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AL ESTE DEL CANAL, blog de ANA ALCOLEA

URGENCIAS

A veces pasan cosas que te llevan a otras cosas.

Ayer acompañé a alguien al Hospital y me encontré con otro alguien. Ese alguien era la enfermera que atendió a mi madre en la peor de nuestras noches hospitalarias. Nunca fueron mejor bienvenidas las palabras, las sonrisas, el gesto amable. Nunca mejor que aquella noche en que ella iba y venía con su uniforme verde, sus sondas, sus jeringuillas. Y su sonrisa confortante.

No la volví a encontrar después cuando volví. Tampoco supe su nombre hasta anoche. Supongo que tampoco la busqué lo suficiente en su momento. Muchas veces, salir por la puerta del hospital lleva aparejado el olvido.

Ayer le pude dar las gracias.

Por fin.

CUERPOS

Mis compañeras de gimnasio están mucho más buenas que yo. Esta premisa inicial debería sumirme en la más absoluta desesperación, pero no. Una tiene ya una edad en la que acepta haber ganado alguna talla y haber perdido ritmo y flexibilidad.

Hubo un tiempo en que fui entrenadora de Gimnasia Rítmica. Un tiempo de seis años, que no está mal. Fue una de esas cosas que pasan en la vida y con las que no contabas: en clase de Educación Física siempre fui un desastre. Me venía la visita mensual de manera extraordinaria cada vez que tenía un examen en el que debía hacer el pino, saltar el potro y lindezas similares. Pasaron los años y llegué a COU, curso en el que no había Educación Física. Fue entonces cuando me apeteció hacer algo con mi cuerpo y empecé con la Rítmica. Me hice entrenadora. Se lo conté a mi antigua profe del cole y no paró de reír durante un buen rato, cuando por fin entendió que no le estaba tomando el pelo. Por supuesto no se lo podía creer.

Mis niñas eras preciosas, frágiles, delicadas, fuertes y duras al mismo tiempo. Eran como diamantes que se iban puliendo en cada clase hasta convertirse en gráciles criaturas danzantes, brillantes con decenas de fases.

Las niñas tenían unas piernas maravillosas después de muchas horas de trabajo en la barra. Pero yo nunca conseguí hacer una zancada en condiciones.
Después de casi veinte años (otra vez, como en el tango) vuelvo a trabajar mis brazos, mis piernas y otras partes de mi cuerpo que no nombre por pudor. No pretendo ser la más estupenda
de la clase; me conformo con sudar y recuperar parte de mi antigua cintura.

Casi nada.

MELANCOLÍAS

La BUTTERFLY me parece la ópera más melancólica: esa mujer niña que ama sabiendo que no es amada, que se refugia en su quimera maternal para sobrevivir. Cuando la despiertan de su sueño, cuando le arrebatan todo sólo le queda morir. Como las mariposas, es bella y frágil, y sus alas no son sino polvo, dorado, eso sí, pero polvo qeu se desvanece igual que los sueños, porque los sueños están hechos de polvo: "the stuff dreams are made off", se dice en ese testamento literario shakespeariano que es LA TEMPESTAD; esa obra en cuyos últimos versos Próspero dice aquello de "ya no tengo genios que me obedezcan, y mi final es desesperación".

Recuerdo que hace muchos años (más de veinte, de casi todo hace ya más de veinte años) vi una TEMPESTAD en el Teatro Principal de Zaragoza. Próspero estaba interpretado por Nuria Espert, y Ariel era un espejo, un reflejo: un espíritu del aire tal vez no sea más que un reflejo, un sueño, una no existencia, materializada sólo en la voz de Próspero/Espert.

