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AL ESTE DEL CANAL, blog de ANA ALCOLEA

NAVIDAD NORDICA

Vuelvo a escribir sin tildes y sin esa letra que está en el nombre del país. Lo de las tildes lo intento subsanar tocando varias teclas, lo otro es imposible.

Ayer fue uno de esos días que parece que no existen: a no ser por un encuentro fugaz en una estación que no puedo contar todavía. En los dos aviones que cogí me dormí, así que pasé de Barajas a Trondheim casi sin enterarme gracias a la inestimable ayuda de san Orfidal, del que de vez en cuando soy devota.

Las calles están heladas: sal y gravilla hacen posible el tránsito, pero a mí me sigue dando miedo andar por el hielo. Ahora nieva suavemente, demasiado suavemente: la temperatura es demasiado alta y los copos se confunden con la lluvia. Todo se helará luego más y más para ir al cementerio: cuando oscurece, el día de Nochebuena se va al cementerio y se dejan coronas de musgos y pinnas y velas que alumbrarán en las tumbas, sobre la nieve mientras dure la comida - cena de esta tardenoche. Las llamas parecen salir de las lápidas en la noche de las tres de la tarde. La gente, vestida con sus mejores galas, deja sus ofrendas en silencio. Sólo se oyen los pasos sobre la nieve, o sobre el hielo, en la oscuridad.

Es hermoso, emocionante.

Y sobrecogedor.

BLANCA NAVIDAD II

La nieve es ese manto blanco debajo del que hay todo un mundo: en el bosque, en las aceras del barrio, sobre las plantas casi acuáticas del canal.

Es muy tarde y hace frío en casa. Quité la calefacción antes de marcharme y ahora no le da tiempo a calentar antes de que me vaya a dormir. He sido "fumadora pasiva" en la cena de la que vengo en este momento: cálida compañía, vino de Rueda y marcha temprana modelo "cenicienta". Otro fumador pasivo, el de Daniel Gascón, me espera en la mesilla. Lo empezaré esta noche.

Todo demasiado deprisa hoy. Hay encuentros que saben a poco.

Y hermosos poemas: gracias Lu.

Y la Navidad.

 

NOTA: Este blog será intermitente durante estos días. Como casi todos, supongo. Felices fiestas...

BLANCA NAVIDAD

Está nevando sobre Zaragoza: Torrero, el parque, las orillas del canal... están blancas. Los copos se confunden con las canas en algunas cabelleras, los gorros parecen todos más claros, y los pasos son más silenciosos y  deslizantes. Parece que pasamos de puntillas. Hay gente que siempre camina de puntillas por la vida, como si no quisiera mancharse con ella. Ellos se lo pierden.

No había visto nevar en Zaragoza desde el día del funeral de mi madre, un 20 de febrero, el de 2004: nevó en el cementerio y en la zona cercana, justo durante la ceremonia: al salir de la capilla todo estaba blanco alrededor. La nieve fue una cálida e inesperada visitante aquella gélida mañana. Igual que hoy.

Días extraños estos de Navidad. Luces, colores rojos, verdes, dorados por doquier. Se supone que una tiene que estar contenta por obligación. Y no. Siempre abominé de las fiestas impuestas, de salir obligatoriamente el día de Nochevieja hasta las tantas y tener que divertirte por fuerza a pesar del frío, de nunca saber qué ropa ponerte, de no poder estar con el chico que te gustaba porque éste no te hacía ni caso...

Ahora, cuando el pasado ya existe, la Navidad lo renueva y lo remueve: ahí están los momentos entrañables, los difíciles, que también pueden ser entrañables. Los momentos  en color y los en blanco y negro. La gente a la que quieres, la gente a la que ya no quieres. Los que te importan, los que ya no te importan. Los que están, los que se fueron. Los que quedarán siempre en el recuerdo.

En mi casa sigo poniendo el árbol: este año muy pequeño y de mentiras en esta casa de Zaragoza; en el norte será un abeto de verdad y tendrá luces y viejos adornos que alguien, que tampoco está ya, compró hace muchos, muchos, años, cuando ni siquiera sospechaba mi existencia.

Navidad tiene eso: que mezcla pasados, presentes.

Y buenas voluntades.

Con ellas nos quedamos.

 

NOTA: Esta tarde en la librería ANTÍGONA, se presenta el libro de Daniel Gascón El fumador pasivo. Será a las 20 horas e intervendrán Ignacio Martínez de Pisón y Félix Romeo.

Y un poco antes, a las 19.30 tendrá lugar en Ibercaja un homenaje a Rosendo Tello, Premio de las Letras Aragonesas, que conducirá Manolo Vilas. Lo acabo de leer ahora mismo en prensa, he entrado al blog para añadir la información, pero alguien se ha adelantado. Muchas gracias. Felicidades otra vez a Rosendo.

