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FIESTAS

Nunca me han gustado las fiestas obligatorias. Eso de que haya que divertirse a la fuerza en determinadas fechas y en determinadas horas del día me parece un indicio más del borreguismo al que estamos sometidos.

Cuando era pequeña, las fiestas del Pilar apenas salían a la calle: la ofrenda era lo más popular que teníamos. El otro acto festivo consistía en una cena a la que asistía lo más fino de la ciudad en el Palacio de la Lonja. Allí se daban cita la reina y las damas de honor, los alcaldes y demás personajes de la corte zaragozana de los orgánicos años sesenta.

Yo nunca fui a esa cena, claro. Los de Torrero nos conformábamos con la ofrenda a la que tuve que ir dos veces: las recuerdo como dos pesadillas repletas de calores, fríos y dolores de pies.

Los del pueblo llano también teníamos los cabezudos. Pero a mí me daban miedo, porque entonces me daba miedo casi todo.

Las fiestas del Pilar también estaban representadas por la falta de autobuses: huelgas, poco servicio, largas colas, zapatos recién estrenados, largas caminatas desde el centro hasta el barrio, ampollas en los pies.

Sí, dolores de pies y diversión obligatoria.

¡Las emociones que más me excitan!
06/10/2005 09:02 Enlace permanente. sin tema


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