Poco antes, Cervantes habló de quimeras y creó al ingenioso hidalgo. Leo estas noches el preciso libro que este año (de celebraciones, pobre Don Quijote, lo tenemos convertido en todo, tal vez incluso en cereales para digerir mejor su aniversario) ha esrito Gustavo Martín Garzo e ilustrado Pablo Auladell. El libro se titula DULCINEA Y EL CABALLERO DORMIDO y le da voz a una refinada Aldonza reconvertida en Dulcinea que cuenta e interpreta las aventuras de Don Alonso/Don Quijote:

"Y por eso el libro qu aquel morisco escribiera, más allá de las risas que solía provocar, dejaba en quienes lo leían un poso tal de melancolía, como si el fracaso del caballero viniera a ser el fracaso de todoso los hombres, siempre en busca de lo que no puede ser, siempre pidiendo más, siempre entregando su vida a sueños que nunca verían cumplir" (página 22)

Don Quijote no es atravesado por la lanza del mentido Caballero de la Blanca Luna, pero en la playa de Barcelona acaba muriendo simbólicamente el caballero Don Quijote: "Aprieta, caballero, la lanza y quítame la vida, pues me has quitado la honra".

La Butterrfly de Puccini sí muere atravesada por su daga, la misma que el Mikado envió a su padre con la invitación de usarla en sí mismo, y acaba cnvertida en una de esas mariposas apuñaladas por un alfiler y clavadas en una tabla.

La lanza, la daga, las mariposas de polvo dorado que se queda entre los dedos del zafio Pinkerton. El honor de Don Quijote muerto a manos del doblemente fingido bachiller: caballero que no es de los Espejos y de la Blanca Luna, que no son sino mentiras, reflejos de otras luces.

Que no son lo que parecen ni lo que quieren parecer.

Don Quijote.
Próspero.
Butterfly.

Fracaso. Despesperación. Melancolía.

TARDES

Tardes en las que algunas celebran sus cumpleaños: bienvenida al club de la "cuarentena", Nuria querida. Menos mal que no nos encierran para evitar que lo nuestre se contagie a los demás, a los de cuerpos estupendos.

Voy a ver a Antón, y en todos los escaparates que van de mi barrio a Independencia veo mi silueta reflejada: decido que éste es el día. Me apunto a un Gimnasio porque ya está bien de comprar pantalones nuevos.

Y porque la parte material de mí misma también tiene que ser alimentada con más cosas que champiñones y antiinflamatorios molares. Dejaremos al Dante para el espíritu. Gracias, Dani, por tu aportación. Y bienvenido a este cuaderno.

Sois todos como los espíritus amantes del "Paraíso".

Me gusta.

EL DANTE

Hay días (y noches) en que la cabeza sólo da para soportar un terrible dolor de muelas. Es el caso del día (y de la noche de ojos abiertos de hoy). Así que me limito a copiar (creo que salimos todos ganando) unos versos de Dante en el "Paraíso" de su DIVINA COMEDIA. Utilizo la premiada traducción de Ángel Crespo, en la bellísima edición ilustrada por Miquel Barceló:

"Si se mirase más en vuestra vida
el fundamento puesto por Natura,
mejor fuera la gente dirigida.
Mas vosotros torcéis a la clausura
al que nació para ceñir espada
y hacéis rey al que el hábito procura:
y así marcháis por fuera de la estrada".

Pues eso, que hay que procurar mirar los dones de la Naturaleza.

Aunque los antiinflamatorios "puestos" por el hombre son "fundamentos" que se agradecen.

ZAMORA

Dicen que Zamora no se tomó en una hora. Debió de ser verdad porque también la llamaban "la bien cercada", por sus tres circunferencias de murallas.

He tenido un fin de semana zamorano y casamentero: se me ha casado alguien muy entrañable y la boda ha tenido esa calidez que falta tantas veces en este tipo de ceremonias. Y el entorno bellísimo, como debe ser.

Zamora es una de esas ciudades desconocidas que ofrecen mucho más de lo que algunos visitantes esperamos. Recién restaurado su centro histórico con motivo de la exposición "LAS EDADES DEL HOMBRE", muestra hermosos ejemplos de iglesias románicas en plena ciudad, así como recoletos edificios modernistas. La catedral, con su cimborrio orientalizante, de tamaño humano. Un placer haber descubierto esta ciudad.

