INSTITUTOS
En los últimos años, gracias a medallones perdidos y a Carlota, he visitado decenas de institutos, colegios, públicos, concertados, privados, privadísimos.
Hay institutos en los que hace un frío que pela.
Hay colegios en los que no hay calefacción porque se supone que están en ciudades donde no hace frío. Salvo ese día, que toca helar.
Hay colegios en los que la maestra le dice a un niño: "Borja, llevas una arruga en el cuello de la camisa".
Hay institutos en los que te dejan sola ante el peligro: el profesor (o profesora) abandona la clase y te deja con treinta adolescentes desconocidos mucho más grandes qué tú.
Hay institutos en los que te tratan como a una reina, y te regalan flores, bolígrafos de plata, y te hacen firmar en el libro de honor.
También hay institutos, en los que además de ser tratada como reina, te encuentras en familia. Eso me pasó ayer: estuve en un instituto familiar. Por su tamaño, por el calor de sus profesores (Isabel, Ana, José Luis...), medio claustro en la biblioteca arropando a sus alumnos y a la escritora, por el calor de los alumnos (Carlos, Judith, Cristina, Alba, Lorena, Alberto, Victoria, Ana...), por los maravillosísimos mantecados que me regalaron. Ahora estoy comiendo uno de ellos, entre palabra y palabra. Nunca comí mantecados tan ricos como los que hacen en Bujaraloz, provincia de Zaragoza. Palabra.
Además, hay institutos en los que te encuentras con amigos, con viejos compañeros a los que hace años perdiste la pista. Ayer me reencontré con alguien a quien conocí fugazmente hace casi dos años: alguien que escribe muy bien y que, además, se dedica a la música.
Estas cosas pasan en los institutos.
Y otras más, que no os cuento.
NOTA: Mañana a las 20 horas, en la Asociación de Vecinos de Torrero (calle Granada), Víctor Juan hablará sobre Ramón Acín, y tal vez... lleve su caja de música...




