BRILLOS
Primera mañana en casa desde hace meses, tantos que no me atrevo a contarlos. El sol entra por las ventanas a través de los visillos y el polvo que creía erradicado se manifiesta.
Aquí ya es navidad desde hace un par de días. Además ayer compré un árbol pequeño, de unos cincuenta centímetros, de esos que venden en el mercadillo de la Plaza de los Sitios, que ya están hasta decorados: partituras musicales, abetos minúsculos dorados, violines de madera. En fin, muy mono él. Lo acompaña una figura del padre del hielo, que algunos llamarán San Nicolás y otros Papá Noel. No sé quién es: lo compré el año pasado en Noruega y en su capa lleva dibujado un paisaje invernal montañoso que me lleva muy lejos, a tierras donde no se habla de estatutos ni de boicots (¿o habrá que decir "boicotes"?) al cava catalán. En el VINMONOPOLEN nórdico se vende mucho Freixenet cordón negro; de hecho es el espumoso más vendido: el VEUVE CLICQUOT francés es bastante más caro, y los italianos de Asti son más dulzones, ya se sabe. Y el de Bordejé todavía no ha llegado al país del frío.
El sol sigue entrando en mi apartamento y mis cristales brillan hoy más que con las luces nocturnas. Sobre todo el nenúfar amarillo de Daum, de Nancy, que sólo me gusta a mí. Lo compré hace años en Dijon (también compré mostaza, claro): como ya entonces era consciente de que jamás tendría dinero para comprar una pieza original "art nouveau" de Daum, adquirí esta flor acuática que parece suspendida sobre un rincón lacustre de cristal transparente.
Suena Wagner interpretado en el Café Quadri. Recuerdo mi escalofrío en el Real cuando la orquesta de la Staatsoper de Berlin arrancó la obertura de LOS MAESTROS CANTORES DE NUREMBERG. Dirigía Baremboim.
No podía ser otro.
Wagner y Baremboim.
Para estremecer.
Brillante.