Los novios nos dejaron planos y folletos informativos de la ciudad, así como un resumen de la historia de Bellido Dolfos, y el poema que ha ganado el último premio de poesía local: se cuenta en romance el episodio medieval del cerco de Zamora. Allí, Bellido Dolfos, "hijo de Dolfos Bellido" no es el traidor; lo es Sancho II, que no se conformó con la repartición de los reinos que hizo su padre.

Y es que la historia es así: depende de quien la cuenta.

Como casi todo en la vida. Claro.

EXÁMENES

Días primeros de septiembre. Sinónimos de exámenes. Algunos chicos han pasado el verano estudiando y con ello sus padres han pasado en verano en la cálida Zaragoza. Algunos aprobarán. Otros no. Otros no han abierto ningún libro ni siquiera para abanicarse: las revistas de motos son más ligeras para ser mecidas de un lado a otro y provocar ese engañoso movimiento del aire que alivia los sofocos.

Yo también me examiné una vez en septiembre, bueno, tres: primero fueron las matemáticas, y recuerdo un caluroso verano de academia zaragozana. Luego fue la filosofía, sin academia, pero con muchos libros a mi alrededor, tantos que no supe por donde empezar hasta que llegó agosto.

La tercera fue la del carné de conducir: el profesor me hizo llorar una mañana en que mi ánimo no estaba para muchas alegrías. Pero aprobé en la primera tentativa. Con él, aprobaban todas. Y todos.

De todo eso hace ya más de veinte años.

De casi todo empieza ya a hacer más de veinte años.

AVISOS VARIOS:

1.- Uno de los colaboradores de este blog apareció ayer entrevistado en EL PAÍS, sección CIBERPAÍS. Si no tenéis el periódico, podéis leer el reportaje en el blog de Antón Castro: www. antoncastro.blogia.com
FELICIDADES, Javier.

2.- Otro de los colaboradores de este blog se casa mañana. También desde aquí nuestros mejores deseos.
FELICIDADES, Juan.

MÁS HUMO

Antes, la primera impresión que tenía al llegar a Barajas erea aromática: olía a tabaco. En cuanto ponías pie en tierra, empezabas a oír el ruido de los mecheros ansiosos de prender un cigarrilo que llevaba tres horas esperando en el bolsillo de un pantalón a ser incinerado. Ahora, el mechero ha sido sustituido por el móvil: conectarlo, leer los mensajes, llamar (muchas veces innecesariamente, ¿qué hacíamos cuando no había móvil?) a alguien. El caso es tener algo que hacer con las manos. Parece que los humanos tenemos una especie de "horror vacui" muy peculiar que se traduce en necesidad de no tener las manos quietas, y de mover algo entre los dedos para llevarlo a la boca o a la oreja o a la nariz.

Antes, yo era mucho más beligerante con el tabaco que ahora. Debe de ser que los años me hacen más tolerante, o tal vez sea que la ausencia de humo en los lugares públicos lo convierte en un elemento raro y apetecible. O quizás sea que me gustan mucho algunas personas que siguen fumando. O simplemente sea que nos acabamos acostumbrando a todo.

En la vida nos tenemos que acostumbrar a muchas cosas. A lo mejor es que vivir es eso: ir aprendiendo a acostumbrarse a la vida. Aunque sea la que no esperábamos. O peor aún: aunque sea la que sí esperábamos, pero no era como esperábamos que fuese.

Sea una cosa y otra, se acabará convirtiendo en humo.

Ñ

Pasar fuera del país el verano tiene sus cosas: ahora me cuesta trabajo poner las tildes sobre las vocales de una manera directa, y ya puedo poner la -ñ-.

Pasar el verano fuera del país tiene otras cosas; por ejemplo, si estás en Noruega:

- No hay que ver las caras de nuestros políticos todos los días en el telediario.
- Puedes ver una película en la televisión sin que te la corten periódicamente para aconsejarte a que compres cuatro coches, tres cremas, cinco chocolatinas y un detergente.
- Puedes ver esa misma película en versión original y no tener que escuchar a Robert Redford (es un decir) hablando un idioma ajeno.
- No tienes que ver verjas y rejas en todas las casas de la ciudad: bajos, primeros pisos, etc.
- No tienes que ir a un restaurante y salir apestando a tabaco.
- No tienes que ver las caras de esos futbolistas llamados galácticos en los periódicos. Caras que te recuerdan que eres una pardilla que por mucho que te esfuerces en trabajar nunca conseguirás ni una centésima parte de lo que ellos ganan por cada patada bien o mal dada a un balón, mientras corren detrás de él con pantalones cortos.

