Facebook Twitter Google +1     Admin

OLORES

20080506143308-naranjos.jpg

Algunas veces el olor está escondido

dentro de un color.

Como en las naranjas de los patios

del Palacio de Bahia, en Marrakech.

 

A las voces se unen los olores de la ciudad.

Todos tenemos un olor. O varios. Y las ciudades también.

Caminar por las estrechas callejuelas de Marrakech es caminar por un mercado de olores: el almizcle de las farmacias bereberes, la harissa, el curry, se mezclan con la gasolina en forma de humo de las motos que serpentean en el laberinto, y con los perfumes de las mujeres.

En la Plaza, el humo de las carnes asadas se codea con el té de gingseng, canela y cardamomo que no me deja dormir, y con el té verde a la menta que sí me deja dormir.

Las motos se dan la mano con las calesas, y el olor de la orina de los caballos se pasea con el de los tubos de escape. El caminante no debe sortearlos. Ellos lo hacen con pericia.

De los árboles y las flores de los cientos de jardines y patios emanan aromas, desconocidos algunos, viejos conocidos otros. No distingo ni azahares ni gardenias, pero sí jazmines, rosas, y ese perfume de un árbol que mi madre llamaba "del paraíso", y que me recuerda la primera vez que bailé, hace ya muchos años, en otro jardín, en otro lugar.

Hay olores que sólo se huelen. Y otros que también se ven. Los de Marrakech se huelen y se ven.

Y te impregnas de ellos, como de toda la ciudad.

Y te los traes a casa.

Al armario, por ejemplo, que ahora huele a almizcle.

06/05/2008 09:55 ana alcolea Enlace permanente. sin tema


Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris