencia fue un descubrimiento, y leer su libro ha sido el mayor placer literario de los últimos tiempos. Hace un recorrido por su vida y por sus maestros en el mundo del arte, desde el entusiamo y la pasión de un hombre que ha vivido en el sentido más absoluto de la palabra. Habla de lugares y de personajes que también forman parte de mi imaginario, de manera que en un comentario vanidoso diré que cuando lo leía me parecía que el libro estuviera escrito para mí. Por sus páginas aparecen Wilde, Casanova, Lucia de Lamermoore, la Liguria de las Cinque Terre, Porto Venere, Byron, Taormina, Diaghilev y hasta Alfonsina Storni, cuya canción me ha acompannado desde una noche en el Parque Pignatelli en que la oí por primera vez hace más de veinte annos. La cantaba una chica que estaba acompannada por varios muchachos. Begonna y yo nos adherimos al grupo. Muchos annos después reconocí a uno de aquellos jóvenes en el florista de la tienda donde encargué un ramo de cien rosas para el cumpleannos secular de mi abuela.

A mi abuela le gustaban las violetas y alguien le regalaba las primeras violetas durante muchos annos cada 22 de enero, que era el día de su aniversario. La capa de Carlota es de color violeta y a mí me gusta comprar caramelos de violeta cada vez que vuelvo a Madrid. Junto a esta cabanna, a la orilla del río crecen las violetas silvestres de los bosques (skogfjol). Wiesenthal pintó las paline de su casa en Venecia de color violeta porque es su flor y su color preferido desde que leyó las palabras de Ofelia en HAMLET.

A mí me gustan estas casualidades.

Y algunas otras.

Una cabanna en Noruega

No se si estáis ahí, o no. En cualquier caso, yo sí que estoy. Lo de cabanna es porque este ordenador no tiene todas las letras del alfabeto del castellano. En cambio tiene otras como: æ,ø,å, que también son muy divertidas.
La primera vez que vine a estas montanas y a esta cabana era invierno. Y el invierno de estos pagos implica nieve, mucha nieve, y hielo, mucho hielo. Jørgen me había dicho que teníamos que subir esquiando porque la carretera estaba cerrada para los coches en diciembre. No me lo creí hasta que no llegamos, y efectivamente, no se podía subir con vehículo alguno. Nunca me había puesto unos esquís. Aunque viví muchos annos en Zaragoza y tenía el Pirineo cerca nunca fui a esquiar. Bueno, una vez que mi prima Conchi me dejó sus esquís y fue un desastre, en una pista llena de gente vestida con la última moda en ropa deportiva invernal. Pero aquí no quedaba otro remedio. Así que me calcé unas botas especiales y unos esquís que habían sido de Elia, que ya hacía ya tiempo que no esquiaba. Con el equipo heredado comencé la ascensión, mochila a la espalda, de poco más de un kilometro cuesta arriba entre bosques de pinos y de abedules desnudos. Los esquís se resbalaban hacia abajo y yo tenía que hacer una fuerza suprema para mantenerme en pie. Nunca he sudado tanto a 15 grados bajo cero. Por fin lo conseguí y llegamos a la cabanna. Bueno, él había llegado media hora antes que yo con una mochila más pesada.

Había que coger agua para beber; nada tan fácil como llenar un cubo de nieve, pensé, pero no. Había que cogerla del río. Pero el rio estaba helado y debajo de un metro o más de nieve. También Jørgen me había contado como se obtenía el agua: con un pala para quitar la nieve, un pico para romper el hielo y llegar al agua que sigue corriendo por debajo, tan suave que no se oye desde arriba, enterrada por tanto manto blanco. Tampoco esto me lo había creido del todo cuando él me lo contó en la cafetería de la estacion de Zürich, sentados ante una taza de té. Pero era verdad, a quince bajo cero había que picar en el hielo para obtener agua, fresca, eso sí. Y así ha sido cada vez que he venido a estas montannas en invierno. Pero ahora es verano y no hay hielo, y el río deja sus voces alrededor de la cabanna, y cae en una cascada justo debajo de la ventana de mi dormitorio. Y me arrulla todas las noches.

Hay un poema del romántico inglés Keats en el que se dice: "The songs of birds, the wispering of leaves, the voice of waters". Sí, las voces de las aguas, que unas veces hablan, y otras permanecen en el silencio helado.