Siempre me cuesta unos días adaptarme, al olor a tabaco, a la televisión, a las rejas..., y a la -ñ-.

A veces la percepción del tiempo y del espacio nos traiciona. Especialmente gracias al avión: tu cuerpo está ya en el destino, pero tu espíritu se queda aún unos días en el aeropuerto de origen.

Con las diligencias no pasaba esto.

Ni muchas otras cosas.

FÜRTWANGLER

Øivind nunca estuvo en el piso de abajo. Él se fue sin avisar, como Concha, como Jesús, de otra manera, pero igual de deprisa.

Øivind vivió un anno en Londres en 1947. Fue a estudiar los tipos de café y su comercialización. Parece un poco raro pero es verdad. Acababa de terminar la guerra, había hambre y pobreza también aquí en el norte, y a él su jefe lo mandó a estudiar café a Londres. Con todos los gastos pagados. Entonces tenía treinta annos y dicen que era el hombre más guapo de la ciudad. Lo creo. He visto sus fotos de juventud, y lo conocí con sus setenta elegantes annos. Era un gentleman de los de otros tiempos.

Øivind fundó el primer grupo de jazz en la ciudad y siempre tocó el piano. Ese piano gris en el que estos días intento encontrar alguna melodía con poca fortuna. En Londres escuchó a Fürtwangler. Dicen que fue el concierto más polémico de la historia: dos annos después de acabar la guerra, tocaba en Londres el hombre que había dirigido la Filarmónica de Berlín en los annos treinta. De él se ha dicho de todo: unos dicen que miraba hacia otro lado cuando las SS venían a buscar a los músicos judíos de su orquesta, otros dicen que interdeció por ellos ante las autoridades nazis sin fruto. Sus biógrafos tienen la tarea. A mí, ahora, me quedan otros recuerdos: su FLAUTA MÁGICA, majestuosa, muy diferente de la más mística de Otto Klemperer, o la más vitalista de Solti (esta última con una maravillosa Pilar Lorengar como Pamina). Y sus Sinfonías de Beethoven. Øivind en Londres lo escuchó dirigir la Séptima Sinfonía. Cuarenta annos después recordaba ese momento como el más grande vivido por él en una sala de conciertos.

Poco despúes, un día de mayo de 1995, yo escuchaba el andante de esa sinfonía en una iglesia de Trondheim. Øivind había elegido ese movimiento de la Séptima de Beethoven para su funeral. La misma sinfonía que en 1947 Fürtwangler había elegido para su primer concierto en Londres después del infierno.

EL PISO DE ABAJO

Después de varios días críticos, Elja ha vuelto a casa. En realidad, la casa de Elja no es una casa, es una de esas residencias para ancianos que aquí llaman OMSORSBOLING O SYKEHJEM. Elja lleva tres annos viviendo en un apartamento con asistencia continua: las enfermeras y asistentes van y vienen a menudo, y siempre que necesita ayuda, aprieta el botón de alarma que cuelga de su cuello y alguien acude muy pronto. La residencia es nueva y está situada en una de las zonas de desarrollo urbanístico moderno de la ciudad, junto al fiordo. Desde la terraza del piso se ve ese mar encerrado que ayer estaba especialmente gris.

Pero nunca he visto a ningún anciano asomado a la ventana, o sentado en la terraza. La edad da demasiado frío.

Elja no quería bajar al piso de abajo: allí residen los más enfermos, los pisos son solo habitaciones con banno, y hay zonas comunes. Bajar al piso de abajo del edificio es como bajar un piso en la carrera descendente de la vida. Todo el mundo que vive allí lo sabe. A Elja le han dado el cuarto de la esquina occidental. Está casi encima del mar, pero no lo puede ver. Está tan cerca que se oyen las olas aun con la ventana cerrada, pero no lo puede oír. En el pasillo, una mujer canta en voz alta una canción que habla de Shanghai; otra se pasea con un munneco de trapo en forma de pingüino. En el comedor, el hombre que se parece a Furtwangler bebe un café mirando quién sabe qué en el fondo de la taza.