ESPÍRITU NAVIDEÑO

Nuestros políticos se insultan.

Nuestros intelectuales se insultan.

¿Y aún nos asombramos de nuestros pequeños alumnos, que aún no han aprendido a vivir, se insulten?

Sólo siguen el ejemplo de los padres de la patria.

¡Viva el espíritu navideño! Que no debería haber salido del blanco y negro.

El del anuncio de la lotería, quiero decir.

 

NOTA: Mañana día 22, se presenta en la librería ANTÍGONA de Zaragoza el libro de Daniel Gascón, EL FUMADOR PASIVO publicado por la editorial Xordica. Intenvendrán Ignacio Martínez de Pisón y Félix Romeo.

CUENTO DE NAVIDAD

  

   Vi muy pocas veces llorar a mi abuela. Era una mujer de sonrisa serena y de mirada firme. Pocas cosas lograban emocionarla y cuando lo hacían, no exteriorizaba su alegría o su dolor. Se lo quedaba para ella.

Conviví con ella muchos años, pero de esta historia nada supe hasta hace poco. Había estado guardada dentro de mi abuela durante más de ochenta años, y una tarde nos la contó.

   Había alguien más en casa, teníamos alguna visita cuya identidad no consigo recordar. Fue entonces cuando mi abuela dijo:

     Éramos siete hermanos y no siempre había comida para llenar el estómago. En Navidad no había regalos, algunas castañas asadas y nueces eran todo lo que encontrábamos el día de Reyes, y estábamos tan contentos. Habíamos vivido mucho tiempo en estaciones de pequeños pueblos de Teruel, pero aquel año nos habíamos trasladado por fin a una ciudad grande, a Zaragoza. Era Nochebuena. Mi madre había cocido las patatas con laurel y un poco de tocino. Eso y un poco de pan iba a ser nuestra cena. No estábamos acostumbrados a mucho más, así que no nos importaba. Pero mi madre estaba triste. Tal vez se acordaba de cuando era niña, en su pueblo allá en Galicia, donde siempre había comida. Mi padre estaba todavía en la estación. Seguramente también él recordaría navidades muy diferentes en el salón de una casa grande en el sur. De una casa en Almería de la que había salido para no volver jamás.

Yo estaba jugando con mis hermanas en la cocina, cerca del hogar, porque hacía mucho frío. En ese momento, llamaron a la puerta. Pensamos que sería mi padre, que volvía de trabajar. Mi madre se secó las manos con el delantal y salió a abrir. No había nadie. Cuando iba a cerrar, se dio cuenta de que había una cesta en el rellano, junto a la puerta. Estaba cubierta por una tela de color verde. La levantó. No podía creer lo que veía. Estaba llena de comida: carne, dulces, almendras, frutas, figuritas de mazapán..., y hasta una botella de vino moscatel. Era  un milagro.


   Mi madre echó a correr escaleras abajo: “¿Quién es?, ¿quién ha traído esto?” –iba gritando mientras bajaba. A lo lejos se oían pasos rápidos que hacían crujir los viejos  escalones de madera. “Pero, ¿quién es? –repitió mi madre- querría darle las gracias a quien haya sido.” Fue entonces cuando los pasos tuvieron voz y la voz contestó desde el portalón: "Un alma buena, señora, un alma buena".

Y mi madre volvió a subir las escaleras, y nos encontró a todas allí, en la cocina, con la cesta que ya habíamos metido en casa por si acaso se iba tan misteriosamente como había venido, y con la boca abierta de hambre y de admiración. "Un alma buena, ha sido un alma buena" -nos dijo, mientras se secaba los ojos con el delantal.

Y los ojos de mi abuela se humedecían cuando recordaba a su madre, contenta porque tenía cosas ricas que darles a sus hijos para cenar en Nochebuena, y contenta porque había conocido, sin conocerla, a un alma buena.  

   Y mis ojos también se humedecían, se humedecen,  al oír todavía hoy su voz quebrada, y  al ver sus viejos ojos grises con el velo  de las lágrimas nacidas de aquel recuerdo.

 

NOTA: Gracias a los chicos de Bujaraloz por vuestros mensajes. Lo pasé muy bien en vuestro instituto. Feliz Navidad.

MÉDICOS

Hay veces en las que acudimos al médico por placer. Otras porque no nos queda otro remedio.

Hay médicos que parece que han ganado su licenciatura en una tómbola. Son los menos, pero alguno hay.

Hay médicos que viven en medio de la selva de Mozambique, o de Angola, y que salvan vidas de decenas de niños cada día. Esos médicos no tienen ni radio ni cobertura en sus teléfonos móviles, y llaman a su familia cuando se acercan a la ciudad a comprar medicinas, a reunirse para seguir organizando el bien, o cuando pueden. Como S., por ejemplo.