En las nubes

Un paseo por las nubes era el titulo de una pelicula pero es lo que se hace cuando uno va en avion. Yo me acabo de pasear entre y sobre ellas, y luego debajo. Aqui pasa muchas veces que hay sol encima y te tienes que poner las gafas de sol dentro de la cabina, pero luego bajas a tierra y todo empieza a ser gris. Tambien pasa que de dia llueve y de noche sale el sol. Hoy el dia esta tambien luminoso, pero llevo dos mangas, aunque aqui el personal ya va en tirantes, con escotes y con esa sonrisa de oreja a oreja que se les pone a todos los noruegos en cuando sale el sol.

A veces, casi siempre, el sol y lo gris son solo cuestion de matices.

Me cierran la biblioteca. Apagan la luz y tocan las campanas. Aqui son asi.

Nodesaparezco

No me echeis todavia de menos que sigo siendo peligrosa, asi que aqui me teneis en el aeropuerto de Copenhague conectada viendo aviones y gentes que van y vienen.Mi amigo Rick dice que estar en un aeropuerto es como no estar en ninguna parte. Son lugares que no son lugares. MIconsciencia de estar o no estar, de no saber en cual de los cuatro aeropuertos por los que debo pasar hoy depende del efecto de los orfidales sobre mis neuronas.

Pero por aqui planea Hans Cristian Andersen y alguna que otra sirena. Fui la primera en llegar a Barajas y me regalaron un billete en Bussiness,asi que voy bien comida y bebida: te saludan con champan para darte la bienvenida. !Vaya semana!

A veces pasan estas cosas. Y otras. Y hay otras que no pasan.

A veces tambien pasa que el ordenador en el que estas no tiene acentos /tildes. No es que me haya dado una crisis paranoica contra ellas, es que aqui ni tildes ni esa consonante nasal palatal que esta en el nombre del pais.

Este es un aeropuerto silencioso y hay un Cafe que se llama Karen Blixen. Muy cerca de aqui esta su casa danesa,con las cortinas que arrastran hasta el suelo como a ella le gustaban, con los dibujos que hacia de sus kikuyos,con arreglos florales de su jardin como le gustaban a ella, a la baronesa,que utilizaba su vajilleria probablemente de ROYAN COPENHAGHEN en medio de la sabana de Kenia. Aqui tambien las venden: una taza con dibujos de la flora danesa vale unos mil euros. Por aqui no hay muchas baronesas que las compren.

Yo tampoco.

Esperad mis comentarios casi a diario desde el norte, sin tildes, eso si. Y buenas vacaciones.

Maletas

Hoy es un día raro, de esos en los que tienes que sacar la maleta, y no sabes si coger la mediana o la grande. Tienes que coger un tren, un taxi, un avión, otro avión, recoger la maleta, volver a facturarla, coger otro avión más, recorrer treinta kilómetros más en coche y, por fin, deshacer la maleta.

Recuerdo mis primeros viajes en tren, con mis padres y mi abuela. Mi padre llevaba siempre las maletas, una de cada mano,por aquellos largos y estrechos pasillos de los trenes de antes. Refunfuñaba un poco, pero nada más. Yo, como era pequeña, me libraba de tener que acarrear algo. Iba cogida de la mano de mi madre y ya estaba.
Ahora las maletas desaparecen en una cinta transportadora y viajan contigo dentro de la bodega del avión. De vez en cuando llegan uno o dos días después que tú, porque si se retrasa el primer vuelo, a ti te llevan en un carrito y te meten en el segundo, o en el tercero, pero la maleta se queda en algún aeropuerto hasta el día siguiente. Así que en el bolso de mano siempre hay que llevar unos cuantos "porsiacasos".

Hoy también es un día de despedidas, de compañeros, de familia, de amigos. Tengo que quedar con tanta gente hoy que no sé cómo organizarme la tarde. Y aún no he hecho la maleta, ni siquiera la he sacado de su escondite. Seguro que esta vez me dejo algo en tierra.