No, ella no quería bajar al piso de abajo.

CUCHARILLAS DE PLATA

En mi casa no había cubertería de plata. La clase trabajadora y funcionarial a la que ha pertenecido mi familia desde las últimas décadas comía con cubiertos de acero inoxidable, como mucho de alpaca plateada. La plata estaba reservada a las familias de la alta burguesía. Al menos eso creía yo de pequenna. Las cuberterías de plata estaban rodeadas para mí de un cierto sabor de clase y elegancia. Muy cierto, sí.

Por eso la primera vez que vine a Noruega me creí que aquí todos eran ricos: en todas las casas en las que estuve invitada a cenar o a tomar el té había servicios completos de plata. Cucharillas de diferentes tamannos con el mango lleno de filigranas que dibujaban rosas, espirales y formas de los viejos días; tenedores minúsculos de dos púas (como los que se inventaron en la Venecia del siglo XIV, los de tres púas los inventó Leonardo, según he leído en un libro de cocina escrito por el propio da Vinci) para el salmón o los arenques en salsa; paletas para las tartas, cuchillos para la mantequilla, pequennas pinzas para los azucarillos... En fin, un tesoro plateado en cada casa que visitaba. Los propietarios, profesores, intelectuales que repudiaban la plata en los annos sesenta y setenta porque era cosa de las abuelas, y que ahora la muestran en cada ocasión propicia, y la usan en cuanto tienen invitados en casa. Sé de alguien que en los setenta vendió toda la plata heredada para pasar una semana de vacaciones en París.

Lo mismo hago yo con la parte que me ha tocado (utilizarla, no venderla para ir a París): cuando uno se casa, los regalos de boda suelen ser piezas de cubertería de plata. Esta es la razón por la que aquí todo el mundo,o casi todo el mundo, las tiene.

Hoy he estado en una tienda de antigüedades y he comprado algunas piezas, tres para regalar, tres para mí. Son mucho más baratas que las que compras nuevas en la joyería y tienen ese aire vivido de lo usado. No puedo dejar de preguntarme a quién pertenecieron y en qué momentos de su vida alguien las usó o las dejó en el cajón.

El caso es que a mí, que soy una chica de barrio (lo de chica tal vez debería cambiarlo, pero no, todavía no)y me gusta serlo, me gusta también eso de servir el té, las pastas y la mermelada con las cucharillas de plata. Observar las espirales de sus dibujos, tenerlas entre los dedos, tocar el brillo satinado por la pátina de los annos, de otras manos.

Pequennos placeres para tener entre manos.

HUESOS

Me duelen todos los huesos de los que tengo conciencia que existen en mi cuerpo. Hoy he terminado de recolectar-depredar mirtilos y "multe" junto a la cabanna. Más de tres quilos de mirtilos uno a uno. Con azúcar son una delicia que sabe a bosques y a montannas. Mannana pediré una receta muy exquisita de mermelada a ver si soy capaz de hacerla.

Entre mirtilo y mirtilo, la lectura de estos días es MEMORIA PERSONAL de Antoni Tapiès. Una autobiografía traducida por Pere Gimferrer que muestra al gran escritor que es el pintor catalán. Hace dos veranos visitamos su museo en Barcelona, y me impresionó especialmente su Biblioteca: hay decenas de libros solo de arte africano. Copiaré aquí un párrafo sobre lo que es su concepto del arte, que me parece sugerente y evocador. Apropiado para la meditación:

"La finalidad del cuadro no era representar cosas, no tenía que describir cosas, como la pintura académica, la impresionista e incluso, en parte, la cubista, sino que debía ser una cosa, un objeto cargado de energía mental que el artista le incorpora, una especie de carga eléctrica que, al ser tocada por el espectador de sensibilidad adecuada, es decir, de su misma onda, desencadena determinadas emociones. [...] Yo decía, en sentido figurado, que el "valor de presencia" tenía que ser tan fuerte como el de un talismán o de un icono que, sólo con tocarlos con la mano o aplicándolos al cuerpo, hicieran sentir sus efectos benéficos. En estas ideas hay que reconocer también la influencia de las artes mágicas, del arte negro y oceánico".