Hay médicos que van y vienen dentro del territorio nacional, que van a los congresos para aprender y no para disfrutar del paisaje, que siempre tienen una sonrisa amable para sus pacientes, que te miran de una manera que parece que lo que te pasa no es tan terrible como es, que no dejan solos a sus pacientes hasta que estos vuelven a casa "recompuestos". Como M.J., por ejemplo.

Hay médicos que no deberían morirse nunca, pero que tienen la mala costumbre de hacerlo.

Ayer murió uno de ellos: Pepito Fernández, así lo llamaban sus compañeros de Digestivo y de Cirugía del Hospital Miguel Servet de Zaragoza. El Dr. Fernández operó a mi madre en una noche de diciembre de hace hoy cuatro años exactamente. Saber que estaba en sus manos nos dio la serenidad de que todo iría bien. Y fue bien: el Dr. Fernández le regaló a mi madre un año y medio de vida plena, llena de alegría, de calidad vital. Luego las cosas se complicaron: las metástasis ya no entienden de buenos cirujanos. Les dan igual.

Ayer supe la noticia y se me encogieron los intestinos y algo más. El Dr. Fernández era gran aficionado a la música: le gustaban los violines y una vez hablamos de Ana Sofie Mutter, en una de esas salas frías y blancas del hospital. Con él cerca teníamos la sensación de que nada malo podía pasar: su cuerpo delgado, su rostro enjuto, sus manos sagradas. Él, paseando por los pasillos de la planta de Cirugía, era un talismán en aquellos horrendos días navideños del 2001.

Hay personas que son importantes en la vida de alguien, aunque ellos no lleguen del todo a saberlo.

El Dr. Fernández vivirá en el recuerdo de todos aquellos a los que nos regaló una temporada de alegría. De vida.

Nada más y nada menos.

VENEZIA IV

La primera vez que fui a Venezia no tenía un duro. Entonces había duros, ahora no. Fui en el Viaje de Estudios, con los compañeros de Facultad. Dormimos en el Lido de Gesolo, y el autobús nos llevó aquella mañana hasta el Piazzale Roma y emprendimos el paseo veneciano hasta la Piazza si San Marco. Me quedé con las ganas de dormir allí dentro, en la ciudad, en alguno de aquellos viejos palacios convertidos en hoteles, en pensiones. Comimos un bocadillo en medio de la plaza, cogimos el vaporetto hasta Murano, compré un Arlequín de miles de colores que aún está en la vitrina de la casa de mis padres, y un cenicero para el que entonces era mi novio, y que dejó de serlo unos meses después.

El autobús nos recogió y nos devolvió a Gesolo. En el momento de subir al vehículo me juré que algún día volvería, y que me quedaría al menos una noche en la Serenísima. Eso fue en 1985.

Tuvieron que pasar 16 años para cumplir aquel deseo: fue en 2001. Me habían pagado un dinero extra por EL MEDALLÓN PERDIDO, y decidí que me lo gastaría en Venecia en el puente de Todos los Santos.

Así fue: llegué al aeropuerto Marco Polo, de ahí en bus al Piazzale Roma y de allí paseando hasta mi hotel, un viejo palacio reconvertido. Fui sola, y al año siguiente también. Me gusta visitar las ciudades sola, mirándolas a través de mis ojos, no de los demás. Tampoco me gusta hacer fotos: no tengo ninguna foto de Venecia, acaso de aquel primer viaje de estudios. Si me llevara la cámara no vería la ciudad, ni la disfrutaría, estará pendiente de qué fragmento introducir en un objetivo. No. Venecia no es un lugar para hacer fotos. Es para pasearla, vivirla, sentirla, contemplar sus luces, sus nieblas, las ventanas iluminadas sobre los canales. Y para perderte en sus laberintos.

Siempre volví al Caffé Florian, el que está enfrente del Quadri: durante la ocupación austríaca, el Quadri era el centro de reunión de oficiales y ciudadanos austríacos. Allí tomaba sus cafés Wagner, enfrente y alejado lo más posible del Florian, donde solía sentarse Verdi (el hombre, con Puccini, que más feliz me hace) y los patricios venecianos contrarios a la dominación germana, y proclives al Resorgimento y a la unificación de Italia. El grito "Viva Verdi" simbolizaba no sólo la admiración hacia su música en detrimento a veces de la del autor de PARSIFAL, sino que la palabra VERDI jugaba con las siglas de la imagen de la propia revolución unificadora: "Vittorio Emmanuelle Re Di Italia".

Fue en el Florian donde empecé a escribir EL RETRATO DE CARLOTA, en una libreta de anillas en cuya portada había, hay, una foto coloreada de la Gran Vía de Madrid (precisamente la Gran Vía). Había empezado una novela ambientada en Italia, en la Toscana, sobre una arqueta etrusca, pero allí decidí cambiar todo: la historia se desarrollaría en Venecia en torno a la investigación sobre un collar misterioso de cristal que un día desaparece del cuadro en el que está pintado.