También hoy es uno de esos días en que me acuerdo de una frase de Hölderlin en su libro HIPERION, que es el libro que más subrayado tengo de toda mi biblioteca. Hölderlin es, con Novalis, el gran poeta del romanticismo idealista alemán. Murió enloquecido en casa de un carpintero que lo encontró en la calle y que lo acogió durante los últimos años de su vida, de su locura, que fueron casi media vida. La frase que hoy me hace pensar es: "El hombre es un dios cuando sueña y un mendigo cuando reflexiona". Y siempre me viene a la mente en los días finales de algún que otro curso, cuando me voy por enésima vez de algún lugar para irme, por enésima vez, a otro.

Hoy toca hacer maletas y reflexionar: sobre qué calcetines me llevo y sobre otras cosas más que no os cuento.

Seducciones

Hay varios tipos de hombres seductores: Don Juan, que es un conquistador, coleccionista de los de aquí te pillo aquí te mato, que sólo busca añadir una mujer más a su lista, una mujer que no es sino un pañuelo de usar y tirar; Casanova, que era un ilustrado veneciano para el que la conquista se convierte en un alambicado juego rococó, de mentiras, por qué no, pero que seduce mediante la palabra y deja que la mujer entre en el juego y lo disfrute; y luego están los que procuran un sistema de acoso y derribo. Esos son, simplemente, imbéciles.

Me gusta sobre todo Casanova que, además, existió y vivió en Venecia, y se escapó de las mazmorras del Palacio Ducal y murió de bibliotecario en un castillo de Bohemia. Se dice que Giacomo Casanova se encontró una vez en Venecia a Lorenzo da Ponte, el libretista de Mozart, cuando escribía el texto de la ópera DON GIOVANNI. Según la leyenda, que recoge un espléndido relato de Michel Tournier, el seductor veneciano le habría sugerido al escritor italiano que evitase a su personaje el componente diabólico y oscuro y contrarreformista del don Juan de Tirso de Molina, y que le diese un toque más refinado, más amante de la alegría y de la libertad. Y efectivamente, así es el Don Giovanni mozartiano. A mí me gustaría ser Zerlina y que él me dijese eso de "Lá ci darem la mano, lá mi dirai di si..." Y seguro que le decía que sí antes de que llegase doña Elvira a fastidiar la escena.

Las mujeres, sólo faltaría, también seducen. Dice un compañero mío que algunas lo hacen con el vestido, y no siempre para seducir a un hombre en particular sino al género masculino indefinido. Otras mujeres seducen mediante la danza. Es el caso de Salomé, que consigue su objetivo a través de una erótica danza. Así es la Salomé de Oscar Wilde, que baila para poder besar la boca de Jokanaán, aunque sea en una cabeza cortada; la de los dibujos de Aubrey Bearsley que ilustró el libro del irlandés en sus primeras ediciones; la de los lienzos de Gustave Moureau, queu luego describió Huysmans en su decadente novela A CONTRAPELO.

Otras veces la danza es, simplemente, una maravillosa excusa para abrazar a alguien aunque sólo sean tres minutos.

Una obra de arte de nueve minutos

Una grieta en la pared después de una tormenta puede acercar dos mundos que estaban condenados a vivir de espaldas. Eso es lo que ocurre en el cortometraje SONRISAS, de Pilar Palomero, que presentó ayer Cristina de Prado en Zaragoza. Un joven inmigrante de algún país del este y una mujer separada con dos hijas viven sus soledades a cada lado de la pared en la que se abre la grieta.

El corto es al cine lo que el relato breve es a la literatura. Es un género de pequeño formato pero no menor. Hay que contar una historia con pocas imágenes y con pocas palabras. Y eso es lo que hace Pilar Palomero de una manera magistral. Es su "opera prima" pero parece una obra de madurez. Y eso en todos sus aspectos: la idea de la que parte es en sí misma atractiva, con esas reminiscencias de la fábula mitológica de Píramo y Tisbe; los puntos de vista de la cámara, a la vez narradora y descriptiva; la dirección magnífica de los actores; la música de Andrés Acebes compuesta expresamente y que la realizadora ensambla creando una coreografía total. Pilar Palomero sabe lo que hace y ha creado un filme breve, conciso, espléndido, en el que las palabras y los silencios se funden en ese acto de comunicación que propicia la grieta. Una obra de arte de nueve minutos.

Una joya que, además, nos enseña que de la catástrofe puede nacer la belleza, la bondad, las sonrisas.