Facebook Twitter Google +1     Admin

BARCELONA

Fin de semana barcelonés. Me reencuentro con Mauricio Wiesenthal en el café de LE MERIDIEN. Le acompaña María Rosa. Hablamos de ópera, de libros, de viajes. Le enseño el collar de Carlota, a la que estoy segura  conoció en algún callejón del laberinto veneciano. Efectivamente, Mauricio reconoce el collar. Y es que  la realidad y la ficción son como nubes que van y vienen, que ocultan el sol o lo muestran, según las vaya moviendo el viento. Cuando estuve en la Serenísima después de escribir la novela me dediqué a buscar la casa de Ángela. Sabía exactamente donde estaba, cerca de la plaza de Zanipolo, donde está el condotiero Colleoni. Y la encontré. Vaya si la encontré. Hasta tenía magnolios en el jardín. Hablar con Mauricio la hacen sentirse a una un ser privilegiado. Uno de esos regalos que vienen por la vía de Antón.

Las Ramblas olían a nardos. Siempre me gustaron. Las Ramblas y los nardos. La primera vez que los vi y los olí fue camino del cementerio de Torrero. Antes, los días cercanos a Todos los Santos, había puestos de flores en la avenida de América: claveles, unas extrañas flores rojas que parecían muñones de terciopelos rizados y que me daban miedo, y nardos, que eran blancos, esbeltos y perfumaban el aire de unas calles que olían a muertos. Pero en las Ramblas del sábado olían a colores y a la música de Ponchieli;  a artistas callejeros, mimos con atuendos metálicos inmóviles a la espera de unas monedas que les hagan moverse. A turistas sentados en las terrazas bebiendo en copa sangría con pajita en una tarde de otoño.

 

NOTA: querida Nerea, todavía habrá que esperar hasta el próximo otoño. Poco más que un embarazo, todavía. Bienvenido, Julián Alcolea.

 

24/10/2005 09:55 Enlace permanente. sin tema


Blog creado con Blogia.
Blogia apoya: Fundación Josep Carreras

Contrato Coloriuris