Un collar que existe y que me había llevado a la ciudad para intentar averiguar su origen, su datación, su autor... Llevé a la novela lo que yo misma estaba haciendo. Casi siempre es así.

Y allí está Claudio: en el Florian y en la novela. Es el camarero de cabellos grises y ojos de mar que hace una semana me reconoció cuando entré en el Caffé.

Me tomé un chocolate que calentó mis manos heladas por el viento de la laguna. La tarde siguiente tomé un té de jazmín que ahora tengo en la cocina y del que me voy a tomar una taza en cuanto termine de escribir este texto. El té tiene nombre: "Venezia trionfante", el Florian sobre el Quadri, la unificación frente a la dominación. La última noche de nuevo un chocolate.  Allí están las musas de la llamada Sala del Senado y los espejos con contempló Carlota y en los que vio el reflejo de su bisabuela.

Yo también me miro en ellos para recolocarme la boina, y juego a ser Carlota.

O Ángela, o las dos, o las tres a la vez.

Y ya no qué queda de mí  al otro lado del espejo.

 

NOTA: Enhorabuena a Rosendo Tello, nuevo Premio de las Letras Aragonesas.

 

MARTHA II

Ayer por fin conocí a Víctor Juan. Lo escuché emocionada. Habló de Ramón Acín, de Concha Monrás, de Paco Ponzán, de Evaristo Viñuales, de Herminio Almendros.

Nos abrió ventanas que trajeron  viento. Y lágrimas.

Hay veces que una se queda sin palabras. Ésta es una de ellas.

Sonó "La última rosa del verano" de la ópera  MARTHA de Flotow. Sonó luego de nuevo en mi casa.

Sigue sonando en mis oídos.

 

 

MARTHA

Ayer me refugio de la tarde ventolera con Pepe, Pilar y Javier, tres de los hacedores de ese sueño que fue, que es, la caja de música de Ramón Acín.

Quedamos en un local que antaño fue la librería "Pórtico": donde hubo libros hay botellas de brandy, y donde se respiraba el aire de Lapesa, de Machado, de Alarcos, ahora hay humo de tabaco. Que las librerías se convierten en bares...

J. nos regala MARTHA, la ópera de Flotow: la melodía que sonaba en aquella caja de música pertenece a una de las arias de la soprano. No conocía la obra entera, pero sí la famosa aria de tenor, "Martha, Martha, tu sparisti". Es una de las favoritas del repertorio masculino de conciertos: siempre la cantaba Pavarotti, pañuelo en mano, Carreras, y Kraus la interpretó en su último recital, el del homenaje a Miguel Fleta en el Auditorio de Zaragoza. El título y comienzo es "M´appari". Se la conoce así, en italiano. Lo que tampoco yo sabía es que el original es alemán, como el compositor.  La versión que nos regala J. cuenta con Briggitte Fassbaender y con Hermann Prey, al que escuché en directo en el Auditorio de Madrid en un ciclo de Brahms con mi amiga Pia en la ultimísima fila. Verlo, lo vimos, aunque de muy lejos. Él ha interpretado Papageno de LA FLAUTA MÁGICA como nadie en esa versión de Solti con la siempre maravillosa Pilar Lorengar como Pamina.

¿Qué sería de todos nosostros sin los hacedores de sueños?

NOTA: Esta tarde Víctor Juan hablará sobre Ramón Acín en la Asociación de Vecinos de Torrero. Será en la calle Granada a las 20 horas.

 

INSTITUTOS

En los últimos años, gracias a medallones perdidos y a Carlota, he visitado decenas de institutos, colegios, públicos, concertados, privados, privadísimos.

Hay institutos en los que hace un frío que pela.

Hay colegios en los que no hay calefacción porque se supone que están en ciudades donde no hace frío. Salvo ese día, que toca helar.

Hay colegios en los que la maestra le dice a un niño: "Borja, llevas una arruga en el cuello de la camisa".

Hay institutos en los que te dejan sola ante el peligro: el profesor (o profesora) abandona la clase y te deja con treinta adolescentes desconocidos mucho más grandes qué tú.

Hay institutos en los que te tratan como a una reina, y te regalan flores, bolígrafos de plata, y te hacen firmar en el libro de honor.

También hay institutos, en los que además de ser tratada como reina, te encuentras en familia. Eso me pasó ayer: estuve en un instituto familiar. Por su tamaño, por el calor de sus profesores (Isabel, Ana, José Luis...), medio claustro en la biblioteca arropando a sus alumnos y a la escritora, por el calor de los alumnos (Carlos, Judith, Cristina, Alba, Lorena, Alberto, Victoria, Ana...), por los maravillosísimos mantecados que me regalaron. Ahora estoy comiendo uno de ellos, entre palabra y palabra. Nunca comí mantecados tan ricos como los que hacen en Bujaraloz, provincia de Zaragoza. Palabra.