Una carga eléctrica.

Un escalofrío.

Una emoción.

Ante un cuadro, en un teatro de ópera, en la página de un libro.

En el color de los mirtilos de hojas ya rojas porque el otonno está llegando a estos bosques.

En el sabor de los mirtilos que me acabo de comer.

DISCURSOS

DISCURSOS

Los noruegos son muy dados a los dicursos en todos los eventos. La primera vez que escuché discursos en una fiesta privada fue en la boda italiana de mi amiga Bianca; habló el padre, el novio, la madre del novio... Luego ocurrió lo mismo en la de su hermana Nunzia, y en la boda galesa de mi amiga Helen.

Pasaron los annos y en Noruega asistí a diferentes "celebraciones" con discursos: la más hermosa, entrannable y dura fue la del funeral de Øivind, para el que él mismo había organizado el orden de los discursos y los poemas que se debían leer. Después, una comida en un restarurante para los asistentes que habían sido previamente invitados. El anno pasado, yo misma leí unas palabras el final del funeral de mi madre en Zaragoza.

Hece unos días asistí en Trondheim a la fiesta del 50 cumpleannos de Sissel, una amiga. No hubo uno ni dos ni tres discursos, sino varias horas en las que se sucedieron "taler" (aquí los llaman así) y canciones escritas para la ocasión. No me fue difícil desconectar en el quinto o en el sexto, qué más da, especialmente cuando duraba ya más de media hora.

Hay una cosa que opino de este tipo de discursos, o mejor dicho, tres cosas: la primera es que no deben durar más de cinco minutos; la segunda es que deben ser suficientemente inteligentes y no caer en el sentimentalismo de culebrón; la tercera es que no hay que pretender que lo que uno ha experimentado con el festejado, esté vivo o muerto, tenga que interesar al resto de los invitados, porque no es así.

Yo soy de las cantan (o, más bien, cantaban) en las reuniones y en las fiestas. Siempre me gustó coger la guitarra y cantar. Cada vez la toco menos y peor, y las afonías de los últimos annos han dejado mi voz más débil. Canté en la boda de Begonna, mi querida amiga, y hasta en la mía. Pero también me parece que hay un límite sobre cuánto y qué cantar. Aborrezco ciertas jotas de letras infames que se cantan en las bodas con la única e insana intención de hacer llorar a los padres de la novia. Recuerdo que en la mía le pedí a una persona que cantaba jotas, que cantara todas las que quisiera menos esa de palabras vocacionales hacia la lágrima familiar, porque no estaba el horno para esos bollos. Y la cantó, después de pedirle por favor que no lo hiciera, la cantó.

Es obvio que hay momentos en los que es mejor estar callado.

Friedrich

La otra noche no tenía nada nuevo que leer en la cabanna. Me puse a buscar y encontré una vieja revista cultural noruega en la mesilla. Con gran esfuerzo idiomático intento buscar algo que me interese y voilà que me topo con tres poemas de Alberti traducidos al noruego (los tres de SOBRE LOS ÁNGELES) y con un artículo sobre pintura noruega en la que se habla de Caspar David Friedrich.

Allí me entero de que Friedrich quedó olvidado en Alemania después de su muerte, y de que ningún museo de su país guardaba cuadro alguno de él. Parece ser que fue el investigador noruego Andreas Aubert el que lo descubrió a través de las cartas y de los diarios del pintor escandinavo J.C. Dahl (1766-1857), que había sido amigo y alumno del gran paisajista romántico. Aubert viajó a Dresde y a Berlín para escribir sobre Dahl y sus fuentes y se encontró con cuadros de Friedrich en la humedad de los sótanos del museo de Dresden y en algunas casas particulares. El investigador escribió sobre Caspar David en alemán un artículo, y fue a partir de ese momento, allá por 1890, cuando Friedrich empezó a ser reconocido en su país como un gran artista.

