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FRØYA

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Mientras caen las bombas en Libano, paso el día en la isla de Frøya, aquí, en la costa oeste de Noruega.

La isla huele a rosas: no he visto jamás tantas rosas silvestres por kilómetro cuadrado como en Frøya. Sales del coche y su perfume te alcanza siempre. Incluso junto al mar, donde sólo crecen plantas minúsculas que se protegen con su exiguo tamanno del viento que azota los la costa. Veo cientos de islotes a mi alrededor. Dicen que hay más de 4000 en este archipiélago. De lejos parecen rocas desnudas. Pero no: la misma vegetación que en las montannas pero en tamanno reducido.

La isla suena a gaviotas: aquí tienen sus nidos y si te merodeas junto a ellos, se acercan a su pelo tanto que parece que te van a estirar de él como castigo por haberte adentrado en sus dominios creadores.

A lo lejos se ve el faro: siempre he querido pasar unos días en un faro. Este se erige en uno de los islotes, el más occidental. Está pintado de rojo y blanco y en su tiempo fue el más alto de Noruega. Cuando vivía en Santonna me gustaba coger el coche (entonces tenía un 127 verde y viejo, ahora no tengo ninguno) y llegar hasta el faro. Ahora tengo un grabado con su imagen en mi salón. Me gusta mirarlo. También me gusta ver películas en las que los protagonsitas viven en lugares como este, lejos de la ciudad, en medio de las tormentas. Y leer novelas en las que el asesino también vive en un faro.

Tampoco esta vez he conseguido pernoctar en el faro: hay que llegar en barca hasta él y no se me da bien remar en alta mar.

Hay cosas que una quiere hacer pero que nunca hace.

19/07/2006 16:40 ana alcolea Enlace permanente. sin tema


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