Además, hay institutos en los que te encuentras con amigos, con viejos compañeros a los que hace años perdiste la pista. Ayer me reencontré con alguien a quien conocí fugazmente hace casi dos años: alguien que escribe muy bien y que, además, se dedica a la música.

Estas cosas pasan en los institutos.

Y otras más, que no os cuento.

 

NOTA: Mañana a las 20 horas, en la Asociación de Vecinos de Torrero (calle Granada), Víctor Juan hablará sobre Ramón Acín, y tal vez... lleve su caja de música...

VENEZIA III

Mauricio Wiesenthal en su LIBRO DE REQUIEMS habla de su encuentro con Diaghilev en San Michele. Nunca antes había ido a la isla cementerio de Venecia. Más de una vez había pasado a su lado en el vaporetto que va hasta Murano, pero nunca había bajado en la necrópolis. Esta vez sí.

Allí están Ezra Pound, Stravinsky, Diaghilev. A Pound lo leí en la Facultad, a partir de la "Oda a Venecia en el mar de los teatros" (precisamente) de Pere Gimferrer, ese poema "novísimo" que los chicos de mi clase conocimos gracias a las clases de Túa Blesa, allá por 1987.

A Stravinsky lo escuché por la misma época. Bailado por Víctor Ullate. Era "El pájaro de fuego". Fue en el Principal de Zaragoza. Una de las mejores noches de ballet que he disfrutado. Un par de años más tarde "La consagración de la primavera" por el ballet francés de Roland Petit. Fue en el Teatro Fleta, que una vez existió. Doy fe: el escenario era tan grande como para un montaje tan espectacular como el de aquella "consagración". Ahora es un vacío espacial: bueno, vacío del todo no. Hay aire.

Supe de Diaghilev en las clases de José Carlos Mainer allá por 1985. Nijinsky, los ballets rusos, las coreografías de Fockin, de Petipa, del propio Nijinsky (la de "La siesta del fauno" fue escandalosamente sensual y memorable). Hace tres días estuve delante de la tumba de Serge Diaghilev, el director de aquellos ballets rusos que revolucionaron la estética y la cultura de principios del siglo XX en Europa. Está rodeada de lápidas de princesas rusas que abandonaron su país tras la Revolución para venir a vivir y a morir en Venecia. Sobre la tumba de Diaghilev, viejas zapatillas de baile: blandas, de puntas, blancas, rosas, negras. Por ellas ha pasado la lluvia, el polvo de la tierra en los vendavales que azotan la isla, pero allí siguen. Imagino a quienes alguna vez fueron etéreas y gráciles niñas caminando-volando sobre sus puntas, y dejando su posesión más preciada como un regalo al maestro. Hace mucho frío. Los ojos se me humedecen. No es el viento. Son esas zapatillas que un día acariciaron los dedos doloridos de alguien, de alguienes, mientras danzaba una música que puedo oír al otro lado del viento.

Salimos del recinto griego ortodoxo para volver al vaporetto. Pasamos junto a las tumbas de una comunidad de religiosas. El aire ha tirado el jarrón con flores de una de ellas. Me acerco a colocarlo en su sitio. Desde su fotografía en la lápida, Sor Teresa me sonríe y me parece que me da las gracias. Yo también le sonrío. Me aprieto un poco más la bufanda. Cada vez hace más frío.

El viento, el frío, el polvo, el mar, los cipreses, el sol del invierno en Venecia.

Un escalofrío.

O dos.

 

VENEZIA II

El jueves llego demasiado pronto a Barajas, como casi siempre desde que vivo en Zaragoza. Antes desde Alcalá era otra cosa. Dos veces estuve a punto de perder el avión, pero sólo a punto. Esta vez pasé más de tres horas esperando. Como los de Iberia ya sólo te dan a bordo los buenos días, muy amablemente, eso sí, me siento a comer una ensalada. Estoy en el ala nueva de la Terminal 2, la cafetería tiene unos enormes ventanales desde los que se ve la zona más regional del aeropuerto, y parte de su intendencia. Por allí pasan furgonetas, camionetas, coches, carros, carritos, y varias decenas de empleados a pie y motorizados. Entre lechuga y zanahoria miro a través de la  cristalera: el conductor de uno de los vehículos transportadores de maletas tiene afán de emular a un campeón de Fórmula  1, sale del túnel que está debajo de mis pies y en curva a gran velocidad. Igualito que si estuviera en Montecarlo. Y, claro, pierde una maleta. Es azul, muy parecida a la mía. Ni ella ni ninguna de sus compañeras iba atada, tapada, metida. Nada. Una superficie llana y resbaladiza sobre la que se deslizan las maletas en las curvas de los túneles, y caen al pavimento. Bien.

El conductor, por supuesto, ni se gira al oír al golpe de la maleta en el suelo, si es que lo ha oído. Tan deprisa va. Sigo mirando después de volver a mi plato a coger otro trozo de lechuga. Por allí pasa otro coche, y otro, y una camioneta. Y una señorita de uniforme, y dos operarios. Y tres señoritas más. Ven la maleta, pero ni se acercan a mirarla. Y otro vehículo. Y otro más. Y así varias docenas de carros, y varias docenas más de personas. La maleta se parece mucho a la mía, pero no: la mía es más oscura y tiene un bulto de libros en la parte de atrás. Mi libro guía de arte veneciano de tapa dura me acompaña, y otro sobre textos que hablan de la ciudad. Y en el último momento he metido en el mismo bolsillo los guantes de lana y el gorro. No, no es la mía. Pero me cabrea pensar que podía haberlo sido. Y que alguien se va a quedar todo el puente sin la suya.

Me levanto y me acerco al mostrador de Aena más próximo. Uno de esos donde te ayudan si tienes problemas. Me atiende una sonriente señorita que podía haber sido mi alumna pero que no lo era. Me parece que lleva los ojos demasiado maquillados para ser  las tres de la tarde. Y pienso que así los llevaba yo también a su edad.

Le digo: "No sé si éste es el lugar para decirlo, pero se ha caído una maleta ahí fuera y nadie la recoge".

Me dice sin perder la sonrisa: "No se preocupe. Hay un camioncillo que va pasando y recoge todas las maletas que se han caído".

Se me debe de poner cara de idiota. Le digo: "Pero cuando llegue el camioncillo, el avión al que debería haber llegado esa maleta ya habrá despegado".

Me dice: "Sï".

Le digo: "Alguien se va a quedar sin maleta durante todo el puente. No creo que ese alguien se quede muy contento".

Me dice: "No".

Le digo: "Si ésa fuera mi maleta, yo estaría muy enfadada".

Me dice: " Si fuera la mía, yo también lo estaría".

No perdió la sonrisa en ningún momento.

Me fui del mostrador. Embarqué. Cuando llegué al aeropuerto "Marco Polo", allí estaba mi maleta.

¡Qué suerte tuve!

¡Pude cambiarme de ropa interior!

Y exterior.

VENEZIA

Joseph Brodsky escribió uno de los más hermosos libros sobre Venecia.

Dice:

"Por aquellos días, uníamos el estilo con la sustancia, la belleza con la inteligencia. Después de todo, éramos un grupo libresco y, a cierta edad, si uno cree en la literatura, supone que todo el mundo comparte, o debería compartir, su convicción y su gusto. Sólo quien nos parece elegante es de los nuestros. Con toda inocencia respecto del mundo exterior, de Occidente en particular, ignorábamos todavía que el estil se podía comprar al por mayor, que la belleza podía ser tan sólo una mercancía. De modo que contemplábamos la visión como la dimensión física y la corporización de nuestros idealesl y principios, y lo que ella usaba, cosas transparentes incluidas, pertenecía a la civilización."

Venecia.

Venezia.

VENTANAS

Hoy también debe de estar entrando el sol en mi casa.

Pero yo estoy trabajando, así que no me entero.

Al otro lado de la ventana que está a mi derecha los árboles tienen las hojas del color de los poemas de Rosalía, de los de Verlaine, de algunos de Machado.

Mallarmée tiene un poema que, además, se titula así, "Ventanas": al otro lado está el mundo deseado, a éste el real.

La vida a ambos lados.

De las ventanas.

BRILLOS

Primera mañana en casa desde hace meses, tantos que no me atrevo a contarlos. El sol entra por las ventanas a través de los visillos y el polvo que creía erradicado se manifiesta.

Aquí ya es navidad desde hace un par de días. Además ayer compré un árbol pequeño, de unos cincuenta centímetros, de esos que venden en el mercadillo de la Plaza de los Sitios, que ya están hasta decorados: partituras musicales, abetos minúsculos dorados, violines de madera. En fin, muy mono él. Lo acompaña una figura del padre del hielo, que algunos llamarán San Nicolás y otros Papá Noel. No sé quién es: lo compré el año pasado en Noruega y en su capa lleva dibujado un paisaje invernal montañoso que me lleva muy lejos, a tierras donde no se habla de estatutos ni de boicots (¿o habrá que decir "boicotes"?) al cava catalán. En el VINMONOPOLEN nórdico se vende mucho Freixenet cordón negro; de hecho es el espumoso más vendido: el VEUVE CLICQUOT francés es bastante más caro, y los italianos de Asti son más dulzones, ya se sabe. Y el de Bordejé todavía no ha llegado al país del frío.