Hoy nadie tiene duda alguna de que Friedrich es uno de los grandes, y probablemente el más grande entre los pintores románticos. Nadie como él ha sabido pintar la soledad del hombre ante el mundo, en la montanna, en el crepúsculo, en la niebla, ante el mar embravecido. Nadie como él ha intuido la grandeza y la pequennez del ser humano en un mismo instante, en el mismo gesto de esos rostros que no vemos porque miran casi lo mismo que nosotros: ellos solo ven la naturaleza a su alrededor, pero nosotros vemos también su soledad, que es la nuestra.

Por eso Friedrich sigue haciéndonos temblar.

Porque nos ensenna nuestra propia sucesión de soledades.

El otro tiempo

Los meteorólogos de aquí dicen que van a subir las temperaturas y que va a salir el sol durante los próximos días. Se suelen equivocar demasiadas veces como para hacerles caso. Hoy he salido de casa, no obstante, con una sola manga larga y he sobrevivido sin problemas. Ayer fueron tres mangas.

En cuanto sale el sol a los noruegos se les abre muchísimo la sonrisa. Enseguida se ponen la camiseta de tirantes o de manga corta; algunos incluso pasean por el centro de la ciudad solo con los pantalones cortos y el torso al descubierto. Puedo asegurar que nunca es para tanto. Pocos son los días de verano en que yo, yo misma, salgo solo con la camisa encima de la piel. Siempre me parece que va a ser una temeridad y siempre llevo algún "porsiacaso" en el bolso, en forma de chaqueta, pannuelo o prenda similar.

Aquí el otonno empieza en agosto. En las montannas ya empiezan los colores rojos en algunos árboles y sobre todo en las hojas de los mirtilos y en el brezo.

En fin, que hoy no sabía de qué escribir y me he decidido por el tiempo. La alternativa hospitalaria no era apropiada en el primer día de agosto nórdico soleado.

El tiempo

Elja escribió durante 25 annos dos columnas semanales en ADRESSAVISSEN, que es uno de los periódicos principales de este país. Hace varios annos publicó ahí un poema. Traduzco varios de sus versos:

"Los hombres podemos llorar -eso podemos hacer.

Llorar como ninnos pequennos en el bosque oscuro del que sienten que no pueden salir.

Llorar porque no conseguimos aquello que queríamos, o porque lo conseguimos, y ya no era aquello que queríamos.

...

Podemos llorar porque nunca fuimos lo que sonnamos que queríamos ser, o porque sí fuimos lo que sonnamos ser, que ya no era lo que habíamos sonnado.

Podemos llorar sobre la vida cada vez que pasa sobre nosotros, y sobre la vida que no hemos vivido y sobre todos los días que no hemos usado.

Pero al mismo tiempo también podemos reír -eso podemos hacer- podemos reírnos también".

Ahora, Elja está en una cama del hospital.

De vez en cuando, aún puede sonreir. Sí, aún puede.

Instintos

Ayer y otros días he estado recolectando frutas del bosque para hacer mermeladas o cosas varias comestibles. Pensaba que ese afán de salir al bosque y recoger lo que el bosque nos da, no es sino un recuerdo genético de la época en que los humanos salíamos a cazar, a depredar, a coger los frutos de la naturaleza.

Así que estos días he sido una depredadora de mirtilos y de otras bayas que aquí llaman "multe": son amarillas, suaves al tacto y crecen a ras del suelo en las montannas en zonas frías, donde la nieve ha estado largo tiempo.
Se comen con azúcar porque son un poco ácidas aunque deliciosas, o envueltas en nata. Yo las prefiero solo con azúcar: una talla más y entraré en profunda depresión.

Hoy no he recolectado frutas, solo he paseado por el hospital. Y pienso en otro instinto que también tenemos grabado en los genes, el de supervivencia. Cómo algunos cuerpos pueden seguir viviendo a pesar de todos los annos vividos. A pesar de tener todos los colores en la piel como cunnos de haber pasado todas las fronteras de la vida. A pesar de que los ojos pueden ser más y más transparentes cada hora que pasa.