El sol sigue entrando en mi apartamento y mis cristales brillan hoy más que con las luces nocturnas. Sobre todo el nenúfar amarillo de Daum, de Nancy, que sólo me gusta a mí. Lo compré hace años en Dijon (también compré mostaza, claro): como ya entonces era consciente de que jamás tendría dinero para comprar una pieza original "art nouveau" de Daum, adquirí esta flor acuática que parece suspendida sobre un rincón lacustre de cristal transparente.

 Suena Wagner interpretado en el Café Quadri. Recuerdo mi escalofrío en el Real cuando la orquesta de la Staatsoper de Berlin arrancó la obertura de LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG. Dirigía Baremboim.

No podía ser otro.

Wagner y Baremboim.

Para estremecer.

Brillante.

GASTRONOMÍA II

Llega un momento en que se convierte en uno de los mayores placeres, tal vez el mayor.

Ayer domingo mañana de firmas literarias en el mercadillo de la Plaza de los Sitios: encuentros con desconocidos que se van a convertir en lectores de algo que hace tiempo escribí. El vértigo del escritor:  escribes, publicas sin mucho rubor, pero luego otro, otros, leen lo que has escrito. Nunca sabes cómo ese alguien, casi siempre desconocido, recibe tu mensaje, tu libro. Escribir un libro tiene mucho de lanzarse a un abismo, y el vértigo recorre todo el periplo, toda la caída libre.

Por eso hay que reponerse del mareo. Paso el resto del día comiendo: empezamos en los Victorinos, que acaba de recibir, merecidamente, un premio como la mejor taberna de España. Sus tapas son como un paseo por el festín de Babette en tamaños reducidos. La de "boletus" con "foie", el huevo con trufa blanca... son placeres incomparables con ningún otro..., al menos gastronómico. Acabamos ya en casa, con los polvorones de Casa Mira que me traje de Madrid,  que se deshacen en la boca y que seguro que se pasean por las arterias indebidas. ¡Qué le vamos a hacer!

Últimamente hablo demasiado de comida.

Y es que sigo llevando muy mal que nos hayan quitado el limbo.

¿Y si hacemos una reivindicación oficial a favor del limbo?

 

 

LLAMADAS

Hoy ha sido un día lleno. Bueno, ayer, que ya pasa de la medianoche.

La mañana la dediqué a limpiar la casa: polvo, suelos, lavadoras... Hacía días que no tenía tiempo que dedicar a esas tareas y le tocó al sábado luminoso de hoy.

Siguió siendo luminoso un rato más, cuando R. me llamó y me dio una buena noticia. Después fue MJ. quien también llamó con otra buena y potencial noticia. Para entonces mi casa ya brillaba, y no quedaba ni mota de polvo sobre muebles, objetos inanimados varios, y hojas de plantas. Luego fue J. quien llamó desde un paseo por el río. Después hablé con mi primera profesora de literatura, Carmen Larena, y su voz siempre es un bálsamo. El día prometía.

Al poco rato, otra llamada me conducirá por la tarde a un velatorio: Doña María, que ya tenía 94 años, fue la maestra de todas mis tías paternas, una institución en la familia, una mujer siempre dulce, serena, que esta tarde seguía tan hermosa como el día que la conocí. Yo era muy pequeña y ella repartía juguetes a los hijos de los trabajadores del P. Móvil. A mí me tocaron unas cacerolas de aluminio que aún deben de estar en algún rincón del infinito armario de mi abuela: abrir sus puertas era para mí como entrar en un laberinto misterioso en el que no sabías qué te podías encontrar. Lo que más me gustaba del armario de mi abuela era una caja llena de libretas, plumillas, lapiceros, viejas agendas, calendarios, recuerdos de Octavio y Félez que mi madre había traído cuando dejó de trabajar allí. J. me trae siempre buenos recuerdos de ese lugar; gracias.

Enseguida, otra llamada de M. me cuenta que mi tío E. está en el hospital con un problema pulmonar serio: comí con él justo hace una semana y ahora está con mascarilla de oxígeno. Y como está en otra ciudad no me puedo acercar a verlo, así en un momento.

Entre medio, una comida con colegas escritores, ilustradores, editores y distribuidores: amantes (¿deberé decir amante o deberé cambiar la palabra?) de los libros. Hablamos de esas palabras que las editoriales nos han hecho extraer de nuestros libros porque no eran políticamente correctas (por ejemplo "amante", que es más saludable que acuchillar o secuestrar a alguien, pero que está peor vista en algunos ámbitos, ¡qué le vamos a hacer!) Luego una breve incursión al mercadillo de la Asociación de Lucha contra el Cáncer (cada vez que escribo esta palabra se me encoge una entraña): esta tarde han firmado Ana G. Lartitegui y Sergio Lairla, hoy por la mañana yo misma, y por la tarde Samuel Alonso, que además de firmar hace grullas de papiroflexia (una pasada), y el miércoles Daniel Nesquens.

Y para terminar la tardenoche, HARRY POTTER Y EL CÁLIZ DE FUEGO, con Ralf Fiennes como Voldemort, que se come a todos con patatas porque es un actor como la copa de un pino. La pena es que no le vemos la cara propia, sino una monstruosa, efecto del maquillaje: igual que en el 80% de EL PACIENTE INGLÉS. El niño Potter (Radcliffe) cada película menos niño y más guapo. Los efectos especiales especialmente espectaculares. A mí me gusta la saga Potter, no lo puedo evitar. Ya me gustaría a mí haberlo escrito, ya...

Un poco de Puccini para serenar el final de este día tan lleno.

Y el comienzo del siguiente.

 

NOTA: Bienvenida, Lu, a este blog. Y felicidades por el tuyo, que es espléndido.

GASTRONOMÍA LITERARIA

Ayer, a través del programa INVITACIÓN A LA LECTURA estuve en el IES MIRALBUENO con los chicos de segundo de ESO. Hablamos de medallones perdidos y encontrados, de rituales africanos de iniciación, del culto a los antepasados en Europa, de muchas cosas. Disfruté mucho, además me reencontré con Jorge, un jovencito con el que compartí coche en un viaje desde Albarracín.

Después de la charla, los profesores del centro nos invitaron a comer en el propio instituto: tienen un ciclo formativo de hostelería y los propios alumnos son los cocineros y los camareros. Clausuraban ayer unas jornadas de gastronomía cervantina, así que comí aquellas delicias de las que hablaba Don Quijote, muy bien servidas, en un comedor decorado con frutas de otoño, con una escultura metálica del caballero, hecha por los alumnos de Automoción (de "Autoemoción" los llamaba yo en otro tiempo, cuando les di clase en Teruel), y que podría estar sin rubor en alguna plaza alcalaína.

En la carta, alusiones al hidalgo. La profesora Ana Salazar ha realizado una revista que recoge todas las alusiones gastronómicas que aparecen en EL QUIJOTE, con ilustraciones también hermosas. El profesor encargado de la sala, de nombre Celestino, cuida cada detalle: en la solapa de su chaqueta un pin del caballero y su escudero.

Me acuerdo que yo también compré varios de esos pins en una tienda que hay dentro de la propia Universidad de Alcalá: debí de regalar todos porque ya no me queda ninguno. En Alcalá también hay Jornadas Gastronómicas en torno a su más ilustre hijo: se celebran hacia el 9 de octubre, día de "San Cervantes", le llamábamos. Allí, varios restaurantes elaboran menús de época. Los probé alguna vez en la Hostería del Estudiante.

Lo de ayer me gustó más.

Además, no se podía fumar.

CALOR

Hay mujeres que se llaman NIEVES y que destilan calor por cada cachito de piel.

Hay NIEVES cálidas que te llevan de viaje a lugares donde nunca se pondrá  del todo el sol.

Hay personas que hacen magia sin saberlo o sabiéndolo.

Todavía.

NOTA: Gracias, Nieves, por tantas cosas y por entrar en estas páginas. Bienvenida, Magda, y enhorabuena sincera a Sergio Pitol, magnífico escritor y traductor  con el que hemos disfrutado y disfrutaremos.

Hoy empieza el MERCADILLO BENÉFICO de la Asociación de la Lucha contra el Cáncer: algunos escritores de infantil y juvenil estaremos por allí estos días. Las actividades literarias las organiza Begoña Oro. Plaza de los Sitios de Zaragoza desde hoy hasta el día 11.

 

MEMORIAS

 Leo la última novela de Amadeo Cobas: hacía tiempo que no me reía tanto con la lectura de un libro. El protagonista, un octogenario, busca autor que escriba sus memorias. Por ahí pasan varios escritores que no satisfacen al demandante: pedantes, eruditos, impresionistas, tan prudentes que no se atreven a imaginar nada...

Un libro agudo, reflexivo, lleno de ironía y de saber hacer, ocurrente, divertido.

Se titula PASAR A LA POSTERIDAD.

A veces es nuestra memoria, y no sólo los libros,  la que se encarga de que alguien permanezca vivo en eso que llamamos "la posteridad". Por eso hay hoy un un recuerdo al querido y admirado Vicente Tusón en el blog de Antón Castro.

Por eso yo espero que hoy gane el Premio Cervantes Mario Benedetti, que tiene un hermoso libro de poemas titulado EL OLVIDO ESTÁ LLENO DE MEMORIA.