Instintos: a veces recolectamos para sobrevivir, a veces por placer. A veces solo sobrevivimos.

Que no es poco.

Sacos de dormir

La tarde ayer era azul sobre el fiordo; el cielo nublado, los platos, el mantel, las velas... todo era azul en la terraza de Liv que mira a este mar encerrado entre montannas. En esta región del norte no es muy normal poder cenar fuera en las noches de verano (en las de invierno, ni mencionarlo), así que los noruegos se preparan: estufas exteriores, mantas, o como ayer, sacos de dormir, azules, para meterme dentro, y cenar, beber vino (poco, que siempre es a mí a quien toca conducir después de estos eventos) y contemplar la primera noche estrellada del verano. Hasta ahora la luz del sol nocturno escondía las estrellas.

Ahora, por fin las noches son noches.

Y traen lejanos perfumes..., de Oriente, del Sur...

Nota: Bienvenidos, de nuevo, J., J., y J., a este blog de mariposas, ríos, mares, música y silencios. Me encanta que estéis ahí. Por cierto, J., que no he podido encontrar tu recomendación sobre Rossini. No sé, J., en qué instituto estaré, pero probablemente seguiré en el Servet porque es automático y hay plaza. Y, J, ?dónde estás?, en las islas o en Luis Vives? Qué alegría saber de ti. Me gusta eso de la camisa convertida en alas de mariposa.

Hoy

Hoy he recibido la confirmación de que el próximo curso podré seguir trabajando en Zaragoza.

Hoy he pasado la mannana en el centro de la ciudad. Ha llovido sobre las rosas que jalonan las dos barandillas del nuevo puente. Siempre hay flores frescas uniendo una y otra orilla de este río justo en el punto en el que se convierte en mar.

Lo que antes eran los almacenes del puerto y los astilleros se ha convertido en el barrio más fino de Trondheim, y han aflorado restaurantes y bares con terrazas: mantas en cada silla y estufas exteriores para que las tardes puedan ser un poco más largas. Ocurre aquí como en otras ciudades europeas: se están reconvirtiendo los edificios de los ríos de los puertos, las naves industriales; así en los Docklands de Londres, en Amsterdam, en Zürich. Me pregunto cuando en Zaragoza un plan urbanístico moderno, estético, renovador...

Hoy he tenido una cita en la ciudad. No en "Solsiden", que es el nuevo barrio (la traducción, "el lado del sol"), sino en el viejo centro, en el Hotel Britania. Dicho así parece que haya tenido una cita galante y clandestina, pero no. El Hotel Britania fue construido a finales del XIX para albergar a los viajeros ingleses que comerciaban en el fiordo y que empezaban a descubrir las montannas de Trollheimen. Sus salones se encuentran entre los más hermosos del país, especialmente "Palm Haven", "El jardín de las palmeras", decorado en el estilo "Art Nouveau" más escandinavo. El patio cubierto ha recuperado la fuente original y el sonido del agua se mezcla con el del piano: ante él un músico italiano que llegó a esta ciudad allá por los annos sesenta, y que toca para mí canciones espannolas apenas mi amiga nos presenta.

Porque mi cita era con mi amiga Liv (disse ord, kjaere vennine Liv, er til deg). A Liv le gustan las rosas y los ángeles desde antes de que la moda los trivializara. Liv, su nombre significa "vida" en noruego, también es pianista. Alguna vez nos ha recibido en su casa tocando Mozart en un negro piano de cola con las velas de un viejo candelabro de plata como única luz interior en medio de la noche blanca de julio junto al fiordo. No hay ninguna coma en esta frase. Hay veces en que una frase sigue siendo una frase aunque no tenga comas. Hay veces en que la música no tiene silencios y sigue siendo música. Hablamos de libros, de viajes, de días compartidos en Alcalá, de madres... mientras su hija Maria lee con avidez el tomo cuarto de HARRY POTTER.

Hoy mi madre habría cumplido setenta annos.

En esta frase no hay comas, pero sí mucho silencio.